—El buen Sydney Carton, abogado de la Facultad de Zorrilandia, es una especie de columpio—observó Stryver.—Tan pronto está arriba, como abajo: al minuto de ser todo fuego, se le ve todo desesperación.
—¡Ah, sí!—replicó Carton, exhalando un suspiro.—Ya de estudiante me animaban los asuntos de mis condiscípulos, muy contadas veces los míos.
—¿Pero por qué no?
—¡Vete a saber! Por temperamento, supongo.
Sentóse, dichas estas palabras, con las manos en los bolsillos, extendidas las piernas y mirando a la lumbre.
—No puede negarse, Carton—dijo Stryver al antiguo estudiante de la Facultad de Zorrilandia,—que tu temperamento, tu manera de ser, es y ha sido siempre defectuosa. Adolece de falta de energía, de unidad de propósito. Mírame a mí.
—¿Sermones a estas alturas?—exclamó Carton riendo cínicamente.—Ahora es cuando creo aquello del diablo predicador...
—¿Cómo he podido llegar a donde he llegado? ¿Cómo ocupo el puesto que ocupo?
—En parte, gracias a mi cooperación, supongo yo. Pero dejemos estas discusiones que no han de conducirnos a nada práctico. Tú haces lo que se te antoja, siempre has figurado en primera línea, y yo, en cambio, he formado siempre en la última.
—Tuve necesidad de abrirme el camino, si quise colocarme en primera fila, pues no sé yo que naciera en ella—replicó Stryver.