—A decir verdad, caballero, no acierto a comprender su ingerencia. Perdóneme si, amparándome en mis años, le hablo con franqueza tal vez excesiva, pero no veo que usted tenga nada que ver en nuestros asuntos.

—¡Asuntos! ¡Válgame Dios, señor! Yo no tengo asuntos.

—Es una lástima que no los tenga usted.

—De acuerdo.

—Porque si los tuviera, les dedicaría alguna atención.

—¡No, amigo mío, no! ¡Tenga usted por seguro que no les prestaría ninguna!

—¡Está bien, señor!—exclamó Lorry, a quien llenó de indignación la indiferencia de su interlocutor.—Diga usted lo que quiera, es muy bueno y muy respetable tener negocios, y si en determinadas ocasiones los negocios imponen silencio, restricciones e impedimentos, de ello se hacen cargo los que, como el señor Darnay, son caballeros generosos... Señor Darnay... muy buenas noches. Le felicito con toda la efusión de mi alma y le deseo una vida próspera y feliz... ¡Cochero!

Un poquito incomodado consigo mismo, y desde luego más con su interlocutor, el señor Lorry tomó por asalto el coche y se hizo conducir al Banco Tellson. Carton, que olía a vino, y cuyo fuerte, a juzgar por las apariencias, no era la sobriedad, soltó la carcajada y se volvió hacia Darnay.

—¡Extraños caprichos tiene la casualidad, señor Darnay!—exclamó Carton.—¿Podía usted suponer que esta noche iba a encontrarse aquí, pisando las piedras de la calle, en compañía de su alter ego?

—¿Cómo había de suponerlo, si hasta el hecho de pertenecer a este mundo me parece un sueño?—contestó Darnay.