Era aquella región una inmensa selva tropical, enteramente desierta. Pronto se hizo evidente que sus esperanzas de oro nunca llegarían a realizarse, y empezó el descontento a manifestarse de un modo sangriento. En aquella turba de malhechores que virtualmente había desterrado el sabio virrey para purificar el Perú, no era de esperar que reinase la armonía. No hallándose ya diseminados entre buenos ciudadanos que pudiesen reprimir sus desmanes, sino unidos en descarada pillería, no tardaron, con su conducta, en reproducir la fábula de los gatos de Kilkenny[13]. Su viaje fué una orgía imposible de describir.
Entre aquellos pillastres había uno de condición peculiar; un sujeto deforme, pero muy ambicioso, el cual tenía motivos para no desear volver al Perú. Llamábase Lope de Aguirre. Viendo que el objeto de la expedición no podía menos de fracasar, empezó a formar un plan diabólico. Si no podían hallar oro de la manera que esperaban, ¿por qué no buscarlo de otro modo? En una palabra, concibió el plan audaz de hacer traición a España y a todos y fundar un nuevo imperio. Para llevarlo a cabo comprendió que era necesario deshacerse de los jefes de la expedición, los cuales podrían tener escrúpulos de ser traidores a su patria. Así, mientras los bergantines flotaban río abajo, fueron teatro de una serie de atroces tragedias. Primero fué asesinado el comandante Ursua, y en su lugar pusieron a un joven noble, muy disoluto, llamado Fernando de Guzmán. En el acto fué elevado a la dignidad de príncipe, y ese fué el primer paso de su manifiesta traición.
Luego fué asesinado Guzmán, como también la infame Inés de Atienza, mujer que tomó parte vergonzosa en aquella trama, y el jorobado Aguirre se hizo jefe y «tirano». Patentizóse su traición, y desde aquel momento mandó la expedición, no como oficial español, sino como rebelde y pirata. Mientras hacía rumbo al Atlántico, trazó planes de espantosa magnitud y audacia. Proyectó navegar hasta el Golfo de Méjico, desembarcar en el istmo, apoderarse de Panamá y de allí navegar hasta el Perú, en donde daría muerte a todos los que se le opusiesen y establecería un imperio bajo su dominio.
Pero un curioso accidente desbarató todos sus planes. En vez de llegar a la desembocadura del Amazonas, la flotilla derivó hacia la izquierda, internándose en sus laberínticas revueltas, y fueron a parar al río Negro. Las lentas corrientes les impidieron descubrir su error, y siguiendo adelante hasta el Casiquiare, y desde allí penetraron en el Orinoco. El día 1.º de julio de 1561 (un año justo estuvieron navegando por el laberinto y todos los días se señalaron con asesinatos a diestro y siniestro), los malvados llegaron al Océano Atlántico, pero por la desembocadura del Orinoco, y no, como ellos esperaban, por la del Amazonas. Diez y siete días después avistaron la isla de Margarita, donde había un puesto español. A traición se apoderaron de la isla y proclamaron su independencia de España.
Con este acto se proveyó Aguirre de dinero y de algunas municiones; pero le faltaban buques para hacer un viaje por mar. Trató de apoderarse de un gran bajel que conducía a Venezuela al provincial Montesinos, misionero dominico; pero su traición se vió frustrada, y se dió la alarma al continente. Furioso por su fracaso aquel monstruo descuartizó a los oficiales reales de Margarita. Se desconcertó así su plan de llegar a Panamá; pero al fin logró apresar un buque más pequeño, con el cual pudo desembarcar en la costa de Venezuela, en el mes de agosto de 1561. Su correría por el continente dejó una estela de crímenes y de rapiña. La gente, atacada por sorpresa y no pudiendo oponer una resistencia inmediata a aquel malvado, huía cuando él se acercaba. Las autoridades enviaron a pedir ayuda hasta Nueva Granada, y toda la parte norte de la América del Sur estaba aterrorizada.
Aguirre continuó sin oposición hasta llegar a Barquisimeto. Halló aquel pueblo desierto; pero pronto llegó el edecán Diego de Paredes, con una fuerza leal que había reunido precipitadamente. Al mismo tiempo, Quesada, conquistador de Nueva Granada, se apresuraba a marchar contra el traidor con cuantas fuerzas podía allegar. Aguirre se halló sitiado en Barquisimeto, y sus parciales empezaron a desertar. Finalmente, viéndose casi solo, Aguirre mató a su hija (que había participado en todas aquellas terribles correrías) y se rindió. El comandante español no quería ejecutar al architraidor; pero los mismos secuaces de Aguirre insistieron en que se le diese muerte, y lo lograron.
Hiciéronse posteriormente otras muchas tentativas para descubrir «el hombre dorado», pero fueron de poca importancia, excepto la que realizó Sir Walter Raleigh en 1595. Solamente llegó hasta el Salto Coroni, es decir, que no pudo llevar a cabo una empresa tan grande siquiera como la de Ordaz; pero volvió a Inglaterra con estupendos relatos de un gran lago interior y de ricas naciones. Había confundido la leyenda del Dorado con noticias de los Incas del Perú, lo cual prueba que los españoles no eran los únicos que comulgaban con ruedas de molino. A la verdad, tanto los exploradores ingleses como los de otras naciones, fueron igualmente crédulos y sintieron la propia ansia de llegar hasta el oro fabuloso. El mito del gran lago, el lago de Parime, fué absorbiendo gradualmente el mito del «hombre dorado». La tradición histórica se fundió y perdió en la fábula geográfica. Unicamente en las selvas orientales del Perú reapareció el Dorado al principio del siglo XVIII; pero como una ficción tergiversada y sin fundamento. Mas el lago Parime permaneció en los mapas y en las descripciones geográficas. Es una curiosa coincidencia que donde se creía existían las tribus de oro de Meta, se hayan descubierto recientemente las minas de oro de Guayana, que han sido motivo de disputa entre Inglaterra y Venezuela. Es cierto que Meta era tan sólo un mito; pero hasta ese mito fué de utilidad.
La fábula del lago de Parime, el cual por mucho tiempo se creyó que era un gran lago que tenía detrás grandes cordilleras de montañas de plata, la desbarató por completo Humboldt a principios del siglo XIX. Demostró que no había tal gran lago, ni tales montañas de plata. Las anchas sabanas del Orinoco, cuando se inundaban en la estación de las lluvias, se creyó que eran un lago, y el fondo de plata era sencillamente el reflejo de los rayos solares en los picos de roca micácea.
Con las investigaciones de Humboldt desapareció la más curiosa y fantástica leyenda de la Historia. Ningún otro mito o tradición de la América del Norte o de la del Sur llegó a ejercer tan poderosa influencia en el curso de los descubrimientos geográficos; ningún otro puso a prueba el esfuerzo humano de un modo tan pasmoso, y ninguno ilustró con tanta brillantez la incomparable tenacidad y la abnegación inherentes al carácter español. Para la mayoría de nosotros es una nueva pero una verdadera y comprobada lección, que esa nación meridional, más impulsiva e impetuosa que las del norte, era también más paciente y más sufrida.