Apenas había Quesada completado su gran conquista, cuando le sorprendió la llegada de otras dos expediciones españolas, que fueron atraídas al mismo sitio por el mito del Dorado.
Dirigía una de ellas Federmann, el cual había penetrado en Bogotá desde la costa de Venezuela en aquella su segunda expedición, que fué una marcha terrible. Al mismo tiempo, y sin saberlo el uno del otro, Sebastián de Belalcázar había salido de Quito en busca del «hombre dorado». El cuento del cacique cubierto de oro había llegado hasta el corazón del Ecuador, y los relatos de los indios indujeron a Belalcázar a ir en busca del sitio en que se hallaba. Los tres jefes hicieron un convenio en virtud del cual Quesada quedó único dueño del país que había conquistado, y Federmann y Belalcázar regresaron a sus puestos respectivos.
Mientras Federmann andaba a la caza del mito, un sucesor suyo había ya llegado a Coro. Era el intrépido alemán conocido por «George de Speyer», pero cuyo verdadero nombre, descubierto por Bandelier, era George Hormuth. Al llegar a Coro, en 1535, no solamente oyó hablar del Dorado, sino también de que había carneros domesticados hacia el sudoeste, esto es, en dirección del Perú. Siguiendo estas vagas indicaciones, salió con aquel rumbo; pero tropezó con tan enormes dificultades para llegar al paso de la montaña que le dijeron los indios que conducía a la tierra del Dorado, que se desvió hacia las vastas y terribles selvas tropicales del alto Orinoco. Allí oyó hablar de Meta, y siguiendo aquel mito, penetró hasta un grado del Ecuador. Durante veintisiete meses él y sus acompañantes españoles anduvieron errabundos por la enmarañada y pantanosa manigua que hay entre el Orinoco y el río Amazonas. Tropezaron con muy numerosas y belicosas tribus, de las cuales la más notable era la de los Uaupes. No hallaron oro; pero en todas partes oyeron contar la fábula de un gran lago relacionado con el oro. De los ciento noventa hombres que salieron en esta expedición, sólo regresaron ciento treinta, y de éstos sólo unos cincuenta tenían fuerzas para llevar armas. Tan indescriptible y penoso viaje duró tres años. El resultado de sus horrores, fué desviar la atención de los exploradores del verdadero sitio del Dorado y encaminarles hacia las selvas del río Amazonas, en la empresa quimérica de buscar un mito que tenía mucho de geográfico. En otras palabras, preparó la exploración de la parte norte del Brasil.
Poco después de «George de Speyer», y sin tener la menor relación con él, Francisco Pizarro, conquistador del Perú, había dado impulso a la exploración del Amazonas desde el lado Pacífico del continente. En 1538, desconfiando de Belalcázar, envió a su hermano Gonzalo Pizarro a Quito, para reemplazar a su sospechoso teniente. Al siguiente año, Gonzalo supo que el árbol de la canela abundaba en los bosques de la vertiente oriental de los Andes, y que todavía más lejos moraban poderosas tribus indias ricas en oro. Quiere decir que, mientras el mito original y verdadero del Dorado había llegado a Quito desde el norte, el mito de Meta, que era un eco de aquél, había llegado también allí desde el este. Puesto que Belalcázar había ido al antiguo y verdadero lugar del Dorado, y no había encontrado a ese individuo, se suponía que su domicilio debía hallarse en algún otro punto, es decir, al este, en vez del norte, de Quito. Gonzalo emprendió su desastrosa expedición a las selvas orientales con doscientos veinte hombres. En los dos años que duró la tremebunda jornada, perecieron todos los caballos, como también sus compañeros indios, y los pocos españoles que llegaron vivos al Perú, en 1541, tenían la salud completamente quebrantada. Se encontró el árbol de la canela; pero no «el hombre dorado». Uno de los tenientes de Gonzalo, Francisco de Orellana, habíase adelantado por la parte superior del Amazonas, con cincuenta hombres, en un bote desvencijado. No pudieron los dos grupos volver a juntarse, y Orellana finalmente se dejó arrastrar por la corriente hasta la desembocadura del Amazonas, en medio de indecibles sufrimientos. Flotando mar adentro en el Atlántico, llegaron por último a la isla de Cubagua, el 11 de septiembre de 1541. Esta expedición fué la primera que trajo al mundo informes fidedignos respecto del tamaño y naturaleza del mayor río de la tierra, y también dió a dicho río el nombre que hoy lleva. Encontraron tribus indias cuyas mujeres luchaban al lado de los hombres, y por esta razón le llamaron «río de las Amazonas».
