El salto de Alvarado se cuenta entre las proezas más famosas de la historia, y el que lo dió fué una de las figuras más notables entre los exploradores del Nuevo Mundo. En la primera gran conquista se condujo gallardamente, y con el relato de las hazañas que realizó entonces y después, podría componerse una novela fascinadora. Alto, guapo, de rubios cabellos y encendida tez, joven, vehemente y generoso, valiente soldado y agradable compañero, era Alvarado el amigo predilecto así de los españoles como de los indios. Aun cuando por algún motivo no era bien quisto de Hernán Cortés, constituía su brazo derecho, y durante la conquista de Méjico estuvo generalmente en los puestos de mayor peligro. Habíase educado en un colegio: escribía con letra grande y clara, lo cual no era muy común en aquella época, y su firma era muy legible. No era un gran caudillo como Cortés, pues su valor daba a veces al traste con su prudencia; pero, como oficial, en el campo de batalla mostrábase tan intrépido y denodado como el que más.

Era el capitán don Pedro de Alvarado natural de Sevilla, y fué al Nuevo Mundo en el vigor de la edad, no tardando en señalarse en Cuba por su bizarría. En 1518 acompañó a Grijalba en el viaje en que descubrió Méjico, y a su regreso a Cuba fué portador de los pocos tesoros que ambos habían recogido. Al año siguiente, cuando Cortés embarcó para ir a conquistar aquella nueva y maravillosa tierra, Alvarado le acompañó como teniente. Tomó una parte importantísima en todos los brillantes hechos de aquella romántica aventura. En el momento crítico en que fué necesario apoderarse del traidor Moctezuma, fueron eficaces la actividad y cooperación de Alvarado. Mientras el cacique estuvo en rehenes, Alvarado tuvo ocasión de tratarle, y su franqueza le captó las simpatías del guerrero indio. Quedó al mando de la pequeña guarnición de Méjico cuando Cortés marchó en su audaz pero feliz expedición contra Narváez, y desempeñó muy bien aquel delicado cargo. Antes del regreso de Cortés, notáronse los síntomas de un levantamiento de los indios con la famosa danza de guerra. Alvarado se hallaba solo, y tuvo que hacer frente a la crisis bajo su propia responsabilidad. Pero estuvo a la altura de las circunstancias. Comprendía muy bien el sangriento designio de la ominosa danza, como lo conocen cuantos han peleado con los indios, y cuál era el mejor modo de atajarlo. En su infortunada tentativa de apoderarse de los exorcistas que excitaban al populacho a asesinar a los extranjeros, Alvarado quedó mal herido. No obstante, tomó parte en la desesperada resistencia a los asaltos de los indios, en que fueron heridos casi todos los españoles. En aquella terrible lucha para defender su fortaleza de adobe, así como en las audaces salidas para rechazar las sitiadoras hordas salvajes, se destacaba siempre la figura del rubio teniente. Cuando Cortés, que había ya regresado con sus refuerzos, vió que la situación en la capital era insostenible y que su única salvación era intentar la retirada de la ciudad lacustre a tierra firme, el puesto de honor le tocó a Alvarado. Había mil doscientos españoles y dos mil aliados tlaxcaltecas, y esta fuerza se dividió en tres mandos. Dirigía la vanguardia Juan Velázquez; la segunda división iba a las órdenes de Cortés y la tercera, que debía sostener toda la furia de la persecución, la mandaba Alvarado.

Reinaba la mayor inquietud cuando salieron, gateando, los españoles de su refugio para escapar por el malecón.

Era una noche lluviosa e intensamente obscura, y con los cascos de los caballos y las ruedas de su pequeño cañón cubiertos de trapos para no hacer ruido, los españoles avanzaban lo más cautelosamente posible por la angosta lengua de tierra que unía la ciudad del lago con el continente.

Este terraplenado viaducto estaba cortado por tres anchos canales, y para cruzarlos llevaban los soldados un puente portátil. Mas a pesar de su cautela, no tardaron los indios en darse cuenta de su salida. Apenas habían abandonado el cuartel y emprendido la marcha por el viaducto, cuando los toques del monstruoso tambor de guerra, el «tlacan huehuetl», desde la cumbre de la pirámide de los sacrificios, rompieron el silencio de la noche sonando a sus oídos como el toque de agonía de sus esperanzas. Todavía infunde terror ese feroz rugido del gigantesco timbal colocado sobre un trípode, que se usa aún y puede oirse a quince millas de distancia; pero para los españoles anunciaba su perdición. Vieron encenderse varias hogueras en el Teocali, y correr en su persecución numerosos enjambres de indígenas.

