—Dame ante todo el peor.
—Aquí están los dos... ¡Manos a la obra!
El león del foro se arrellanó en un sofá mientras el chacal tomaba una silla. Sobre la mesa, interpuesta entre los dos, había botellas y vasos. Uno y otro recurrían a ellos con gran frecuencia pero de distinta manera: bebía el león, abstraído la mayor parte del tiempo, o a lo sumo ojeando indiferente algún documento poco importante, pero el chacal, con tal ardor y entusiasmo se entregaba a su tarea, que casi nunca seguían sus ojos el movimiento de las manos cuando éstas andaban en busca del vaso, resultando que más de cuatro veces andaba tentando uno o dos minutos antes de tropezar con el vaso y llevarlo a sus labios. En dos o tres ocasiones debió encontrar tan enrevesado el asunto que estudiaba, que consideró necesario levantarse de la silla y humedecer de nuevo las toallas.
Al cabo del rato consiguió el chacal preparar al león una comida aceptable, y procedió a ofrecérsela. El león procuró digerirla con cuidado y precauciones exquisitas separando algunos manjares, prescindiendo de algunos componentes y haciendo atinadas observaciones, que parecieron bien al chacal. Digerida la comida, el león se tendió sobre el sofá, mientras el chacal, después de vigorizarse nuevamente a fuerza de libaciones y de compresas de agua fría, se dedicó a la confección de la segunda comida, que fué servida al león en la misma forma que la anterior. Los relojes daban ya las tres de la madrugada.
—Ahora que hemos terminado, Carton, tomaremos un ponche.
Quitóse el chacal las toallas de la cabeza, bostezó, se desperezó, y preparó el ponche.
—Razón tenías, Carton, en lo referente a los testigos de esta mañana: todo salió a pedir de boca.
—Me parece que la tengo siempre: ¿te atreverás a decir lo contrario?
—¡No, hombre, no! Vienes hoy con el genio encrespado, amigo. No estará de más que lo rocíes con un buen chaparrón de ponche para suavizarlo.
El chacal contestó con un gruñido, pero siguiendo el consejo.