En 1543, Hernán Pérez Quesada, hermano del conquistador, penetró en las regiones que había visitado «George de Speyer». Fué allí desde Bogotá, por haber oído tergiversado el mito de Meta; pero sólo encontró miseria, hambre, enfermedades e indígenas hostiles en los diez y seis terribles meses que anduvo errante por el desierto.
Entre tanto se habían convencido en España de que la concesión de Venezuela a los prestamistas alemanes era un fracaso. El régimen de los Welsers sólo daño causaba. No obstante, se resolvió hacer el último esfuerzo, y Philip Von Hutten, joven y valiente caballero alemán, salió de Coro, en agosto de 1541, a la caza del mito de oro, el cual por aquel tiempo había llegado ya hasta el sur de las Amazonas. Durante diez y ocho meses anduvo vagando en un círculo, y entonces, oyendo decir que había una tribu poderosa y rica en oro, llamada de los Omaguas, se lanzó hacia el sur, cruzando el Ecuador con su fuerza de cuarenta hombres. Encontró a los Omaguas; fué derrotado por ellos y herido, y al fin pudo llegar a Venezuela después de pasar por muchos sufrimientos durante más de tres años en las más impenetrables selvas y los dilatados pantanos de los trópicos. A su regreso fué asesinado, y así terminó la dominación alemana en Venezuela.
El hecho de que los Omaguas pudieran derrotar a una compañía española en batalla a campo abierto, dió a aquella tribu una gran reputación. Siendo tan fuertes en número y en valentía, era natural suponer que también fuesen ricos en metales, aun cuando no se había visto de ello muestra alguna.
Arrojado de su cuna, el mito del «hombre dorado», se había convertido en un fantasma errante. Habíase perdido de vista su primitiva forma, y de un «hombre dorado» se había transformado, poco a poco, en una tribu de oro. Se confundieron y combinaron el Dorado y Meta, siguiendo el curioso pero característico curso de los mitos. Primero, un hecho notable; después el relato de un hecho que ha dejado de existir; luego, el eco lejano de ese cuento enteramente despojado de los hechos fundamentales y, por último, un enredo y maraña general del hecho; la leyenda y el eco formando un nuevo mito, difícil de reconocer.
Este mito vagabundo y variable atrajo poderosamente la atención, en 1550, en la provincia del Perú. En aquel año varios centenares de indios de la región central del Amazonas, esto es, del corazón del norte del Brasil, se refugiaron en las colonias españolas de la parte oriental del Perú. Habían sido arrojados de sus habitaciones por la hostilidad de las tribus vecinas, y no llegaron al Perú sino después de muchos años de penosas y azarosas marchas.
Dieron noticias exageradas de la riqueza e importancia de los Omaguas, y esos cuentos fueron creídos con avidez. Sin embargo, no estaba entonces el Perú en condiciones de emprender una nueva conquista, y sólo diez años después de la llegada de aquellos indios refugiados, se dieron algunos pasos acerca de este asunto. El primer virrey del Perú, el bueno y gran Antonio de Mendoza, que del virreinato de Méjico había sido ascendido a esta más alta dignidad, vió en aquellas noticias la oportunidad de tomar una sabia medida. Había librado a Méjico de unos cuantos centenares de hombres levantiscos que eran una amenaza para el buen gobierno, enviándolos a la caza del áureo fantasma de Quivira, aquella notable expedición de Coronado que fué tan importante para la historia de los Estados Unidos. Entonces halló en su nueva provincia un peligro análogo pero mucho peor, y para librar al Perú de gente maleante y peligrosa, Mendoza organizó la famosa expedición de Pedro de Ursua. Fué el cuerpo más numeroso que se reunió en la América del Sur para una empresa de esta clase en el siglo XVI; pero se componía de los peores y más feroces elementos que jamás hubo en las colonias españolas. Las fuerzas de Ursua se concentraron en las márgenes del alto Amazonas, y el día 1.º de julio, el primer bergantín zarpó y tomó río abajo. El cuerpo principal de la expedición siguió en otros bergantines el 26 de septiembre.