—No me admira, después de lo cerca que del otro se encontraba. Noto en su voz cierta debilidad, señor Darnay.

—Es que principio a creer que me encuentro débil, señor Carton.

—¿Por qué no come, pues? Yo comí ya, mientras aquellos zánganos se ponían de acuerdo acerca del mundo en que usted habría de vivir. Voy a acompañarle a la taberna más próxima donde podrá usted comer lo que le acomode.

Pasando sin más ceremonias su brazo por el de Darnay, Carton echó a andar hacia la calle Fleet, no tardando en dar con sus huesos en una taberna. El encargado acompañó a los recién llegados a un cuartito reservado, donde Darnay repuso sus fuerzas. Carton, sentado a la misma mesa frente a Darnay, se hizo servir una botella de vino.

—¿Va usted convenciéndose de que pertenece todavía a este mundo terrestre, Darnay?—preguntó Carton.

—Apenas si puedo darme cuenta cabal del tiempo y del lugar, pero confieso que me he convencido casi de lo que usted dice.

—¡Y se habrá convencido de ello con satisfacción inmensa!—exclamó Carton con cierto tono de amargura y llenando de nuevo el vaso, que por cierto era de los más grandes.—De mí puedo decir que mi mayor deseo sería olvidar que de él formo parte. Ni el mundo tiene para mí nada bueno... no siendo el vino, ni yo tengo nada bueno para el mundo. En lo que a este particular se refiere, somos tal para cual, nos parecemos bastante... Por supuesto, que voy creyendo que también usted y yo nos parecemos en todo, ¿no?

Carlos Darnay, sobre quien pesaba aún la influencia de las emociones del día, tardó bastante en contestar, sencillamente porque no sabía qué respuesta dar a las extravagantes palabras de su interlocutor. Cuando lo hizo, se mostró de perfecto acuerdo.

—Ahora que ha hecho usted honor a la comida, señor Darnay, ¿por qué no levanta una copa? ¿Por qué no brinda usted?