La historia científica moderna ha demostrado plenamente cuán disparatada y errónea es la idea de que los españoles tan sólo buscaban oro, y nos enseña de qué manera tan varonil satisfacían las necesidades del cuerpo y del espíritu. Pero el oro era para ellos, como sería hoy mismo para otros hombres, el principal motivo. La gran diferencia está únicamente en que el oro no les hacía olvidar su religión. Fué un dedo de oro el que guió a Colón hacia América; a Cortés, hacia Méjico; a Pizarro, hacia el Perú; de igual modo que nos guió a nosotros a California, sin lo cual no hubiera sido hoy uno de nuestros Estados. El oro que se encontró al principio en el Nuevo Mundo era desgraciadamente poco: antes de la conquista de Méjico sólo ascendió a 500,000 pesos; Cortés aumentó la cantidad, y Pizarro la hizo subir a una cifra fabulosa y deslumbradora. Pero lo más curioso es que el oro que se encontró, no representó, en la exploración y civilización del Nuevo Mundo, un papel tan importante como el que se buscaba en vano. El maravilloso mito que representa el vellocino de oro americano, influyó de un modo más eficaz, en la geografía y la historia, que las verdaderas e incalculables riquezas del Perú.
De este mito fascinador tiene la gente escaso conocimiento, aun cuando una corruptela de su nombre anda en boca de todo el mundo. Hablando de una región muy rica solemos decir que es otro «Eldorado» o bien «un Eldorado», error indigno de personas cultas. El verdadero nombre es «Dorado», y «El Dorado» es una contracción en español de «el hombre dorado», mito que ha dado origen a una serie de proezas, al lado de las cuales son insignificantes las de Jasón y sus compañeros semidioses.
Como todos esos mitos, éste tuvo en realidad su fundamento. El «vellocino de Colcos» era una imagen poética de las minas de oro del Cáucaso; pero realmente existió un «hombre dorado». Su historia y los sucesos a que dió pie es un cuento de hadas que tiene la ventaja de ser verdad. Es un tema sumamente complicado; pero, gracias a que Bandelier ha descorrido por fin el velo que lo cubría, se puede ahora relatar esa historia de un modo inteligible, como no se ha vulgarizado antes de ahora.
Hace algunos años se halló en una laguna de Siecha, en Nueva Granada, un curioso y pequeño grupo de estatuas: era un trabajo tosco y antiguo de los indios, y aun más precioso por su interés etnológico que por el metal de que estaba hecho, que era oro puro. Este raro ejemplar, que puede verse ahora en un museo de Berlín, es una balsa de oro, sobre la cual están agrupadas diez figuritas de hombres del mismo metal. Representa una extraña costumbre que en tiempos prehistóricos era peculiar de los indios de la aldea de Guatavitá, en las montañas de Nueva Granada. Esa costumbre era como sigue: En cierto día uno de los jefes de la aldea untaba su cuerpo desnudo con una goma, y después se espolvoreaba de la cabeza a los pies con oro fino molido. Esa era «el hombre dorado». Entonces lo llevaban sus compañeros en una balsa hasta el centro del lago que estaba cerca de la aldea, y saltando de la balsa «el hombre dorado», se lavaba su preciosa y extraña envoltura y la dejaba hundirse hasta el fondo del lago. Esa práctica era un sacrificio en provecho de la aldea. La tal costumbre ha quedado históricamente comprobada; pero se había abandonado más de treinta años antes de que se enterasen de ella los europeos, esto es, los españoles de Venezuela en 1527. Esa costumbre no había sido abandonada voluntariamente por la gente de Guatavitá, sino que los belicosos indios Muysca de Bogotá pusieron fin a ella, bajando a dicha aldea y exterminando a casi todos sus habitantes. Pero el sacrificio fué un hecho, y a tan enorme distancia y en aquellos días precarios, los españoles supieron de esa costumbre como si todavía se practicase. La historia del «hombre dorado», que por contracción se decía «eldorado», era demasiado sorprendente para no causar impresión. Llegó a ser una palabra familiar, y desde entonces un señuelo para cuantos se acercaban a la costa del norte de la América del Sur. Nos extrañará que la tal conseja (que ya se había convertido en un mito en 1527, desde que cesara la costumbre que le dió pie), pudiese subsistir durante 250 años sin que se refutase por completo; pero no nos sorprenderá tanto si tenemos en cuenta que la América del Sur era entonces un dificultoso y vasto desierto y que aun hoy contiene muchos misterios que no han sido explorados.
