—Esta noche fueron dos. Estuve comiendo con mi cliente de hoy... o viéndole comer, para el caso es lo mismo.

—Diste al asunto un giro verdaderamente singular, Carton, llamándome la atención hacia lo referente a la identificación del reo. ¿Cómo demonios se te ocurrió semejante cosa?

—¡Bah! Vi que era un buen mozo, muy guapo, y pensé que así podría ser yo, a poco que la suerte me hubiese favorecido.

Stryver soltó la carcajada.

—La suerte hay que llamarla trabajando, amigo mío, así que... ¡a trabajar!

Con cara más que medianamente fosca se aligeró el chacal de ropa, entró en la estancia contigua, y no tardó en salir con un cubo de agua, una palangana y una o dos toallas. Empapó en agua fría las toallas, envolvió con ellas su cabeza, sentóse frente a la mesa, y dijo:

—Ya podemos principiar.

—No es mucho el trabajo que tenemos esta noche, Carton.

—¿Cuánto?

—Dos protocolos.