—No tuve el honor de presenciar la ceremonia de tu nacimiento, pero creo que, al echarte al mundo, te dejaron entre los privilegiados.
Los dos interlocutores soltaron la carcajada.
—Antes de cursar en la universidad de Zorrilandia—repuso Carton,—mientras cursábamos, y después que de ella salimos graduados, figurabas en fila distinta de la mía. Hasta cuando en París estábamos aprendiendo a mascullar el francés y adquiriendo algunas nociones de derecho francés, y familiarizándonos con muchas otras tonterías francesas, que de nada nos sirven, eras tú algo, mientras yo fuí siempre Don Nadie.
—¿De quién era la culpa?
—¡Por mi vida que no seré yo quien asegure que la culpa no fué tuya! Bullías tú tanto, te destacabas tanto, te movías, te agitabas en tales términos, que no sé que pudiera yo hacer otra cosa que permanecer envuelto en sombras y condenado al reposo... Pero dejemos este tema, que no es muy agradable, a fe mía, hablar del pasado obscuro de uno al romper el día.
—Perfectamente—dijo Stryver levantando el vaso.—Hablaremos de tu linda testigo. ¿No te parece que es tema más agradable?
No debía serlo, a juzgar por la sombra que obscureció su rostro.
—¡La linda testigo!—exclamó fijando sus ojos en el fondo del vaso.—He visto hoy muchas testigos... ¿A quién te refieres?
—A la preciosa hija del doctor, a la señorita Manette.