La alusión fué a manera de recordatorio para Darnay. Acordóse de que su desagradable compañero le había prestado un servicio en aquel día azaroso y le dió las gracias, llevando la conversación a aquel incidente.
—Ni me hace falta que me dé usted las gracias, ni las merezco—replicó con fría indiferencia Carton.—En primer lugar, no sabía qué hacer, y en segundo, no sé por qué hice lo que hice. ¿Me permitirá usted que le haga una pregunta, señor Darnay?
—Cuantas guste, a ello le dan derecho los favores que me ha prestado.
—¿Cree usted que me es simpático?
—La verdad... señor Carton...—respondió Darnay, completamente desconcertado,—no se me ha ocurrido formularme esa pregunta.
—Hágasela usted ahora.
—Como si yo le mereciera alguna simpatía se comportó usted, pero si he de decir lo que siento, creo que no se lo soy.
—Y yo creo lo mismo que usted—observó Carton.—Principio a formar opinión excelente de su inteligencia.
—Lo que no debe ser obstáculo—repuso Darnay haciendo sonar la campanilla—para que yo le quede profundamente agradecido y para que nos despidamos sin malquerencias mutuas.
—Desde luego—contestó Carton.—¿Dice usted que me queda reconocido?