—Lo digo y así es.

—Entonces, mozo, tráeme otra pinta de este mismo vino, y despiértame mañana a las diez.

Pagada la cuenta, levantóse Darnay, dió las buenas noches y se encaminó hacia la puerta. Carton, sin contestar las buenas noches, levantóse también, miró con expresión airada al que se marchaba, y dijo:

—Dos palabras, señor Darnay, ¿Cree usted que estoy borracho?

—Creo que ha bebido usted mucho, señor Carton.

—¿Lo cree nada más? Sabe perfectamente que he bebido.

—Puesto que usted se empeña, diré que, en efecto, sé que ha bebido.

—En ese caso, quizá sepa usted también por qué he bebido. Soy un desilusionado, un desengañado. Ni a mí me importa la suerte de ningún hombre de la tierra, ni ningún hombre de la tierra se acuerda siquiera de mi persona.

—Lo que no deja de ser una desgracia. Debió usted dar mejor empleo a su talento.

—Puede que tenga usted razón, y puede que se engañe lastimosamente. No se envanezca, sin embargo, amigo mío, que no sabe usted lo que el porvenir le reserva... ¡Buenas noches!