Mientras estaba allí tendido, sin ánimo y sin fuerzas, oyó súbitamente voces que se acercaban. Supuso que los indios habían rastreado su pista, y se dió por perdido, porque se sentía demasiado débil para luchar. Pero al fin llegaron a su oído acentos españoles, y aun cuando eran voces ásperas y broncas de soldados, con toda seguridad debieron de parecerle los sonidos más dulces del mundo. Sucedió que la noche anterior, algunos de los caballos del campamento de Oñate se habían extraviado, y un pelotón de soldados salió en busca de ellos. Siguiendo sus huellas, llegaron cerca del sitio donde el capitán Villagrán se hallaba tendido. Por fortuna le vieron, pues él no podía ni gritar ni correr tras ellos. Con sumo cuidado levantaron al oficial herido y lo llevaron al campamento, y allí, con los solícitos cuidados de hombres barbudos, recuperó lentamente sus fuerzas y con el tiempo volvió a ser el osado atleta de otros tiempos. Acompañó a Oñate en su larga marcha por el desierto, y pocos meses después estuvo presente en el asalto de Acoma y realizó la pasmosa proeza que se cita como una de las heroicidades más notables en la historia del Nuevo Mundo.
VI
LOS MISIONEROS EXPLORADORES
Pretender narrar la historia de la exploración española de las Américas sin dedicar especial atención a los misioneros exploradores, sería hacerles poca justicia y dejar incompleta la historia. En esto, aun más que en otras fases, la conquista fué ejemplar. El español no tan sólo descubrió y conquistó, sino que, además, convirtió. Su celo religioso no le iba en zaga a su valor. Como ha sucedido con todas las naciones que han entrado en nuevas tierras, y como sucedió con nosotros mismos en la que ocupamos, su primer paso tuvo que ser la sujeción de los naturales que se le oponían. Pero no bien hubo castigado a esos feroces indios, empezó a tratarlos con grande y noble clemencia, que aun hoy no se prodiga y que en aquella cruel época del mundo era casi desconocida. Nunca dejó sin hogar a los atezados indígenas de América ni los fué arrollando, ni acorralando delante de él, sino que, por el contrario, les protegió y aseguró por medio de leyes especiales la tranquila posesión de sus tierras para siempre. Debido a las generosas y firmes leyes dictadas por España hace tres siglos, nuestros indios más interesantes e interesados, los «Pueblos» gozan hoy completa seguridad en sus posesiones, mientras que casi todos los demás (que nunca estuvieron enteramente bajo el dominio de España), han sido de vez en cuando arrojados de las tierras que nuestro gobierno solemnemente les había concedido.
Esa era la ventaja de un régimen de Indias que no obedecía a la política, sino a los invariables principios de humanidad. Primero se exigía al indio que fuese obediente a su nuevo gobierno. No se le podía enseñar la obediencia a todas las cosas de una vez; pero debía al menos abstenerse de matar a sus nuevos vecinos. Tan pronto como aprendía esta lección, se le protegía en sus derechos sobre su hogar, su familia y sus bienes. Entonces, y tan rápidamente como podían hacer esa vasta labor el ejército de misioneros que dedicaban su vida a esa peligrosa tarea, se le educaba en los deberes de ciudadanía y de la religión cristiana. Es casi imposible para nosotros, en estos pacíficos tiempos, comprender lo que significaba convertir entonces medio mundo de indios. En nuestra parte de Norteamérica nunca ha habido tribus tan terribles como encontraron los españoles en Méjico y en otras tierras más al sur. Nunca pueblo alguno llevó a cabo en ninguna parte tan estupenda labor como la que realizaron en América los misioneros españoles. Para empezar a comprender las dificultades de aquella conversión, debemos primero leer una horripilante página de la historia.
Muchos indios y pueblos salvajes profesan religiones tan distintas de la nuestra como son sus organizaciones sociales. Pocas tribus hay que sueñen con un Sér Supremo. La mayoría de ellos adora muchos dioses; dioses cuyos atributos son muy parecidos a los del mismo adorador; dioses tan ignorantes y crueles y traidores como él. Es una cosa horrenda estudiar esas religiones, y ver qué cualidades tan tenebrosas y repulsivas puede deificar la ignorancia. Los despiadados dioses de la India que se supone que se deleitan aplastando a miles de sus fieles bajo las ruedas del carro Juggernaut, y con el sacrificio de niños al Ganges y de jóvenes viudas a la hoguera, son buena muestra de lo que puede creer una mente descarriada. Pues bien; los horrores de la India tenían su paralelo en América. Las religiones de nuestros indios del norte tenían muchos ritos sorprendentes y terribles; pero eran inocentes y civilizados si se comparan con los monstruosos que se observaban en Méjico y la América del Sur. Para comprender algo de lo que tuvieron que combatir los misioneros españoles en América, aparte del peligro común a todos, echemos una ojeada al estado de cosas en Méjico cuando ellos llegaron.
Los Naturales, o Aztecas, y otras tribus indias parecidas del antiguo Méjico, observaban el credo pagano general a todos los indios de América, con algunos horrores que ellos le añadían. Estaban en un constante y ciego terror de sus innumerables dioses salvajes, pues para ellos todo lo que no podían ver y entender, y casi todo lo que veían y entendían, era una deidad. Lo que no podían concebir era un dios que les inspirase amor: debía ser siempre algo que les inspirase miedo; pero un miedo mortal. Todo su objeto en la vida era esquivar los crueles golpes de una mano invisible; era aplacar algún dios terrible que no podía amar, pero a quien se podía sobornar para que no causase daño. No podían imaginar una verdadera creación, ni que pudiese haber algo sin tener padre ni madre: las estrellas y las piedras y los vientos y los dioses tenían que nacer lo mismo que los hombres. Su «cielo», si ellos hubiesen podido entender lo que significa esta palabra, estaba atestado de dioses, cada uno tan individual y personal como nosotros; con más poder que nosotros, pero con las mismas debilidades y pasiones y pecados. En realidad, habían inventado y arreglado los dioses según su propia forma salvaje, dándoles los poderes que deseaban para sí mismos; pero eran incapaces de atribuirles virtudes que no podían comprender. Así también, para juzgar lo que podría agradar a sus dioses, se guiaban por lo que a ellos les placía. Tomar cruenta venganza de sus enemigos; robar y matar, o recibir tributo para dejar de robar y de matar; vestirse ricamente y comer bien; estas y otras cosas parecidas, que ellos consideraban como las más altas ambiciones personales, creían que de igual modo agradarían a «los de arriba». Y así consagraban la mayor parte de su tiempo y de su afán en sobornar a esos extraños dioses, que les causaban más terror que los indígenas vecinos.
Su idea de un dios la expresaban gráficamente en los grandes ídolos de piedra que antes abundaban en Méjico, y algunos de los cuales se conservan todavía en los museos. Son, por lo general, de tamaño heroico, y están labrados con mucho esmero en piedra sumamente dura, pero sus cuerpos y sus caras son indeciblemente horribles. Un ídolo como el del grotesco Huitzilopochtli era una cosa tan espantosa como no pudo jamás inventarla el ingenio humano; y la misma repulsiva fealdad se ve en todos los ídolos mejicanos.