—Celebro infinito haber sacado a usted del trance con honor, señor Darnay. Ha sido usted víctima de una persecución infame, brutalmente infame, pero que muy bien pudo tener el desenlace que perseguían sus enemigos.
—Las obligaciones que con usted he contraído no prescribirán jamás—respondió el joven, estrechando con calor la mano del abogado.
—He hecho por usted cuanto he podido, señor Darnay, y tengo la presunción de creer que puedo tanto como pueda cualquier otro hombre.
Las últimas palabras tenían una contestación obligada, que debía y podía dar cualquiera de los que formaban el grupo. Dióla el señor Lorry, probablemente interesada, es decir, para que de nuevo le admitieran en el grupo.
—Más, mucho más que ningún otro hombre—dijo.
—¿Lo cree usted así?—preguntó Stryver.—Perfectamente. Ha sido usted testigo de toda la vista, y motivos tiene para saber lo que dice. Además, es usted hombre de negocios.
—Y en calidad de tal—replicó Lorry, a quien el abogado había metido en el grupo de la misma manera que antes le había echado fuera—en mi calidad de tal, ruego al doctor Manette que ponga fin a esta conferencia, a fin de retirarnos cada cual a su respectiva casa. La señorita Lucía no se encuentra bien, el señor Darnay ha pasado un día terrible, y todos estamos rendidos.
—Hable usted por sí, señor Lorry, hable usted por sí—dijo el abogado.—A mí me espera una noche de trabajo continuo.
—Por mí hablo—replicó Lorry—y por el señor Darnay, y por la señorita Lucía y... ¿No cree usted, señorita Lucía, que puedo hablar, por todos nosotros?—preguntó, dirigiéndose a la joven, pero mirando al mismo tiempo a su padre.
La cara del anciano adquirió una expresión indefinible al dirigir a Darnay una mirada intensa. En la frente del primero se marcaron profundas arrugas, sus labios se crisparon, y poco a poco sus miradas expresaron repugnancia, recelo y temor.