Fray Juan se arrodilló en la vasta llanura y encomendó su alma a Dios; y mientras oraba, los indios le atravesaron con sus flechas. Cavaron luego una fosa y echaron el cadáver del primer mártir de Kansas, colocando en aquel sitio un gran montón de tierra. Esto ocurrió en el año 1542.

Andrés Docampo y los muchachos pudieron escapar entonces; pero no tardaron en caer prisioneros de otros indios, que los tuvieron diez meses como esclavos. Les pegaban y mataban de hambre, obligándoles a hacer las labores más pesadas y más viles. Por fin, después de trazar muchos planes y de varias tentativas infructuosas, lograron escapar de sus bárbaros amos. Luego anduvieron a pie y errantes durante ocho años, solos y sin armas, de un lado para otro, en aquellas llanuras secas e inhospitalarias, sufriendo increíbles privaciones y peligros. Por último, después de aquellos millares de millas que lastimaron sus pies, todavía anduvieron hasta la ciudad mejicana de Tampico, situada en el gran golfo. Fueron allí recibidos como muertos resucitados. No conocemos los detalles de tan horrenda e incomparable jornada; pero está comprobada en la historia. Durante nueve años aquellos infelices fueron recorriendo los desiertos a pie y dando mil vueltas, empezando al nordeste de Kansas, para ir a terminar el sur de Méjico.

Sebastián murió poco después de su llegada al Estado mejicano de Culiacán; las penalidades del viaje habían sido demasiado excesivas aun para un cuerpo tan joven y fuerte como el suyo. Su hermano Lucas se hizo misionero entre los indios de Zacatecas y continuó su trabajo entre ellos durante muchos años, muriendo al fin a una edad muy avanzada. En cuanto al valiente soldado Docampo, poco después de haber vuelto al mundo civilizado, desapareció, sin que se supiese más de él. Tal vez se llegue a descubrir algunos antiguos documentos españoles que arrojen alguna luz sobre el resto de su vida y la suerte que le cupo.


III

LA GUERRA DE LA ROCA

Algunos de los heroísmos y penalidades más característicos de los exploradores en nuestro dominio, ocurrieron alrededor de la asombrosa roca Acoma, la extraña ciudad empinada de los Pueblos Queres. Todas las ciudades de los indios Pueblos estaban construídas en sitios fortificados por la Naturaleza, lo cual era necesario en aquellos tiempos, puesto que estaban rodeadas por hordas, muy superiores en número, de los guerreros más terribles de que nos habla la historia; pero Acoma era la más segura de todas. En medio de un largo valle de cuatro millas de ancho, bordeado por precipicios casi inaccesibles, se levanta una elevada roca que remata en una meseta de setenta acres de superficie[11], y cuyos lados, que tienen trescientos cincuenta y siete pies ingleses de altura, no sólo son perpendiculares, sino que en algunos puntos se inclinan hacia delante. En su cumbre se alzaba—y se alza todavía—la vertiginosa ciudad de Queres. Las pocas sendas que conducen a la cima, y en las que un paso en falso puede precipitar a la víctima a una muerte horrible, despeñándola desde una altura de centenares de metros, bordean abruptas y peligrosas hendeduras, desde cuya parte superior un hombre resuelto, sin otras armas que piedras, podría casi tener a raya a todo un ejército.

La primera vez que los europeos supieron de esa curiosa ciudad aérea fué en 1539, cuando a Fray Marcos, descubridor de Nuevo Méjico, la gente de Cibola le habló de la gran fortaleza roqueña de Hákuque, nombre que ellos daban a Acoma, y que sus habitantes llamaban Ahko. Al año siguiente, Coronado la visitó con su pequeño ejército y nos ha dejado un exacto relato de sus maravillas. Esos primeros europeos fueron allí bien recibidos, y los supersticiosos habitantes, que nunca habían visto una barba, ni la cara de un hombre blanco, tomaron a los extranjeros por dioses. Pero hasta medio siglo después, no trataron los españoles de establecerse allí.