—¿No lo es, acaso?
—No.
—¡Pero hombre de Dios!... ¡Si ha sido la admiración del tribunal entero!
—¡Váyase al diablo el tribunal con su admiración! ¿Quién ha hecho al Old Bailey juez de la belleza? ¡Linda!... ¡Una muñeca de pelo de oro!...
—¿Sabes, Carton—preguntó Stryver, clavando en su amigo una mirada penetrante y pasando la diestra por su roja cara,—que voy creyendo que has simpatizado demasiado con esa muñeca de pelo de oro, y que tu interés advirtió muy pronto lo que a la tal muñeca de pelo de oro ocurría?
—¡Que lo advertí demasiado pronto! Me parece que si una niña, muñeca o no, se desmaya a dos varas de las narices de cualquier cristiano, puede advertirlo sin mirar con telescopio. El tema de la conversación no me desagrada, pero niego lo de la hermosura... ¡No bebo más!... ¡Me voy a la cama!
Cuando el dueño de la casa acompañó a Carton hasta el descansillo, para hacerle luz con la vela que llevaba en la mano mientras bajaba la escalera, comenzaban a filtrarse los resplandores inciertos del nuevo día por los empañados cristales. Llegado a la calle, vióse el chacal respirando una atmósfera fría y triste, bajo un cielo cubierto de nubes, bordeando un río de aguas negruzcas y en parajes que parecían el desierto de la vida. Torbellinos de polvo huían girando vertiginosos ante el soplo de la mañana, cual si lejos, muy lejos, hubieran emprendido el vuelo las arenas del desierto y sus primeras nubes amenazaran envolver la ciudad.
Falto de estímulos internos que avivasen sus energías, y puesto en el centro de un páramo sin fin, aquel hombre quedó erguido durante algunos minutos y vió, allá en las lejanías de la estepa desolada y triste que se extendía ante sus miradas, espejismos de ambición noble, reflejos de abnegación y de perseverancia. En la ciudad encantada que surgió ante sus ojos había elevadas galerías desde donde amorcillos y gracias le miraban sonrientes, bellos jardines donde maduraban los dulces frutos de la vida y aguas de esperanza que saltaban rumorosas. La visión se borró con tanta rapidez como había surgido. Poco más tarde subía la empinada escalera de su triste cuarto y caía sobre las revueltas ropas de su cama.
Su almohada estaba empapada en lágrimas cuando se alzó un sol enfermizo, triste, melancólico, aunque no tanto como aquel hombre de talento indiscutible, de grandes dotes, y sin embargo, incapaz de sentir dulces emociones, incapaz de dirigirse por los senderos de la vida, incapaz de proporcionarse bienestar, incapaz de saborear una gota de felicidad, sensible sólo a la eterna noche en que se debatía y resignado a no salir nunca de ella.