—¿Levantar la copa? ¿En honor de quién?
—En honor y por la salud de la persona cuyo nombre tiene usted en la punta de la lengua. Debe tenerlo, lo tiene, juraría que no me engaño.
—¡Brindo, pues, por la señorita Manette!
—¡A la salud de la señorita Manette!
Clavada una mirada insolente en Darnay, mientras apuraba el contenido del vaso, Carton estrelló el suyo contra la pared, después de beber, donde se hizo pedazos. Seguidamente tocó la campanilla y pidió otro.
—Es una niña encantadora, en cuya compañía sería delicioso hacer un viaje en coche, ¿eh?—preguntó, llenando de vino el vaso que acababan de traerle.
—Sí—contestó secamente y con un ligero fruncimiento de cejas Darnay.
—Digna de compasión y de que por ella se hagan verdaderas locuras. ¿Qué tal se encuentra? A fe que vale la pena verse en peligro de ser condenado a muerte a trueque de convertirse en objeto de sus simpatías y compasión: ¿qué me dice usted, Darnay?
El interpelado guardó silencio.
—Le agradó sobremanera escuchar el mensaje que por mi conducto la envió usted. No me lo dijo, pero lo supongo.