—Tampoco.
—¿Y la señorita Pross?
Probablemente esta última se encontraba en casa, pero como la criada que abrió la puerta ignoraba cuáles fueran sus intenciones respecto a admitir o negar el hecho, contestó que tampoco.
—De todas suertes subo—replicó Lorry,—porque me considero aquí como en mi casa.
Aunque nada aprendió la hija del doctor en su patria de origen, es lo cierto que ésta la inició en aquella habilidad rara que consiste en hacer mucho con medios escasos, lo que constituía una de sus características más preciosas y agradables. Modesto y sencillo era el mobiliario de las habitaciones de la casa, y esto no obstante, algunas chucherías, que no tenían más valor real que el gusto exquisito con que estaban colocadas, daban a aquéllas un efecto delicioso. La disposición de cuanto en la casa había, comenzando por el mueble más grande y acabando por el objeto más insignificante, la combinación de colores, y el contraste obtenido merced a nonadas por manos delicadas, ojos de mirada clara y sentidos de gusto irreprochable, ofrecían un conjunto tan agradable en sí y retrataban tan gráficamente a su autora, que no parecía sino que con mudo pero elocuente lenguaje preguntaban al señor Lorry, mientras extasiado los contemplaba, si merecían su aprobación.
Tres habitaciones principales tenía el piso, cuyas puertas de comunicación estaban todas abiertas, a fin de que los aires circularan como dueños y señores por ellas. Lorry pasaba sonriente y complacido de una a otra. En la primera, que era la mejor, tenía Lucía sus pájaros, sus libros, una mesa escritorio y un costurero, así como también una caja de colores; la segunda era el salón de consultas del doctor, el que a la vez servía de comedor, y la tercera, cerca de cuyos balcones susurraban las hojas del plátano silvestre que en el patio crecía, era el dormitorio del doctor, en uno de cuyos rincones vió Lorry la banqueta y las herramientas de zapatero, tal como en otro tiempo estuvieron en el sotabanco de la taberna del barrio de San Antonio de París.
—Me sorprende—murmuró con voz clara e inteligible Lorry—que conserve estos objetos que por necesidad han de recordarle sus sufrimientos y miserias.
—¿Y por qué ha de sorprenderle?—preguntó de pronto una voz brusca que le obligó a volverse vivamente.
La voz tenía su origen en la garganta de la señorita Pross, que era la misma mujer de cara colorada y mano fuerte y pesada con la cual trabó Lorry conocimiento en el Hotel del Rey Jorge en Dover.
—Se me figuraba...—comenzó a decir Lorry.