Zaldívar hizo alto con su pequeña partida al pie del risco, acercándose cuanto pudo hacerlo sin peligro. El indispensable heraldo salió de las filas, y después de un toque de trompeta, procedió a leer a voz en cuello la formal intimación a rendirse en nombre del rey de España. Por tres veces vociferó aquella intimación; pero cada vez apagaron su voz los gritos y aullidos de los enfurecidos indígenas, y una lluvia de piedras y flechas cayó en peligrosa proximidad. Zaldívar deseaba conseguir la rendición de la plaza, pedir que se le entregasen los cabecillas de la matanza y llevárselos a San Gabriel, para que fueran oficialmente procesados y castigados, sin causar daño a los demás habitantes de Acoma; pero los indios, viéndose seguros en su natural fortaleza, se burlaban del misericordioso llamamiento. Era evidente la necesidad de tomar Acoma por asalto. Los españoles acamparon sobre la arena, y haciendo lúgubres planes para el día siguiente, pasaron allí la noche, que hizo más horrenda la baraúnda de la monstruosa danza de guerra que celebraban los habitantes de la ciudad.


IV

EL ASALTO A LA EMPINADA CIUDAD

Al romper el alba del día veintidós de enero, Zaldívar dió la señal para el ataque, y el cuerpo principal de la fuerza española empezó a disparar sus pocos arcabuces y a intentar un asalto desesperado por el extremo norte de la gran roca, que era por allí absolutamente inexpugnable. Los indios, apiñados en el borde de los farallones, despedían una lluvia de proyectiles, y muchos de los españoles fueron heridos. Entre tanto, doce hombres escogidos, que durante la noche se habían ocultado debajo de la parte saliente del risco, el cual les protegía contra el fuego y la observación de los indios, trepaban cautelosamente por debajo y alrededor del precipicio, arrastrando con cuerdas el pedrero. Algunos de aquellos doce hombres eran arcabuceros y, además del peso del ridículo cañón, llevaban sus pesados arcabuces y su tosca armadura, que no les ayudarían ciertamente a escalar alturas, cuyo ascenso sería difícil hasta para un atleta libre de trabas. Continuando su trabajosa tarea sin ser vistos, tirando uno de otro, y después del pedrero peñas arriba, llegaron por fin a la cumbre de un alto farallón, separado del gran risco de Acoma por un angosto pero terrible tajo. Al atardecer tenían ya el cañón apuntando hacia la ciudad, y el retumbante disparo, cuando la bala de piedra fué lanzada sobre Acoma, fué la señal, para la tropa que estaba al extremo norte de la meseta, de que se había tomado la primera posición estratégica, a la vez que advirtió a los indios del peligro que les amenazaba por otro lado.

Aquella noche, pequeños grupos de españoles treparon por los grandes precipicios que cercan ese valle en forma de artesa por oriente y poniente; talaron pequeños pinos, arrastrando con inmenso trabajo los troncos peñas abajo y a través del valle, para subirlos al farallón donde se habían situado los doce hombres con el pedrero. Una docena de hombres quedaron guardando los caballos al extremo norte de la meseta, y el resto de la fuerza se juntó a los doce arcabuceros, ocultándose en las grietas del farallón. Al otro lado del tajo, los indios estaban tendidos en las hendeduras o detrás de las rocas, esperando el ataque.

La madrugada del veintitrés, un piquete de hombres escogidos, a una señal, salieron corriendo de sus escondites con una toza cargada en hombros, y con una acertada maniobra la colocaron al otro extremo sobre el lado opuesto, por encima del abismo. Salieron corriendo los españoles y empezaron a desfilar, guardando el equilibrio, por aquel vertiginoso «puente», recibiendo una descarga de piedras y saetas. Habían cruzado ya varios, cuando uno de ellos, en su excitación, cogió la cuerda que estaba amarrada a la toza y arrastró ésta detrás de él.

Fué aquél un momento terrible. Eran menos de doce los españoles que así quedaron al borde de Acoma, separados de sus compañeros por un precipicio de centenares de pies de profundidad, y rodeados por enjambres de indios. Estos, saliendo de su refugio, cayeron al instante sobre ellos, rodeándolos. Mientras el soldado español podía mantener a los indios a distancia, hasta sus toscas armas e ineficaz armadura le daban cierta ventaja; pero, a tan corto alcance, aquellos mismos arreos eran un impedimento fatal por su tosquedad y su peso. Parecía entonces como si fuese a repetirse la anterior matanza de Acoma, y los aislados españoles fuesen a ser destrozados; pero en aquel momento crítico, un hecho de increíble valor personal les salvó a ellos y a la causa de España en Nuevo Méjico. Un esbelto, inteligente y joven oficial, un estudiante que era amigo particular y favorito de Oñate, salió del grupo de los consternados españoles que se hallaban al otro lado del tajo, y que no se atrevían a disparar contra los enemigos para no herir a sus compañeros que estaban mezclados con ellos, y, corriendo como un gamo, se fué hacia el precipicio. Al llegar al borde, encogió su ágil cuerpo, saltó al aire como un pájaro y salvó el abismo. Cogiendo en seguida la toza, con un esfuerzo desesperado la empujó hasta que sus compañeros pudieron agarrarla desde el otro borde, y por encima del restablecido puente pasaron los soldados españoles, salvando la situación.