Inglaterra no trató muy bien a su primer explorador, y en 1512 entró Cabot al servicio, más grato, de España. En 1517 salió para las posesiones españolas de las Antillas, y en ese viaje le acompañó un inglés llamado Tomás Pert. En agosto de 1526 volvió a salir Cabot con otra expedición española, con rumbo al Pacífico, ya descubierto por un héroe español; pero se amotinaron sus oficiales y se vió obligado a abandonar la empresa. Exploró el Río de la Plata en una extensión de mil millas, aproximadamente; construyó un fuerte en una de las bocas del Paraná, y exploró parte de dicho río y del Paraguay, pues la América del Sur había sido posesión española durante casi una generación. De allí regresó a España, y más tarde a Inglaterra, donde murió, por el año de 1557.

Se han perdido todos los mapas imperfectos que hizo Cabot del Nuevo Mundo, a excepción de uno que se conserva en Francia; y no ha quedado de ese navegante documento alguno. Cabot era un verdadero explorador y debe incluírsele en la lista de los primeros de América; pero como uno, cuyo trabajo fué infructuoso y sin consecuencias, y que vió el Nuevo Mundo, pero no hizo en él nada practico. Era hombre de gran valor y de tenaz perseverancia, y se le recordará siempre como descubridor de Terranova y del extremo superior del Continente norteamericano.

Después de Cabot, Inglaterra durmió una siesta de más de medio siglo. Cuando se despabiló, se encontró con que los despiertos hijos de España se habían esparcido por la mitad del Nuevo Mundo, y que hasta Francia y Portugal la habían dejado rezagada. Cabot, que no era inglés, fué el primer explorador que envió Inglaterra; y a éste siguieron Drake y Hawkins, y más tarde los capitanes Amadas y Barlow, con lapsos de setenta y cinco y ochenta y siete años respectivamente, durante los cuales una gran parte de los dos continentes había sido descubierta, explorada y poblada por otras naciones, de las que decididamente iba España a la cabeza. Colón, el primer explorador que envió España, no era español; pero con su primer descubrimiento se inició una corriente tan impetuosa y tan constante de exploradores nacidos en España, que en cien años hicieron más en América que todas las otras naciones de Europa juntas en los primeros trescientos años. Cabot vió, pero nada hizo; y tres cuartos de siglo después Sir John Hawkins y Sir Francis Drake—de quienes hacen las viejas historias grandes elogios, pero que se enriquecieron vendiendo infelices africanos como esclavos y con sus piraterías contra buques y ciudades indefensas de las colonias de España, con las que Inglaterra se hallaba en paz,—vieron los Antillas y el Pacífico, cuando hacía más de medio siglo que eran posesiones españolas. Drake fué el primer inglés que pasó por el Estrecho de Magallanes, y lo hizo sesenta años después que aquel heroico portugués lo descubriera y bautizara con su sangre y su vida. Drake fué probablemente el primero que vió la tierra que hoy llamamos Oregón, único descubrimiento que hizo de alguna importancia. Tomó posesión de Oregón para Inglaterra, con el nombre de «Nueva Albión»; pero la vieja Albión jamás fundó allí colonia alguna.

Sir John Hawkins, pariente de Drake, fué como éste un marino distinguido; pero no un verdadero descubridor ni explorador. Ninguno de los dos exploró o colonizó el Nuevo Mundo, y ninguno tampoco dejó en la historia de éste más honda impresión que si nunca hubieran nacido. Drake llevó a Inglaterra las primeras patatas; pero no se soñó siquiera en la importancia de tal descubrimiento hasta mucho tiempo después, y eso por otros hombres.

Los capitanes Amadas y Barlow, en 1584, vieron la costa en el Cabo Hatteras y la isla de Roanoke, y se alejaron de ella sin resultado permanente. Al siguiente año, Sir Richard Grenville descubrió el Cabo Fear, y de ahí no pasó. Siguieron las famosas, pero pequeñas expediciones de Sir Walter Raleigh a Virginia, al Orinoco y a Nueva Guinea, y los menos importantes viajes de John Davis al Noroeste, en 1585-87.

