No tardó en dibujarse entre la niebla la forma de un caballo con su jinete, que a paso lento se acercó al pasajero que esperaba junto al estribo. Detuvo el jinete su cabalgadura, miró al guarda y alargó al pasajero un papel doblado. Jadeaba el jinete al respirar, y tanto él como su caballo estaban cubiertos de barro, desde los cascos del último hasta el sombrero del primero.

—¡Guarda!—llamó el pasajero con tono confidencial.

—¿Qué se ofrece?—respondió con sequedad el tremebundo guarda, puesta la diestra sobre la caja del arcabuz, la izquierda sobre el cañón y los ojos sobre el jinete.

—Puede usted estar completamente tranquilo—repuso Lorry.—Pertenezco al Banco Tellson, entidad de Londres que seguramente conoce usted. Asuntos de importancia me llevan a París. Tome usted una corona para echar un trago... ¿Puedo leer esto?

—Si lo lee, despache usted cuanto antes, caballero.

Lorry desdobló el papel, y leyó, primero para sí y a continuación en voz alta:

«Espere en Dover la visita de la señorita.»

—Ya ve usted que el mensaje no es largo, guarda—añadió Lorry.—Conteste usted a quien le envía, Jeremías, la palabra siguiente: «Resucitado».

Jeremías dió un salto sobre la montura.

—¡Vaya una contestación endiabladamente extraña!—exclamó, sacando el registro más bronco de voz.