Empezó entonces una de las más tremendas luchas cuerpo a cuerpo que registra la historia de América. Peleando en proporción de uno contra diez; mezclados entre una turba de salvajes que daban alaridos y luchaban con el frenesí de la desesperación; acuchillados con armas melladas; aturdidos por los golpes de maza; acribillados por las erizadas flechas; agotados, exhaustos y cubiertos de sangre, Zaldívar y su puñado de héroes se abrieron camino, pulgada a pulgada, paso a paso, usando sus mosquetes pesados como mazas; hiriendo con sus chafarotes; parando mortales golpes y arrancando las barbadas flechas de sus trémulas carnes. ¡Iban avanzando, avanzando siempre; lanzando valerosos el grito de guerra de Santiago; acorralando a su tenaz enemigo con valor todavía más tenaz; hasta que al fin los indios, convencidos de que aquellos no eran enemigos humanos, huyeron a refugiarse en sus casas semejantes a fortalezas, pudiendo así alentar los españoles! Otras tres veces se leyó la intimación a rendirse ante aquellas extrañas viviendas de cerca de mil pies de largo cada una y que parecían tramos de una gigante escalinata labrada en una sola roca. Aun entonces deseaba Zaldívar evitar más derramamiento de sangre y pidió que sólo le entregasen, para castigarlos, los asesinos de su hermano y de sus compatriotas. Todos los demás que se rindiesen y se hiciesen súbditos del «Rey, nuestro Señor», serían bien tratados. Pero los tercos indios, como lobos heridos en su madriguera, se mantuvieron parapetados en sus casas y rehusaron toda proposición de paz.

El risco fué tomado; pero quedaba aún la ciudad. Cada pueblo de los indios era una verdadera fortaleza, y Zaldívar tuvo que atacar a Acoma casa por casa, habitación por habitación. El pequeño pedrero fué colocado enfrente de la primera fila de casas, y pronto empezó a hacer disparos con alguna lentitud. Al derrumbarse las paredes de adobe bajo el constante cañoneo de las balas de piedra, sólo formaban grandes barricadas de tierra que ni siquiera podría atravesar nuestra moderna artillería, y cada casa tenía que tomarse separadamente a punta de espada. Algunas de las casas derruídas se incendiaban con la lumbre de sus fogones, y no tardó en cubrir la ciudad un humo asfixiante, del cual salían los gritos de las mujeres y de los niños y los provocadores alaridos de los guerreros. El humanitario Zaldívar hizo cuanto pudo para salvar a las mujeres y a los niños, con gran peligro de sí mismo; pero muchos perecieron bajo las paredes derrumbadas de sus propias casas.

El terrible asalto duró hasta el mediodía del veinticuatro de enero. De vez en cuando partidas de guerreros realizaban salidas, tratando de abrirse paso por entre las filas de españoles. Muchos, en su desesperación, se lanzaron desde lo alto del risco, pereciendo estrellados al pie del mismo. Sólo dos indios de los que dieron tan pasmoso salto sobrevivieron, tan milagrosamente como los cuatro españoles de la primera matanza, y también como ellos lograron salvarse.

Por fin, al mediodía del tercero, los viejos salieron pidiendo clemencia, y ésta les fué concedida en el acto. En el momento en que se rindieron, se olvidó su rebeldía y se perdonó su traición. Ya no hubo necesidad de más castigo. Los cabecillas que causaron la muerte del hermano de Zaldívar habían muerto, como también casi todos sus aliados navajos. Fué aquella la lucha más sangrienta que se ha conocido en Nuevo Méjico. En aquellos tres días de combate tuvieron los indios quinientos muertos y muchos heridos, y de los españoles supervivientes, no hubo uno que no quedase para toda la vida con horrendas cicatrices como recuerdos de Acoma. Quedó la ciudad tan destrozada que tuvo que construirse de nuevo, y el infinito trabajo con que los pacientes indios habían subido a lo alto del risco sobre sus espaldas todas las piedras y la madera y la arcilla necesarias para construir una ciudad de casas de varios pisos, para cerca de mil almas, tenía que repetirse. También sus cosechas y todas las provisiones que tenían almacenadas, en obscuros aposentos de aquellas casas con terrados, habían quedado destruídas y era necesario reponerlas. En verdad que «los de arriba» habían enviado un terrible castigo a aquel pueblo por su traición a Juan de Zaldívar.

Cuando sus hombres se hubieron recuperado lo bastante de sus heridas, Vicente de Zaldívar, héroe del asalto más prodigioso que refiere la historia, regresó victoriosamente a San Gabriel de los Españoles, llevando consigo ochenta muchachas de Acoma, que envió a las monjas de Méjico para que las educasen. ¡Qué gritería debió de armarse en las murallas de la pequeña colonia cuando sus ansiosos atalayas vieron por fin su pequeño ejército de guerreros, pálidos y cubiertos de andrajos, regresar lentamente a sus hogares, caminando sobre la nieve y montados en flacos jamelgos!

