Se atendía a estos ídolos con un cuidado sumamente servil, y se les vestía con los ornamentos más costosos que podía procurarse la riqueza de los indios. Sobre esas grandes pesadillas de piedra se colgaban con profusión largos collares de turquesas, que era la joya más preciada de los aborígenes americanos, y preciosos mantos de brillantes plumas de pájaros tropicales y conchas de iridiscentes colores. Millares de hombres dedicaban su vida a cuidar de esas mudas deidades, y se humillaban y atormentaban de un modo indecible para agradarles.
Pero ni los regalos ni los cuidados eran bastantes. De un dios como esos había que temer también que traicionase a los amigos. Había que llevar más lejos el soborno. Todo lo que al indio le parecía valioso lo ofrecía a su dios para tenerle propicio, y como la vida humana era la cosa de más valor a los ojos del indio, esa era su ofrenda más importante, y llegó a ser la más frecuente. Un indio no consideraba un crimen el sacrificar una vida para agradar a uno de sus dioses. No tenía idea de recompensa o castigo después de la muerte, y llegó a considerar el sacrificio humano como una institución legítima, moral y hasta divina. Con el tiempo llegaron a consumarse casi a diario esos sacrificios en cada uno de los numerosos templos. Era la forma más estimada del culto: era tan grande su importancia, que los oficiales o sacerdotes tenían que pasar por un aprendizaje más oneroso que cualquier ministro de la religión cristiana. Sólo podían llegar a ocupar ese puesto prometiendo y manteniendo una incesante y terrible práctica de privaciones y mutilaciones de su cuerpo.
Se ofrecían vidas humanas no tan sólo a uno o dos de los ídolos principales de cada comunidad, sino que cada población tenía, además, fetiches menores, a los que se hacía esta clase de sacrificios en determinadas ocasiones. Tan arraigada estaba la costumbre del sacrificio, y se consideraba tan corriente, que cuando Cortés llegó a Cempohual, los indígenas no concibieron otro modo de recibirle con bastantes honores, y muy cordialmente propusieron ofrendarle sacrificios humanos. Excusado es decir que Cortés rehusó con energía esa muestra de hospitalidad.
Esos ritos se verificaban casi siempre en los teocalis, o montículos para sacrificios, de los cuales había uno o más en cada población india. Eran grandes montones artificiales de tierra en forma de pirámides truncadas y recubiertos de piedra. Tenían de cincuenta a doscientos pies de altura, y algunas veces varios centenares de pies cuadrados en su base. En la parte superior de la pirámide había una pequeña torre, que era la obscura capilla donde se encerraba el ídolo. La grotesca faz de la pétrea deidad miraba una piedra cilíndrica que tenía una cavidad en forma de tazón en la parte superior, y era el altar o piedra del sacrificio. Esa piedra era usualmente labrada, algunas veces con muchos detalles y esmerada mano de obra. El famoso «calendario azteca de piedra» que se halla en el museo nacional de Méjico y que en un tiempo dió pie a tan extrañas conjeturas, es meramente uno de esos altares para sacrificios, de época anterior a Cristóbal Colón. Es un ejemplar notabilísimo de piedra labrada por los indios.
El ídolo, las paredes interiores del templo, el piso y el altar estaban siempre humedecidos con el flúido más precioso de la tierra. En el tazón ardían en rescoldo corazones humanos. Magos vestidos de negro, con sus rostros también ennegrecidos y con círculos blancos pintados alrededor de los ojos y de la boca, con los cabellos empapados en sangre, con las caras cortadas por incesantes mortificaciones, iban continuamente de un lado para otro, vigilando de día y de noche, siempre listos para las víctimas que aquella horrenda superstición llevaba al altar. Solían elegirse las víctimas de entre los prisioneros de guerra y los esclavos que, como tributo, cedían las tribus conquistadas; y el contingente era enorme. A veces en un día señalado se sacrificaban quinientas víctimas en un solo altar. Se les extendía desnudos sobre la piedra de sacrificios y se les descuartizaba de una manera demasiado horrible para describirla aquí. Sus corazones palpitantes se ofrendaban al ídolo, y después se arrojaban al gran tazón de piedra, mientras que los cuerpos eran lanzados a puntapiés, escaleras abajo, hasta que iban a parar al pie de la pirámide, donde eran arrebatados por una ávida muchedumbre. Los mejicanos no eran ordinariamente tan caníbales, ni gustaban de serlo, pero devoraban aquellos cuerpos como parte de su repulsiva religión.
Repugna entrar en más detalles acerca de esos ritos: bastante queda dicho para dar una idea de la barrera moral que encontraron los misioneros españoles cuando fueron a enseñar a tan sanguinarios indígenas un evangelio que predica el amor y la universal fraternidad de los hombres. Semejante credo era tan incomprensible para los indios, como lo sería para nosotros el decirnos que lo negro es blanco: la lucha para hacérselo comprender fué una de las más enormes y, al parecer, imposibles que ha emprendido maestro alguno. Antes de que los misioneros pudiesen lograr que los indios escuchasen siquiera el catecismo, y mucho menos entenderlo, tenían que dedicarse a la peligrosa tarea de probar lo falso que era su paganismo. El indio creía absolutamente en el poder de su sangriento dios de piedra. Estaba seguro de que si abandonaba su ídolo, le castigaría y destruiría, y por consiguiente no quería creer nada contrario a su religión. El misionero no solamente tenía que decirle: «Tu ídolo es impotente; no puede hacer daño a nadie; no es más que una piedra, y si lo pateas no puede castigarte», sino que además había de probarlo. Ningún indio era tan temerario que quisiese hacer el experimento, y el nuevo maestro tenía que demostrarlo él mismo. Por supuesto que ni siquiera podía hacer esto al principio, porque si hubiese empezado su labor catequista maltratando a uno de aquellos grotescos dioses de pórfido, los «sacerdotes» de éste lo hubieran asesinado en el acto. Pero, cuando los indios vieron al fin que ningún poder sobrenatural aplastaba al misionero por hablar mal de sus dioses, ya se había dado el primer paso. Gradualmente pudo después tocar el ídolo, y vieron que también quedaba ileso. Por último derrumbó y rompió las crueles imágenes, y los atónitos y aterrorizados devotos empezaron a dudar y a despreciar las cobardes deidades a quienes habían servido de esclavos, y a las que un extraño podía insultar y maltratar impunemente. Sólo empleando esta ruda lógica, que era la que los envilecidos indios podían entender, los misioneros españoles lograron probarles que el sacrificio humano era un error de los hombres y no la voluntad de «los de arriba». Fué un maravilloso adelanto el extirpar ésta, que era la peor práctica de la religión de los indios, la cual había arraigado a través de varios siglos de constante observancia. Pero los apóstoles españoles estaban a la altura de su misión, y la infinita fe y el celo y paciencia con que finalmente abolieron el sacrificio humano en Méjico, llevó gradualmente, paso a paso, a la conversión de los indígenas de un continente y medio al Cristianismo.
VII
LOS FUNDADORES DE IGLESIAS
EN NUEVO MÉJICO