—Que son las diez, señor.
—¿Y qué? ¿Las diez de la noche?
—Sí, señor. Me encargó que le despertase a esa hora.
—¡Ah, sí! ¡Ya me acuerdo! Está bien.
No sin que procurase dormir de nuevo, intentos que el tabernero combatió removiendo sin cesar el fuego y haciendo ruido, Carton concluyó por enderezarse y salir. Luego que hubo refrescado su cabeza dando un paseo regular, se dirigió al despacho de Stryver.
El oficial de Stryver, que jamás asistía a las conferencias que éste celebraba con Carton, había salido, y como consecuencia, hubo de abrir la puerta al visitante el mismo Stryver en persona. Iba en bata y zapatillas, y sus ojos brillaban entre dos círculos amoratados semejantes a los que caracterizan a todos los que hacen y han hecho vida disipada.
—Llegas un poquito tarde, Carton—dijo Stryver.
—Poco más o menos a la hora de siempre, tal vez quince minutos más tarde.
Ambos entraron en el despacho, pieza no muy grande, atestada de libros y de papeles. Ardía en ella una lumbre deliciosa. Sobre la mesa de trabajo, humeaba una tetera entre montones de papeles y botellas de ron, de brandy y de vino, y entre terrones de azúcar y limones.
—Veo que has despachado ya tu botella de costumbre, Carton.