Cuando quedó solo, aquel hombre singular tomó el candelero, se acercó a un espejo que pendía de la pared y examinó minuciosa y detalladamente la imagen reflejada en su tersa superficie.
—¿Te es simpático ese hombre?—murmuró, cual si dirigiera la pregunta a su propia imagen.—¿Por qué ha de serte simpático un hombre que se te parece? ¿Acaso tienes tú algo que pueda agradar a nadie? De sobras sabes que no. No acierto a comprender el por qué del cambio... ¡Maldito seas!... ¡Y a fe que merece simpatía el hombre que te dice lo que pudiste ser y lo que en realidad eres! ¡Vaya!... ¡Dilo de una vez y con franqueza! ¡Tú aborreces a ese individuo!
Cual si el vino fuera para él manantial de consuelos, en muy contados minutos hizo pasar a su estómago la pinta de vino y quedó dormido en la misma mesa, apoyada la cabeza sobre sus brazos.
V.
EL CHACAL
En aquellos tiempos, rendíase culto universal a la botella. Si yo especificase y detallase aquí la cantidad de vino y de ponche que un hombre tragaba en el curso de una noche, sin que su reputación de perfecto caballero sufriera el menor detrimento, a buen seguro que pasaría ante los lectores plaza de exagerador ridículo. Los hombres bebían mucho, y no eran ciertamente excepción de la regla las lumbreras del foro ni las notabilidades en cualquier otro ramo del saber humano, que nunca ha sido la ciencia barrera alzada entre quien la posee y los altares de Baco. No nos admira por tanto que el señor Stryver, letrado que avanzaba con paso de gigante por el camino de su lucrativa profesión, rindiera culto tan constante a la botella como las esponjas más resecadas de la comunidad de picapleitos.
Favorito en el Old Bailey e indispensable en el tribunal llamado Sessions, Stryver separaba con el pie los peldaños de la escalera a medida que los iba dejando atrás. Todos los días, en uno o en otro tribunal, la roja cara de Stryver brotaba de entre una capa de pelucas semejante al girasol que yergue su cabeza sobre un plantel de brillantes flores.
Habían observado en el foro que Stryver, en los comienzos de su carrera, si bien era hombre suelto de lengua, falto de escrúpulos, dispuesto a todo, osado y procaz, carecía de la facultad de entresacar la esencia, la medula de los informes y de las pruebas testificales, que tan indispensable es a todo buen abogado, pero posteriormente, hizo en este particular progresos maravillosos. Cuanto más trabajaba, con mayor facilidad llegaba al fondo, al tuétano de los asuntos, siendo de notar que, aun cuando tenía la costumbre de pasarse las noches de claro en claro vaciando botellas en compañía de Carton, los puntos que había de tratar a la mañana siguiente ni se borraban de su mente, ni se obscurecían.
Sydney Carton, el más vago y holgazán ejemplar de la humanidad, era el aliado más poderoso de Stryver. Sobre el líquido que entre los dos tragaban hubiera podido flotar perfectamente un navío de tres puentes. Uno y otro llevaban la misma vida, uno y otro prolongaban sus orgías hasta la madrugada, y más de una vez vieron a Carton, ya bien alto el sol, dirigiéndose con paso vacilante a su casa o al estrado del tribunal. No faltaron maliciosos que aseguraron que Carton, si no era ni llegaría jamás a ser un león, en cambio era un tigre excelente, y que, en calidad de tal, prestaba preciosos servicios a su amigo Stryver.
—Las diez, señor—dijo el encargado de la taberna a quien Carton había encargado que le despertase.—Las diez de la noche.
—¿Qué ocurre?