En 1495, la Corona, justamente disgustada por la ineptitud del primer virrey del Nuevo Mundo, envió a Juan Aguado con la comisión de inspeccionar lo que allí ocurría. Esto era más de lo que Colón podía tolerar, y dejando a Bartolomé como Adelantado (rango que ahora no tiene equivalente y que era el de un oficial que mandaba en jefe una expedición de descubridores), Colón se apresuró a regresar a España y a sincerarse con sus soberanos. Volviendo a América tan pronto como le fué posible, descubrió por fin el continente de la América del Sur, el día primero de agosto de 1498; pero creyó en un principio que era una isla, y le puso el nombre de Zeta. Sin embargo, muy pronto llegó a la desembocadura del Orinoco, cuya caudalosa corriente le hizo deducir que regaba un continente.
Sintiéndose enfermo, volvió a Isabela, y allí se encontró con que los colonos se habían rebelado contra Bartolomé. Colón aplacó a los amotinados, enviándolos a España con unos cuantos esclavos, acto que no le honra y que sólo puede disculpar la época en que vivía. La buena reina Isabel se indignó de tal modo al saber esta barbaridad, que ordenó que se pusiese en libertad a los pobres indios, y envió a Francisco de Bobadilla, el cual aprehendió a Colón y a sus dos hermanos el año 1500 en la Española, y los embarcó, encadenados, para la Península. No tardó Colón en rehabilitarse con la Corona, y Bobadilla fué depuesto; pero con eso terminó el virreinato de Colón en el Nuevo Mundo. En 1502 emprendió su cuarto viaje; descubrió la Martinica y otras islas, y en 1503 fundó su cuarta colonia, a la que dió el nombre de Belén. Pero la desgracia se le venía encima. Después de más de un año de penalidades y trastornos, regresó a España, y allí murió el 20 de mayo de 1506.
En Valladolid se dió sepultura a los restos del descubridor de un mundo; pero varias veces fueron trasladados a distintos lugares. Se dice que están ahora sepultados en una capilla de la catedral de la Habana, al lado de los de su hijo Diego; pero no puede tenerse certeza de esto. Tampoco la hay para negar que tan preciosa reliquia se conservarse e inhumase en la isla de Santo Domingo, adonde realmente fueron conducidos desde España. De todos modos, se hallan en el Nuevo Mundo, descansando finalmente en paz en el seno de la América que descubrió.
No era Colón ni un hombre perfecto ni un tunante; aun cuando se le ha presentado bajo ambos aspectos. Era un hombre notable, y, teniendo en cuenta su época y su profesión, era un hombre bueno. A la fe del genio, reunía una maravillosa energía y tenacidad, y gracias a su testarudez pudo llevar a cabo una idea que ahora nos parece naturalísima, pero que entonces todo el mundo consideraba absurda. Mientras se limitó a la profesión a que se había dedicado y en la que probablemente ni tenía entonces quien le igualase, sus hechos fueron portentosos. Pero cuando, después de medio siglo de navegante, de repente se convirtió en virrey, vino a ser como el proverbial «marino en tierra»: se perdió por completo. En el desempeño de su nuevo cargo, fué poco práctico, tozudo y hasta perjudicial a la colonización del Nuevo Mundo. Se ha dado en la flor de acusar a los reyes de España de baja ingratitud para con Colón; pero esto es injusto. La culpa la tuvo él con sus propios actos, que hicieron necesarias y justas las rigurosas medidas de la Corona. No era buen administrador, ni tenía elevados principios morales, sin los cuales ningún gobernante puede ganar prestigio. Sus fracasos no eran debidos a bellaquería, sino a ciertas debilidades y a su ineptitud en general para el desempeño de su nuevo cargo, al cual, a sus años, le era difícil adaptarse.
Hay muchos retratos de Colón, pero probablemente ninguno se le parece. En su tiempo era desconocida la fotografía, y no sabemos que ninguno de sus retratos se tomase del natural. Todos los que se conocen, con una sola excepción, se hicieron después de su muerte, y todos de memoria o ajustándose a descripciones de su semblante. Se le representa alto e imponente, de aspecto severo, ojos grises, nariz aguileña, mejillas coloradas y pecosas y pelo cano, y gustaba de llevar el hábito gris de los misioneros franciscanos. Han quedado algunas de sus cartas originales, con su notable autógrafo, y un dibujo que se le atribuye.
IV
HACIENDO GEOGRAFÍA
Mientras Colón navegaba de un lado a otro del Océano, entre el Viejo y el Nuevo Mundo descubierto por él, y construía ciudades y daba nombre a futuras naciones, Inglaterra parecía casi dispuesta a meter baza. Europa entera sintióse pronto conmovida por las extrañas noticias procedentes de España. Movióse entonces Inglaterra, valiéndose de un veneciano conocido por el nombre de Sebastián Cabot. El día 5 de marzo de 1496—cuatro años después del descubrimiento de Colón,—Enrique VII de Inglaterra expidió una patente a «Juan Gabote, ciudadano de Venecia» y sus tres hijos, autorizándoles para navegar hacia occidente en un viaje de exploración. Juan y su hijo Sebastián salieron de Bristol en 1497, y al nacer el día 24 de junio del mismo año vieron el continente de América,—probablemente la costa de Nueva Escocia;—pero nada más hicieron. Después de su regreso a Inglaterra, murió el viejo Cabot. En mayo de 1498 emprendió Sebastián su segundo viaje, que probablemente le llevó a la Bahía de Hudson y unos cuantos centenares de millas costa abajo. Hay pocas probabilidades en favor de la hipótesis de que llegase a ver parte alguna de lo que es hoy los Estados Unidos. Navegaba errante por los mares del Norte, de tal modo, que los 300 colonos que se llevó, perecieron de frío en el mes de julio.