—¡Cuidado con moverse!—intimó el guarda.—Tenga usted presente que si cometo un error, lo que me ocurre algunas veces, no habrá en el mundo quien sea capaz de repararlo. Caballero llamado Lorry, ¡conteste con verdad a mis preguntas!
—¿Qué pasa?—preguntó el interpelado, con voz ligeramente temblorosa.—¿Quién es el que me busca? ¿Jeremías, tal vez?
—Si ese individuo es Jeremías, maldito lo que me gusta la voz de Jeremías—gruñó el guarda entre dientes.—No me agradan las voces tan broncas.
—El mismo, señor Lorry—respondió el del caballo.
—¿Qué pasa?
—Despacho de allá para usted: T. y Compañía.
—Conozco al mensajero, guarda—dijo Lorry, saltando desde el estribo al camino, ayudado, y no con suavidad, por sus dos compañeros de viaje, que tiraron de la esclavina de su abrigo, montaron inmediatamente, cerraron la portezuela y subieron el cristal.—Puede acercarse: respondo de él.
—¿Y de ti quién responde?—se preguntó el guarda por lo bajo.—¡A ver!—continuó con voz tonante.—¡Escuche el del caballo!
—¡Concluye pronto!—replicó Jeremías, con voz más ronca que antes.
—¡Avance usted al paso...! ¿Me entiende? Y si en la montura lleva pistoleras, procure tener las manos muy lejos de ellas. Tenga presente que me pinto solo para cometer errores, y que, cuando los cometo, siempre toman la forma de plomo. Venga usted para que nos veamos las caras.