Los demás pueblos, que habían estado en acecho como los gatos, escondiendo las uñas, pero con todos sus músculos prontos a saltar quedaron paralizados de espanto. Esperaban ver a los españoles derrotados, ya que no aplastados, en Acoma, y entonces un rápido levantamiento de todas las tribus hubiera acabado con todos los invasores. Pero había sucedido lo imposible. ¡Ahko, la orgullosa ciudad encumbrada de los Queres! ¡Ahko, la rodeada de riscos, la inexpugnable, había caído en poder de los pálidos extranjeros! Sus bravos guerreros habían perecido; sus fuertes casas eran un montón de humeantes ruinas; su riqueza se había perdido; su pueblo estaba casi borrado de la faz de la tierra! ¿Cómo luchar contra «hombres tan poderosos», contra aquellos extraños brujos a quienes debían proteger «los de arriba», pues de otro modo no podrían hacer tan sobrehumanas proezas? Relajados sus encogidos nervios, el gran gato empezó a runrunear como si nunca hubiese soñado en coger ratones. Ya no se pensó más en rebelarse contra los españoles, y los indios hasta se esforzaron en aquistarse el favor de aquellos terribles extranjeros. Le llevaron a Oñate la noticia del asalto de Acoma algunos días antes de que Zaldívar y sus héroes regresasen a la pequeña colonia, y fueron asaz villanos para entregarle dos indios Queres que, huyendo de aquel espantoso combate, se habían refugiado entre ellos. En adelante, los pueblos no dieron ya que hacer al gobernador Oñate.

Pero los de Acoma no parecieron tomar la lección tan a pecho como los otros. Quedaron demasiado destrozados y quebrantados para pensar en otra guerra con sus invencibles enemigos; no obstante, mostraron una implacable hostilidad a los españoles por espacio de treinta años, hasta que fué la ciudad conquistada de nuevo mediante una heroicidad tan brillante como la de Zaldívar, aunque de muy distinta manera.

En 1629, Fray Juan Ramírez, «el apóstol de Acoma», salió solo de Santa Fe para fundar una misión en la encumbrada ciudad de feroces bárbaros. Se le ofreció una escolta de soldados, pero él la rehusó y salió a pie, enteramente solo y sin más armas que su crucifijo. Recorriendo con dificultad su penoso y arriesgado camino, llegó al cabo de muchos días al pie de la gran «isla» de roca, y empezó el ascenso. En cuanto los indios vieron a una persona extraña, y de la gente que ellos aborrecían, corrieron hasta el borde del risco y le lanzaron una lluvia de flechas, algunas de las cuales atravesaron sus hábitos. En aquel momento, una niña de Acoma, que estaba en el mismo borde de la ingente roca, se asustó al ver la saña de su gente y, perdiendo el equilibrio, se despeñó al precipicio. Pero quiso la Providencia que sólo cayese unas cuantas yardas sobre un reborde arenoso cerca de donde estaba Fray Juan, y donde no podían verlos los indios, quienes supusieron que había caído hasta la sima. Fray Juan se acercó a recogerla y la llevó sana y salva hasta arriba, y al ver este aparente milagro, los salvajes quedaron desarmados y lo recibieron como a un mago. El buen hombre vivió solo en Acoma más de veinte años, amado por los naturales como un padre, y enseñando a sus atezados conversos con tanto éxito, que con el tiempo muchos de ellos sabían el catecismo y podían leer y escribir en español. Además, bajo su dirección y con muchísimo trabajo, construyeron una gran iglesia. Cuando murió, en 1664, los acomas, que habían sido los indios más feroces, llegaron a ser los más dóciles de Nuevo Méjico y los más adelantados en civilización. Pero pocos años después de su muerte, ocurrió el levantamiento de todos los pueblos, y durante las largas y desastrosas guerras que se siguieron, fué destruída la iglesia y desaparecieron, en gran parte, los frutos del trabajo del valiente Fray Juan. En aquella rebelión, Fray Lucas Maldonado, que era entonces misionero en Acoma, fué asesinado por su rebaño el diez o el once de agosto de 1680. En noviembre de 1692, Acoma se rindió voluntariamente al reconquistador de Nuevo Méjico, Diego de Vargas. Al cabo de pocos años, sin embargo, se rebeló de nuevo, y en agosto de 1696, Vargas marchó contra la ciudad, pero no pudo asaltarla. Gradualmente los pueblos fueron viviendo en paz con los humanitarios conquistadores y llegaron a merecer la benevolencia con que constantemente se les trataba. La misión fué restablecida en Acoma por el año 1700, y allí se eleva hoy una enorme iglesia, que es una de las más interesantes del mundo, dados el infinito trabajo y la paciencia con que fué construída. La última tentativa de levantamiento de los indios Pueblos ocurrió en 1728; pero en ella no tomó parte Acoma.

La curiosa escalera de piedra por la que Fray Juan Ramírez subió la primera vez a su peligrosa parroquia bajo una lluvia de flechas, todavía la usan los habitantes de Acoma, quienes le han dado el nombre del «camino del Padre».