En este momento crítico de su carrera, Cortés se vió amenazado desde otro punto. Llególe la noticia de que Pánfilo de Narváez, de quien nos ocuparemos más adelante, había desembarcado con 800 hombres, con el objeto de arrestar a Cortés para llevárselo prisionero por su desobediencia a Velázquez. Pero aquí se mostró de nuevo el genio del conquistador de Méjico, y lo salvó. Marchando contra Narváez con 140 hombres, lo hizo prisionero; alistó bajo su bandera a los 800 que habían venido a arrestarle, y apresuradamente regresó a la ciudad de Méjico.

Allí encontró que de día en día se ponía la situación más amenazadora. Alvarado, a quien había confiado el mando, provocó al parecer un conflicto atacando un baile de los indios. Por cruel que esto parezca, y como tal se ha censurado, no fué más que una necesidad militar, reconocida así por todos los que realmente conocen a los aborígenes, aun en nuestros días. Los historiadores de gabinete han descrito a los españoles como si hubiesen sorprendido villanamente un festival del país; pero esto es simplemente por ignorancia del asunto. Una danza india no es un festival; es, generalmente, y lo era en aquel caso, un macabro ensayo de matanza. Un indio nunca baila por diversión, y a menudo sus bailes tienen más grave intento que el de divertir a otros. En una palabra, Alvarado, viendo que los indios se dedicaban a un baile que evidentemente no era otra cosa que el preludio supersticioso de una carnicería, quiso arrestar a los hechizadores y a otros jefes del cotarro. Si lo hubiese logrado, nada habría sucedido, al menos por algún tiempo. Pero los indios eran demasiado numerosos para su pequeña fuerza, y los belicosos cabecillas pudieron escaparse.

Cuando regresó Cortés con sus 800 hombres, tan raramente reclutados, se encontró con que la ciudad había cambiado de aspecto, y que sus hombres estaban sitiados en sus cuarteles. Los indios dejaron tranquilamente que Cortés entrase en la trampa, y después la cerraron de modo que no había escapatoria. Allí estaban unos cuantos centenares de españoles encerrados en su prisión, y los cuatro canales, que eran las únicas vías para llegar a ella (porque la ciudad de Méjico era entonces una Venecia americana), estaban atestados de muchos millares de enemigos.

El indio rara vez se excusa por un fracaso; y los Nahuatl habían ya elegido un nuevo capitán de guerra, llamado Cuitlahuátzin, para reemplazar al inepto Moctezuma. Este continuaba prisionero, y cuando los españoles le hicieron salir a la azotea para que hablase en favor suyo, la furiosa muchedumbre de indios lo mató a pedradas. Entonces, al mando de su nuevo caudillo, atacaron a los españoles con tal furia, que ni los toscos falconetes, ni los más toscos fusiles de chispa, fueron parte a resistirlos, y no tuvieron los españoles más remedio que abrirse paso a lo largo de uno de los canales, en una última y desesperada lucha por la vida. El principio de aquella retirada de seis días, fué una de las páginas más dolorosas que la historia de América. Aquella fué la NOCHE TRISTE, tan celebrada en los romances y relatos españoles. Los sucesos de tan terrible noche, robaron para siempre la dicha de muchos hogares de la madre Patria, y las burbujas de sangre que cubrieron el lago Tezcuco, llevaron el luto y el dolor a muchos amantes corazones. En aquellas pocas horribles horas, perecieron dos terceras partes de los conquistadores, y los enloquecidos indios persiguieron a los heridos supervivientes por encima de más de 800 cadáveres españoles.

Después de una terrible retirada de seis días, ocurrió la importante batalla en los llanos de Otumba, donde se vieron los españoles enteramente cercados; pero se abrieron paso tras una desesperada lucha cuerpo a cuerpo, que realmente decidió la suerte de Méjico. Cortés marchó a Tlaxcala, levantó un ejército de indios que eran hostiles a la federación, y con su ayuda puso sitio a aquella ciudad. Duró el asedio setenta y tres días, y fué el más notable que registra la historia de toda la América. Ocurrían todos los días luchas sangrientas. Los indios se defendieron con denuedo; pero al fin el genio de Cortés triunfó, y el día 13 de agosto de 1521, entró victorioso en la segunda de las grandes ciudades del Nuevo Mundo.