Las primeras tentativas de llegar hasta «el hombre dorado», se hicieron desde la costa de Venezuela. Carlos I de España y V de Alemania, había empeñado la costa de aquella posesión española a la opulenta familia bávara de los Welsers, concediéndoles el derecho de colonizar y «descubrir el interior». En 1529, Ambrosio Dalfinger y Bartolomé Seyler desembarcaron en Coro (Venezuela) con 400 hombres. La historia del «hombre dorado» era ya cosa corriente entre los españoles, y atraído por ella, Dalfinger se fué tierra adentro para encontrarlo. Era atrozmente cruel, y su expedición fué nada menos que una absoluta piratería. Penetró hasta el río Magdalena, en Nueva Granada, esparciendo la muerte y la devastación por donde quiera que pasaba. Encontró algún oro; pero su brutalidad hacia los indios fué tan grande y contrastaba de tal modo con el trato que estaban acostumbrados a recibir de los españoles, que los indígenas, exasperados, se rebelaron, y la marcha de aquel nombre no fué otra cosa que una continua lucha, que duró más de un año. El mal estaba en que los Welsers no tenían más empeño que encontrar tesoros para reintegrarse del dinero que habían desembolsado, y no sentían el verdadero espíritu colonizador y cristianizador de los españoles. Dalfinger no pudo hallar «el hombre dorado», y murió en 1530 de resultas de una herida que recibió durante la nefanda expedición.
Su sucesor en el mando de los intereses de los Welsers, Nicolás Federmann, no fué mucho mejor como hombre, ni tuvo mejor fortuna como explorador. En 1530 marchó tierra adentro para descubrir el Dorado; pero desde Coro se dirigió en derechura hacia el Sur, así que no pasó por Nueva Granada. Después de una terrible marcha por las selvas tropicales, tuvo que volverse con las manos vacías, en el año 1531.
Desde este punto empieza a derivar, cronológicamente, una de las curiosas ramificaciones y variaciones de este fecundo mito. Fué al principio un hecho, durante treinta años una fábula, y ahora, después de tres años, comenzó a ser un errante fuego fatuo, que saltaba de un punto a otro y poco a poco se iba enredando con otros mitos. La primera variación data de la tentativa para descubrir el origen del Orinoco, ese gran río que se suponía que sólo podía emanar de algún gran lago. En 1530, Antonio Sedeño salió de España con una expedición para explorar el Orinoco. Llegó al Golfo de Paria y construyó un fuerte, con intención de continuar desde allí sus exploraciones. Mientras ponía su proyecto en obra, Diego de Ordaz, antiguo camarada de Cortés, había obtenido en España una concesión para colonizar el distrito que se llamaba entonces Marañón, y era un territorio vagamente definido, que comprendía Venezuela, Guayana y el norte del Brasil. Salió de España en 1531, llegó al Orinoco y se remontó por el río hasta las cataratas. Entonces tuvo que volverse, después de dos años de tratar en vano de vencer todos los obstáculos que se le presentaron. Pero en esta expedición oyó decir que el Orinoco tenía su origen en un gran lago, y que el camino que a ese lago conducía, pasaba por una provincia llamada Meta que, según se decía, era fabulosamente rica en oro. Según el historiador Bandelier, que es autoridad en la materia, no cabe duda que la riqueza que se atribuía a Meta era sólo un eco del cuento del Dorado, que había llegado hasta las tribus del bajo Orinoco.
A Ordaz le siguió en 1534 Jerónimo Dortal, el cual intentó llegar a Meta, pero fracasó por completo. Estas tentativas realizadas desde Venezuela, según demuestra Bandelier, localizaron por fin el sitio del Dorado, limitándolo a la parte noroeste del continente. Se le había buscado en otros puntos sin encontrarlo, y de ahí se dedujo que debía de estar en el único sitio no explorado: la elevada meseta de Nueva Granada.
Después de muchas infortunadas tentativas, que no es del caso relatar aquí, Gonzalo Ximénez de Quesada conquistó por fin la meseta de Nueva Granada, en 1536-38. Este bravo soldado subió por el río Magdalena con una fuerza de seiscientos veinte infantes y ochenta y cinco jinetes. De éstos, sólo llegaron vivos a la meseta ciento ochenta, al principio del año 1537. Se encontró con los indios Muysca, que vivían en aldeas permanentes y poseían oro y esmeraldas. Le resistieron con su característica tenacidad; pero las tribus fueron vencidas una tras otra, y Quesada fué el conquistador de Nueva Granada.
El botín que se repartieron los conquistadores ascendió a 246,976 pesos de oro—que valdrían ahora 1.250,000 duros,—y 1,815 esmeraldas, algunas de gran tamaño y de mucho valor. Hallaron el verdadero sitio del «hombre dorado», y hasta visitaron Guatavitá, cuyos habitantes opusieron una feroz resistencia; pero claro está que no hallaron al «hombre», porque ya había desaparecido la famosa costumbre.