—Repita usted esa palabra, y los que le envían sabrán que ha cumplido la misión que le confiaron. Puede usted emprender el regreso... Buenas noches.

Diciendo estas palabras, el pasajero abrió la portezuela y entró en el carruaje, sin que por galantería le diera la mano ninguno de sus compañeros de viaje, los cuales habían escondido, mientras tenía lugar el incidente mencionado, sus bolsillos y relojes en sus botas y fingían dormir profundamente, sin duda con objeto de evitar ocasiones que dieran lugar a ocupación más activa que el sueño.

Rechinó de nuevo el coche y gimió más lastimeramente que nunca al emprender el descenso de la colina. El guarda colocó su arcabuz sobre el montón de pistolas, bien que asegurándose antes de que las que, en calidad de suplementaria, pendían del cinto, estaban en su lugar, sacó de debajo del asiento una cajita que contenía algunas herramientas de cerrajero, dos velas, eslabón, pedernal y yesca. Hombre previsor, llevaba cuanto era necesario para encender, con facilidad y seguridad relativas (si estaba de suerte) los faroles del coche en unos cinco minutos, si aquéllos se apagaban o eran apagados, como ocurría en los viajes más de una vez.

—Tomás—llamó el guarda con voz baja.

—¿Qué quieres, Pepe?

—¿Oíste la lectura del papel?

—La oí.

—¿Y la contestación?

—También.

—¿Y qué sacas en limpio, Tomás?