Estas asombrosas proezas de Cortés, aquí tan brevemente esbozadas, despertaron en España una admiración sin límites, haciendo que la Corona condonase su insubordinación a Velázquez. Las quejas de éste fueron desoídas y Carlos V nombró a Cortés gobernador y capitán general de Méjico, además de hacerle marqués del Valle de Oaxaca y otorgarle una considerable pensión.

Investido y seguro con esta alta autoridad, Cortés sofocó un complot contra él, y mandó ejecutar al nuevo caudillo y a muchos de los caciques, que no eran potentados, sino oficiales religioso-militares, cuyo ascendiente sobre las supersticiones de los indios les hacían peligrosos.

Pero Cortés, cuyo genio brillaba más cuanto más insuperables parecían las dificultades y peligros que se le presentaban, tropezó en lo que ha causado la caída de muchos: el éxito. Al contrario de su analfabeto, pero más noble y más grande primo Pizarro, la prosperidad le dañó y le hizo perder la cabeza y el corazón. A pesar de los juicios poco estudiados de algunos historiadores, Cortés no fué un conquistador cruel. No tan sólo era un gran genio militar, sino que trataba con mucha clemencia a los indios, y era muy querido de ellos. La llamada carnicería de Cholula, no fué una mancha en su carrera, como algunos han pretendido. La verdad, reivindicada al fin por la historia exacta, es como sigue: Los indios lo habían atraído traidoramente a una trampa, so pretexto de amistad. Era ya demasiado tarde para una retirada, cuando averiguó que los indígenas intentaban atacarle. Y al ver el peligro que corría, no halló más que una escapatoria, esto es, sorprender a los que intentaban sorprenderle; caer sobre ellos antes de que estuviesen listos para caer sobre él; y esto es precisamente lo que hizo. Lo de Cholula es simplemente el caso del que fué por lana y salió trasquilado.

No, Cortés no era cruel con los indios; pero, tan pronto como vió asegurado su poder, se hizo un tirano cruel para sus propios compatriotas, un traidor a sus amigos y hasta a su propio rey, y lo que es peor, un desalmado asesino. Hay pruebas evidentes de que hizo «desaparecer» a varias personas que cerraban el paso a su desmedida ambición; y la infamia que colmó la medida fué el mal trato que dió a su esposa. Tuvo Cortés mucho tiempo por amante a la hermosa india Malinche; pero, después que conquistó a Méjico, su legítima esposa fué a dicho país para compartir con él su fortuna. Mas el amor que le profesaba no era tan grande como su ambición, y ella se lo estorbaba. Por fin, se la halló una mañana estrangulada en su lecho.

Obcecado por su ambición, proyectó rebelarse abiertamente contra España y declararse emperador de Méjico. La Corona husmeó este lindo plan, y envió emisarios que se incautaron de sus bienes, hicieron prisioneros a sus hombres y se dispusieron a desbaratar sus planes secretos. Cortés se apresuró audazmente a volver a España, donde se presentó a su soberano con gran esplendor. Carlos V le dispensó buena acogida, y le condecoró con la ilustre orden de Santiago, patrón de España. Pero su estrella estaba ya declinando, y aun cuando se le permitió volver a Méjico, aparentemente con el mismo poder, desde entonces fué vigilado y nada hizo ya que pudiese compararse con sus primeros y portentosos hechos. Habíase vuelto muy poco escrupuloso, en extremo vengativo y sobradamente peligroso para dejarle en plena autoridad, y al cabo de pocos años se vió obligada la Corona a nombrar un virrey para desempeñar el gobierno civil de Méjico, dejando a Cortés solamente el mando militar, con el permiso de hacer nuevas conquistas. En el año 1536, Cortés descubrió la Baja California, y exploró parte de su golfo. Al fin, disgustado por su posición inferior, donde antes había sido supremo, volvió a España, donde el rey le recibió muy fríamente. En 1541 acompañó a su soberano a Argel como agregado, y se portó bizarramente en aquellas guerras. Sin embargo, al regresar de nuevo a España se vió abandonado. Se cuenta que un día en que Carlos V iba a un acto de ceremonia, Cortés montó en el estribo de la regia carroza, resuelto a que se le oyera.