EL MAS INTREPIDO CAMINANTE
El estudiante más familiarizado con la historia, se queda atónito a cada paso ante el relato de las jornadas de los exploradores españoles. Aun cuando no hubiesen hecho otra cosa en el Nuevo Mundo, sus largas marchas por sí solas serían suficientes para darles fama. En ninguna otra parte se ha sabido jamás de tantos y tan largos viajes por semejantes desiertos. Para comprender esas jornadas de millares de millas, que hacían aquellos héroes, ya solos o en pequeñas partidas, tiene uno que conocer el país que atravesaron y saber algo de los tiempos en que esos hechos se llevaron a cabo. Los cronistas españoles de aquel tiempo no insisten al hablar de las dificultades y peligros que encontraban: es lástima que, siquiera por vanagloria, no se extendieran en el relato de aquellos obstáculos. Pero, por lacónicas que sean las narraciones sobre tales puntos, despréndese de ellas que encontraron grandes obstáculos y tuvieron que vencerlos; y aun hoy día, después que tres centurias y media han hecho más habitable aquel desierto que cubría medio mundo; que han domeñado a sus naturales; que lo han llenado de cómodas estaciones; que lo han cruzado con fáciles caminos y le han quitado el noventa por ciento de sus terrores, encontraríanse pocos hombres lo bastante atrevidos para emprender las tremendas jornadas que aquellos bravos héroes consideraban como tareas diarias. El único hecho casi comparable con las caminatas de los españoles por el Nuevo Mundo, es la historia de los argonautas de California, en 1849, los cuales atravesaron las extensas llanuras con el más notable movimiento de población que refiere la historia; pero aun ese incidente fué mezquino en cuanto a superficie, penalidades, peligros y fortaleza, comparado con los viajes de los exploradores españoles. Las jornadas de mil millas a través de los desiertos o de las más fatales todavía selvas tropicales, fueron demasiado numerosas para ni siquiera catalogarlas. Una cosa es seguir una senda, y otra penetrar en un páramo sin senda alguna. Una cosa es ir en larga caravana de carromatos bien armados, y otra muy distinta marchar en pequeñas partidas, a pie o en pencos cansados. Una jornada desde un punto conocido a otro punto conocido también—ambos dentro del mundo civilizado, aun cuando entre los dos se extiendan tierras desiertas,—es muy distinta de una jornada que se emprende desde un punto, a través de tierras ignotas, a otro punto ignorado, siendo la salida, el trayecto y el término cosas del azar y la ventura, sin guías ni jalones que marquen el camino. Lejos de mí la idea de rebajar el heroísmo de nuestros argonautas. Dejaron en la historia una página de la que puede estar orgulloso cualquier pueblo; pero no llegaron nunca a igualar las proezas de similares héroes de otra nacionalidad y de otra época.
El recorrido de Alvaro Núñez Cabeza de Vaca, el primer caminante de Norteamérica, quedó eclipsado por la proeza del infeliz y olvidado soldado Andrés Docampo. Cabeza de Vaca anduvo mucho más de diez mil millas; pero Docampo pasó de veinte mil, y sufriendo igualmente terribles penalidades. Las exploraciones de Cabeza fueron mucho más valiosas para el mundo; no obstante, ninguno de los dos salió con intenciones de explorar. Pero Docampo hizo su terrible marcha a pie, voluntariamente y con un fin heroico, que tuvo a la postre un enorme resultado; mientras que la empresa de Cabeza fué simplemente el heroísmo de un hombre muy singular para librarse de la desgracia. Las andanzas de Docampo duraron nueve años; y aun cuando no dejó libro alguno relatando sus observaciones, como lo hizo Cabeza, el esqueleto de su historia que nos ha quedado es sumamente sugestivo y característico de aquella época, y refiere otros heroísmos, además del de aquel bravo soldado.
Cuando Coronado fué por primera vez a Nuevo Méjico, en 1540, llevó cuatro misioneros con su pequeño ejército. Fray Marcos pronto volvió a Méjico desde Zuñi por causa de sus dolencias, Fray Juan de la Cruz emprendió con empeño su obra de misionero entre los indios pueblos; y cuando Coronado y su partida abandonaron el territorio, insistió en quedarse con sus atezados catecúmenos de Tiguex (Bernalillo). Era ya muy viejo y estaba seguro de que su vida acabaría en cuanto se fuesen sus paisanos, y, en efecto, así aconteció. Fué asesinado por los indios sobre el 25 de noviembre de 1542.
El hermano lego Fray Luis Descalona, también muy anciano, escogió como parroquia el pueblo de Tshiquite (Pecos) y se quedó allí después que se fueron los españoles. Construyóse una pequeña choza fuera de la gran ciudad fortificada de los indios, y allí enseñaba a los que querían oirle, y cuidaba un pequeño rebaño de carneros, resto de los que llevara Coronado y que fueron los primeros que entraron en los actuales Estados Unidos. Los indios llegaron a quererle sinceramente, excepto los exorcistas, que le odiaban por su influencia; por fin éstos lo asesinaron y se comieron los carneros.