Corriendo tan aprisa como se lo permitían sus heridas y su impedimenta, llegaron los españoles salvos al primer canal. Echaron sobre él su puente y empezaron a desfilar por éste. Entonces los indios se agruparon en sus canoas a cada lado del viaducto, y los atacaron con su característica ferocidad. Los soldados, rodeados por las turbas, luchaban mientras seguían avanzando. Pero, al cruzar la artillería el puente, éste se vino abajo, precipitando al agua cañón, hombres y caballos, que no se levantaron más. Entonces empezaron los inenarrables horrores de la «Noche Triste». No había retirada posible para los españoles, quienes se veían atacados por todos lados. Los que venían detrás, empujaban a los de delante, que no podían detenerse ni siquiera ante el canal de agua negruzca. En el borde estaban apiñados hombres y caballos en la más densa obscuridad, y todavía venían empujando los de detrás, hasta que, por último, el canal quedó atestado de cadáveres, y los supervivientes tenían que pasar por encima de aquel hacinamiento de sus muertos. Velázquez, que mandaba la vanguardia, fué herido, y españoles y tlaxcaltecas caían como mieses segadas por la hoz. El segundo canal, lo mismo que ambos lados del viaducto, estaba bloqueado por canoas, llenas de guerreros salvajes, y allí se produjo otra sangrienta pelea, que duró hasta que aquel boquete quedó también atascado con los heridos, teniendo los fugitivos que pasar por un puente de cadáveres para llegar al otro borde del viaducto. Alvarado, luchando a retaguardia para contener a los indios que les atacaban por el terraplén, fué el último en cruzar, y antes de que pudiera seguir a sus camaradas, la corriente, barriendo súbitamente la macabra obstrucción, dejó otra vez despejado el canal. Debajo de Alvarado cayó muerto su fiel caballo; él también estaba mal herido; sus compañeros se habían alejado y el despiadado enemigo lo rodeaba por todas partes. No podemos menos de recordar al héroe romano...

«aquel héroe tan valiente
que defendió audaz el puente,
y a quien dedica la historia
una página de gloria».

La situación de Alvarado era tan desesperada como la de Horacio Cocles, y con el mismo varonil denuedo supo colocarse a su altura. Con una rápida ojeada comprendió que lanzarse al agua sería una muerte segura. Entonces, mediante un supremo esfuerzo de su vigorosa musculatura, apoyóse en la lanza y saltó. La distancia era de diez y ocho pies[12]. Hay memoria de otros saltos bastante más largos. Nuestro propio Washington, cuando en su juventud se dedicaba a juegos atléticos, saltó una vez más de veinte pies tomando carrera. Pero considerando las circunstancias, la obscuridad, sus heridas y el peso de su armadura, el prodigioso salto de Alvarado no ha sido quizá sobrepujado por otro alguno.

Pero Alvarado saltó, y el héroe de esa proeza subió tambaleándose por la margen opuesta, hasta ir a reunirse con sus compatriotas.

A partir de aquel momento, los que quedaban siguieron luchando por el viaducto hasta llegar a tierra firme. Los indios abandonaron por fin la persecución, y los españoles, exhaustos, pudieron respirar y contar los que se habían salvado. Muy pocos habían quedado con vida. Nada tiene de extraño, según dice la leyenda, que su valiente general, acostumbrado como estaba a reprimir estoicamente sus sentimientos, se sentase bajo el ciprés que se enseña todavía con el nombre de «El árbol de la Noche Triste», y derramase lágrimas viriles al contemplar los lastimosos restos de su valeroso ejército. De los mil doscientos españoles que antes tenía, ochocientos sesenta perecieron, y de los supervivientes no había uno solo que no estuviese herido. También habían muerto dos mil indios tlaxcaltecas aliados suyos. A no ser porque los indígenas trataban menos de matar que de aprisionar a los españoles para darles una muerte más horrible con la cuchilla de sacrificar, ni uno solo se hubiera salvado. Aun así, los supervivientes vieron más tarde a unos sesenta de sus camaradas descuartizados sobre el altar del gran Teocali.