—¡Padre mío!—musitó en su oído, a la par que estrechaba su mano.
El anciano, cuyo rostro se fué iluminando gradualmente, se volvió hacia su hija.
—¿Vamos a casa, padre mío?—repuso la niña.
El doctor exhaló un suspiro muy hondo y muy prolongado, y contestó:
—Sí.
Los amigos del prisionero, a quienes éste había hecho creer que no sería puesto en libertad aquella noche, habíanse dispersado ya. Casi todas las luces que iluminaban los estrechos corredores del edificio siniestro, que a la mañana siguiente se llenaría de nuevo de gentes ávidas de emociones, se habían apagado. El abogado defensor se retiró el primero para ir a cambiar de ropa, y Lucía Manette llamó un coche, se despidió de los señores Lorry y Darnay, y se hizo conducir a su casa, acompañando a su padre.
Otra persona, que no había formado parte del grupo ni cambiado una palabra con ninguno de los que lo componían, se destacó de la pared contra la cual había estado apoyada y, tan pronto como se perdió de vista el coche, aproximóse silenciosa como una sombra a Lorry y a Darnay, que habían quedado hablando en la acera.
—¡Hola, señor Lorry!—dijo.—Parece que ya los hombres de negocios se atreven a hablar con Darnay, ¿eh? ¡Qué de conflictos originan los negocios! Se reiría usted, Darnay, si supiera las luchas que los hombres de negocios tienen que sostener entre sus impulsos naturales y las exigencias de su posición.
—Ya hizo usted antes esa misma indicación, señor Carton—replicó Lorry, enrojeciendo hasta lo blanco de los ojos.—Nosotros, los hombres de negocios, los que servimos a una casa, no somos dueños de nosotros mismos. Más que en nosotros, tenemos que pensar en la casa.
—¡Lo sé, lo sé, señor Lorry!—contestó Carton con negligencia.—Sentiría que se molestase usted. Me consta que no es usted peor que los otros, y hasta me atrevería a asegurar que es mucho mejor.