Fray Juan de Padilla, el más joven de los cuatro misioneros y el primero que sufrió el martirio en tierra de Kansas, era natural de Andalucía y hombre de gran energía, tanto física como mental. Tampoco hizo mal papel como andariego, y nuestros andarines profesionales quedarían estupefactos si tuviesen que recorrer por el desierto los millares de millas que recorrió aquel incansable apóstol de los indios en el desierto sudoeste. Había desempeñado muy importantes cargos en Méjico, pero abandonó gustoso sus honores para convertirse en un pobre misionero entre los salvajes del ignoto norte. Habiendo acompañado la partida de Coronado desde Méjico a las Siete Ciudades de Cibola, a través de los desiertos, Fray Padilla se trasladó a Moqui con Pedro de Tobar y su partida de veinte hombres. Después, retrocediendo a Zuñi, no tardó en salir de nuevo con Hernando de Alvarado y veinte hombres, para recorrer otras mil millas. Fué en esta expedición, uno de los primeros europeos que pudieron contemplar la elevada ciudad de Acoma, el Río Grande dentro de lo que es hoy Nuevo Méjico y el gran pueblo de Pecos.
En la primavera de 1541, cuando un puñado de hombres se había reunido en Bernalillo, y Coronado salió en busca del fatal mito áureo de Quivira, Fray Padilla le acompañó. En esa marcha de ciento cuatro días por las áridas llanuras, antes de llegar a las Quiviras, al nordeste de Kansas, sufrieron los exploradores muchas torturas por falta de agua y a veces de alimento. El traicionero guía que llevaban les engañó, y anduvieron errabundos mucho tiempo en un círculo, cubriendo una larga distancia, probablemente de más de mil quinientas millas. Los expedicionarios iban a caballo, pero en aquellos días los humildes padres iban a pie. No hallando más que contrariedades, los exploradores retrocedieron hacia Bernalillo, aunque por un camino más corto, y Fray Padilla fué con ellos.
Pero ya el héroe había determinado que su campo de acción debía estar entre aquellos indios, sioux y otros hostiles, errantes y que convivían con los búfalos en las llanuras; así es que cuando los españoles evacuaron Nuevo Méjico, él se quedó. Con él estaban el soldado Andrés Docampo, dos jóvenes mejicanos de Michoacán, Lucas y Sebastián, llamados los Donados, y unos cuantos jóvenes indios mejicanos. En el otoño de 1542, esa pequeña partida salió de Bernalillo para emprender una marcha de mil millas. Andrés era el único que iba montado; el misionero y los jóvenes indios marchaban penosamente a pie por aquel desierto arenoso. Pasaron por la población de Pecos; de allí atravesaron un rincón de lo que es hoy Colorado y el gran Estado de Kansas en casi toda su longitud. Por fin, después de una larga y fatigosa marcha, llegaron a las aldeas de los indios quiviras, donde hallaron albergue provisional. Coronado había plantado una cruz de gran tamaño en una de esas aldeas, y allí estableció su misión Fray Padilla. Con el tiempo los indios hostiles fueron deponiendo su recelo y «le amaron como a un padre». Por último decidió trasladarse a otra tribu nómada, donde parecía que era más necesaria su presencia. Fué un paso muy peligroso; porque no tan sólo podían aquellos desconocidos recibirle con intención homicida, sino que corría igual riesgo al abandonar su presente rebaño. Los indios, supersticiosos, no se avenían a perder a tan gran exorcista como creían que era Fray Juan, y menos a que sus enemigos se aprovechasen de sus servicios, pues todas aquellas tribus errantes se hacían la guerra unas a otras. No obstante, Fray Padilla resolvió irse, y se fué con su pequeño cortejo. A un día de jornada de las aldeas de los quiviras, tropezaron con una partida de indios en son de guerra. Al verles acercarse, el buen padre pensó, ante todo, en salvar a sus compañeros. Andrés tenía aún su caballo, y los muchachos eran veloces corredores.
«—¡Huíd, hijos míos!—gritó Fray Juan.—Salvaos, porque no podéis ayudarme y nada ganaríamos con morir todos juntos. ¡Corred!»
Al principio rehusaron; pero el misionero insistió, y como nada podían contra los indígenas, por fin obedecieron y apelaron a la fuga. Esto, a primera vista, no parece muy heroico; pero les disculpa la consideración de lo que eran aquellos tiempos. No tan sólo era gente humilde, acostumbrada a obedecer a los buenos padres, sino que había otro y más poderoso motivo para que procediesen como lo hicieron. En aquellos días de fervorosa fe, se consideraba el martirio no solamente como un heroísmo, sino como una profecía: creíase que indicaba nuevos triunfos para el cristianismo, y era un deber llevar la noticia y propagarla por el mundo. Si ellos se hubiesen quedado y hubiesen perecido con el padre—y a buen seguro que sus fieles secuaces no lo temían físicamente,—la lección y la gloria de su martirio se hubiesen perdido para la humanidad.