No debemos tampoco olvidar los infructuosos viajes del valiente Martín Frobisher a la Groenlandia, en 1576-81. No hubo más exploraciones de Inglaterra en América hasta el siglo XVII. En 1602, el capitán Gosnold costeó casi todo el litoral del Atlántico, particularmente alrededor del Cabo Cod; y hasta cinco años más tarde no empezó la ocupación del Nuevo Mundo por Inglaterra. La primera colonia inglesa que hizo gran papel en la historia—como no lo hizo Jamestown—fué la de los Padres Peregrinos, en 1602; y esos no vinieron con el objeto de inaugurar un mundo nuevo, sino para huir de la intolerancia del viejo. En realidad, como ha hecho notar Mr. Winsor, los sajones no tuvieron gran interés por América sino cuando empezaron a comprender que ofrecía oportunidades al comercio.

Pero, si volvemos los ojos a España, ¡cuánto no hizo en los cien años que pasaron después de Colón y antes del desembarco de los fugitivos ingleses en Plymouth Rock! En 1499 Vicente Yáñez de Pinzón, compañero de Colón, descubrió la costa del Brasil y reclamó dicho país en nombre de España; pero no dejó allí colonia alguna. Hizo sus descubrimientos cerca de las bocas del Amazonas y del Orinoco, y fué el primer europeo que vió el mayor río del mundo. Al año siguiente, Pedro Alvarez Cabral, portugués, fué arrojado a la costa del Brasil por una tormenta; tomó posesión en nombre de Portugal y fundó allí una colonia.

En cuanto a Américo Vespucio, el insignificante aventurero, cuya fama de tal modo eclipsa sus hechos, son en extremo dudosas sus pretensiones por lo que toca a América. Vespucio nació en Florencia, en 1451, y era un hombre instruído, pues su padre ejercía de notario y tenía un tío dominico que le enseñó humanidades. Fué dependiente de la gran casa de los Médicis, y hallándose a su servicio, lo enviaron a España en 1490. Estando allí, entró al empleo del comerciante que equipó la segunda expedición de Colón, el cual era un florentino llamado Juanoto Berardi. Cuando éste murió, en 1495, dejó sin terminar una contrata para equipar doce buques para la Corona; y se encargó a Vespucio que llevase a cabo la contrata. No hay razón alguna para creer que acompañase a Colón en su primero, ni en su segundo viaje. Según su propio relato, salió de Cádiz el día 10 de mayo de 1497, en una expedición española, y llegó al continente de América diez y ocho días antes de que lo viese Cabot. Es ridículo el supuesto de algunas enciclopedias de que Vespucio «probablemente se remontó por el norte hasta el cabo Hatteras». Hay pruebas innegables de que nunca vió ni una pulgada del Nuevo Mundo al norte del Ecuador. Volviendo a España a fines de 1498, se embarcó de nuevo el 16 de mayo de 1499, en compañía de Ojeda, con rumbo a Santo Domingo, y en ese viaje empleó unos diez y ocho meses. Salió de Lisboa en su tercer viaje, el 10 de mayo de 1501, con destino al Brasil. No es cierto, aun cuando lo digan las enciclopedias, que descubriese y diese nombre a la bahía de Río Janeiro: ambos honores pertenecen a Cabral, verdadero descubridor y explorador del Brasil y hombre de mucha más importancia histórica que Vespucio. El cuarto viaje de este último le llevó a Lisboa, el 10 de junio de 1503, a Bahía, y de allí a Cabo Frío, donde construyó un pequeño fuerte. En 1504 regresó a Portugal, y al año siguiente a España, donde murió en 1512.

La historia de estos viajes no tiene más fundamento que el propio relato de Vespucio, el cual no merece entero crédito. Es probable que no se hiciese a la mar en todo el año 1497, y es del todo cierto que no tuvo la menor participación en los verdaderos descubrimientos del Nuevo Mundo.

El nombre de «América» lo inventó y aplicó por primera vez en 1507 un mal informado impresor alemán, llamado Waldzeemüller, a cuyo poder llegaron los documentos de Vespucio. La historia está llena de injusticias; pero nunca se ha cometido otra mayor que ese bautismo de América. Con igual razón hubiera podido llamársela Valdzeemüllera. El primer mapa del Nuevo Mundo lo hizo el español Juan de la Cosa, en 1500[4], y ese mapa le parecería hoy muy raro a cualquier chico de la escuela. La primera geografía de América, que data de 1517, se debe a Enciso, un español.