—Terriblemente angustiada, pero procura consolarla su padre, y parece que se halla mejor que antes de salir de la Sala.
—Voy a decírselo al prisionero. Un caballero tan respetable como usted no está bien que le hable en público.
Enrojeció intensamente Lorry, sin duda porque vió que habían leído los pensamientos que en aquel instante le embargaban, y Carton echó a andar en dirección a la barra. Huelga decir que Jeremías Lapa le siguió con todos sus ojos, con todos sus oídos, y con todas las púas que adornaban su cuero cabelludo.
—Señor Darnay—llamó Carton.
El prisionero se levantó en seguida.
—Es natural que desee usted tener noticias de la testigo señorita Manette. Se encuentra mejor: ha pasado lo más intenso de su agitación.
—Con toda mi alma lamento haber sido la causa de ella. ¿Tendrá usted la bondad de hacérselo presente en mi nombre?
—Lo haré, si usted lo desea.
La actitud de Carton era tan indiferente, que rayaba en insolente.
—Lo deseo mucho, y doy a usted las gracias más cordiales—contestó el prisionero.