«—¿Quién sois?»—preguntó el rey malhumorado.

«—Soy»—replicó el altivo conquistador de Méjico,—«un hombre que ha dado a V. M. más provincias que ciudades le dejaron sus abuelos.»

Sea o no verdad esta anécdota, ilustra gráficamente la arrogancia y los servicios de Cortés. Faltábale el modesto equilibrio de la grandeza verdaderamente grande, como le faltaba a Colón. La presunción de uno y otro, no hubiera sido posible para aquel hombre más grande que ambos: el discreto Pizarro.

Al fin, disgustado, Cortés se retiró de la Corte, y el día 2 de diciembre de 1554, el hombre que había sido el primero en abrir el interior de América al mundo, falleció cerca de Sevilla.

Algunos exploradores hubo en la América del Sur cuyas proezas fueron tan asombrosas como las de Cortés en Méjico. La conquista de los dos continentes fué casi contemporánea, e igualmente notable por el más elevado genio militar, el más impertérrito valor, y por haber salvado peligros espantosos y penalidades que eran casi sobrehumanas.

Francisco Pizarro, el analfabeto pero invencible conquistador del Perú, tenía 15 años más que su bizarro primo Cortés, y nació en la misma provincia de España. Empezóse a hablar de él en América en el año 1510. Desde 1524 a 1532, estuvo haciendo esfuerzos sobrehumanos para llegar a la desconocida y aurífera tierra del Perú, venciendo obstáculos que ni siquiera Colón los había encontrado iguales, y arrostrando peligros y penalidades mayores que los que sufrieron César y Napoleón. Desde 1532 hasta su muerte, acaecida en 1541, ocupóse en conquistar y explorar aquel enorme país, y fundar una nueva nación entre sus feroces tribus, luchando no sólo con numerosas hordas de indios, sino también con hombres desalmados de su séquito, a manos de los cuales pereció traidoramente. Pizarro halló y dominó el país más rico de Nuevo Mundo, y, no obstante sus incomparables sufrimientos, vió realizados, más que ninguno de los otros conquistadores, los sueños dorados que todos perseguían. Probablemente ninguna otra conquista, en la historia del mundo, produjo tan rápida y deslumbradora riqueza, y ciertamente ninguna se compró más cara en punto a penalidades y heroísmo. Algunos historiadores ignorantes de los hechos reales, y obcecados por el prejuicio, han tratado muy injustamente la conquista de Pizarro; pero esa historia maravillosa, cuyos detalles relataremos más adelante, está depurándose y poniéndose en su lugar, como uno de los hechos más estupendos y atrevidos de la Historia. Es la de un héroe a quien todos los verdaderos americanos, jóvenes o viejos, harán justicia de buen grado. Por mucho tiempo se nos ha presentado a Pizarro como un conquistador sanguinario y cruel, como un hombre egoísta, inmoral y peligroso; pero bajo la clara y verdadera luz de la historia de los hechos, destaca ahora como uno de los más grandes hombres, hijos de su propio esfuerzo, y que, considerando las circunstancias que le rodearon, merece el mayor respeto y admiración por la figura que de sí mismo supo labrar. La conquista del Perú no causó ni con mucho tanto derramamiento de sangre como la sujeción final de las tribus indias de Virginia. Escasamente hizo tantas víctimas de peruanos como la guerra del «rey Philip»[8] y fué mucho menos sanguinaria, porque era más abierta y honrosa que cualquiera de las conquistas de Inglaterra en la India Oriental. En el Perú, los más cruentos sucesos ocurrieron después de la conquista, cuando los españoles empezaron a pelear unos contra otros, y entonces Pizarro no fué el agresor, sino la víctima. Todo se debió a la traición de sus propios aliados, de los hombres a quienes había procurado fama y fortuna. Sus conquistas se extendieron en una comarca tan vasta como los Estados de California, Oregón y una gran parte del de Washington, o como nuestro litoral desde Nueva Escocia a Port Royal y 200 millas tierra adentro, y en una tierra donde había abundantes indios mejor organizados y más adelantados del hemisferio Occidental; y esto lo llevo a cabo con menos de 300 hombres harapientos y desgarbados. ¡A tal grandeza llegó el pobre, ignorante y desvalido porquero de Trujillo! Fué uno de los grandes capitanes que han existido, y casi tan noble como organizador y como ejecutivo de un nuevo imperio, que fué el primero en la costa del Pacífico de la América del Sur.

Pedro de Valdivia, conquistador de Chile, sometió aquel vasto territorio de los crueles araucanos con un «ejército» de doscientos hombres. Estableció la primera colonia en Chile en 1540, y en el mes de febrero siguiente fundó la actual ciudad de Santiago de Chile. De sus largas y encarnizadas guerras con los araucanos no hablaremos aquí por falta de espacio. Fué muerto por los indígenas el día 3 de diciembre de 1553, con casi todos sus hombres, después de una desesperada e indescriptible lucha.

No tenemos aquí bastante espacio para relatar los portentosos hechos que ocurrieron en el continente del sur o en la parte inferior de la América del Norte: la conquista de Nicaragua, por Gil González Dávila, en 1523; la conquista de Guatemala, por Pedro de Alvarado, en 1524; la de Yucatán, por Francisco de Montijo, que empezó en 1526; la de Nueva Granada, por Gonzalo Jiménez de Quesada, en 1536; las conquistas y exploración de Bolivia, del Amazonas y del Orinoco (hasta cuyas cataratas habían penetrado los españoles en 1530, con casi sobrehumanos esfuerzos); las incomparables guerras con los araucanos en Chile (por espacio de dos siglos), con los tarrahumares en Chihuahua, con los tepehuenes en Durango y los indómitos yaquis en el noroeste de Méjico las proezas del capitán Martín de Hurdaile (el Daniel Boone de Sinaloa y Sonora), y de centenares de otros desconocidos españoles, que hubieran alcanzado renombre universal, si hubiesen sabido de ellos los trompeteros de la fama.