El gobernador Dávila, hombre nada emprendedor y poco dado a la administración, estaba a la sazón de muy mal humor para que le pidiesen ayuda. Uno de sus subordinados en Nicaragua merecía ser castigado según él creía, y su fuerza no era suficiente para el caso. Se arrepentía amargamente de haber permitido a Pizarro irse con cien hombres, que ahora le serían muy útiles, y rehusó ayudar a la expedición y hasta permitir que continuase. Luque, cuyo cargo y carácter le daban influencia en la pequeña colonia, finalmente persuadió al pusilánime gobernador a que no estorbase la expedición. Hasta en eso mostró Dávila su codicia. Como precio de su consentimiento oficial, sin el cual no podía hacerse el viaje, exigió el pago de mil pesos de oro, renunciando todo su derecho a los beneficios de la expedición, que estaba seguro que serían casi nulos. Un peso de oro valía entonces mucho más de lo que vale ahora. En aquellos días era dicho metal mucho más escaso que en la actualidad, y, por consiguiente, era mayor su valía. Con un peso oro podía entonces comprarse una cantidad de cosas cinco veces mayor que ahora, de modo que lo que se llamaba un duro, y pesaba un duro, tenía realmente el valor de cinco duros. Por consiguiente, el dinero que exigía Dávila como soborno, equivalía a cinco mil duros.
Afortunadamente, por aquel tiempo Dávila fué substituído por otro gobernador de Panamá, don Pedro de los Ríos, el cual no puso obstáculos al gran proyecto. Con fecha 10 de marzo de 1526, hicieron un nuevo contrato Pizarro, Almagro y Luque. El buen vicario había hecho un anticipo de cien mil pesos en barras de oro para la expedición, y tenía que percibir una tercera parte de todos los beneficios. Pero en realidad la mayor parte de ese dinero procedía del licenciado Espinosa, y por medio de un contrato privado se estipuló que la participación que correspondía a Luque se entregaría al licenciado. Se compraron y abastecieron con provisiones dos nuevos buques, mayores y mejores que el estropeado bergantín que había construído Núñez de Balboa. El pequeño ejército se engrosó con reclutas hasta reunir 160 hombres, y también se adquirieron unos cuantos caballos, quedando equipada y lista la segunda expedición.
II
EL HOMBRE IMPERTERRITO
Con una fuerza tan insuficiente, aunque mucho más numerosa que antes, Pizarro y Almagro se embarcaron de nuevo para llevar a cabo su peligrosa empresa. El piloto era Bartolomé Ruiz, valiente y leal andaluz y buen marino. El tiempo se presentaba mejor, y los aventureros iban muy esperanzados. Después de navegar unos cuantos días, llegaron al río San Juan, que era el punto más lejano de aquella costa a que había llegado europeo alguno: se recordará que fué el punto donde Almagro se descorazonó y volvió hacia atrás. Allí hallaron más soldados indios y un poco de oro; pero también allí la inmensidad y aspereza del desierto se hizo más evidente. Nos es muy difícil concebir, en esta época de comodidades, cuán perdidos se hallaban aquellos exploradores. No había entonces en todo el mundo un hombre de raza blanca que supiese lo que había más allá del sitio adonde habían llegado los aventureros españoles; y para sentir aliento y valor es necesario saber con certeza que existe algún objetivo en el punto a que nos encaminamos. Podemos comprender lo que por ellos pasaría, si nos imaginamos un grupo de muchachos, valerosos pero indoctos, conducidos con los ojos vendados a una distancia de mil millas, y abandonados en un desierto selvático y enteramente desconocido.
Allí hizo alto Pizarro con parte de sus hombres, y envió a Almagro a Panamá con uno de los buques en busca de reclutas, y al piloto Ruiz con el otro buque a explorar la costa más al sur. Ruiz costeó hasta llegar a la Punta de Pasado, y fué el primer hombre blanco que cruzó la línea ecuatorial en el Pacífico, lo cual no es menguado honor. Encontró un país de más promisión, y vió pasar una balsa grande con velas de tela de algodón, en la cual iban varios indios. Tenían espejos (probablemente de vidrio volcánico, como era común entre los aborígenes del Sur) con marcos de plata, y adornos de plata y de oro, además de géneros notables en que había entretejidas figuras de animales, pájaros y peces. El recorrido duró varias semanas, y Ruiz llegó a San Juan muy oportunamente. Pizarro y su gente sufrieron horribles penalidades. Habían hecho un gallardo esfuerzo para penetrar tierra adentro; pero no les fué posible salir de la horrenda selva tropical «cuyos árboles llegaban hasta el cielo». La espesa manigua no era tan solitaria como la de las otras selvas en que habían estado. Había multitud de charloteros loros y brillantes monos, alrededor de los árboles se enroscaban perezosas boas, y dormitaban los caimanes junto a empantanadas lagunas. Muchos de los españoles perecieron, víctimas de aquellos horripilantes y raros reptiles: algunos murieron hechos pulpa, estrujados por las potentes roscas de las serpientes, y otros fueron triturados entre las mandíbulas de los escamosos saurios. Muchos más fueron muertos por los indios que estaban en acecho: en una sola arremetida, catorce de aquella menguante partida fueron asesinados por los naturales que rodeaban su embarrancada canoa. Agotáronse también sus provisiones, y los que quedaron con vida se estaban muriendo de hambre cuando llegó Ruiz con escasos auxilios, pero con noticias alentadoras. Pronto llegó también Almagro, con provisiones y un refuerzo de ochenta hombres.
Toda la expedición se hizo de nuevo a la vela con rumbo al Sur. Pero en seguida se desencadenaron persistentes tormentas. Después de indecibles sufrimientos, los exploradores volvieron la proa hacia la isla del Gallo, donde permanecieron dos semanas para reparar sus desmantelados buques y sus cuerpos, igualmente quebrantados. Después se embarcaron otra vez, dirigiéndose a mares ignotos. El paisaje iba presentando gradualmente mejor aspecto. Los palúdicos bosques tropicales ya no se extendían hasta la orilla del mar. Entre los boscajes de ébanos y caobos, había de vez en cuando algunos claros, con campos rústicamente cultivados, y también poblados indios de bastante extensión. En aquella región había placeres auríferos y criaderos de esmeraldas, y los indígenas tenían valiosos ornamentos. Los españoles desembarcaron, pero fueron acometidos por un número muy superior de indios, y sólo pudieron librarse de ellos de una manera muy curiosa. En la desigual batalla los españoles se vieron acorralados, cuando uno de ellos cayó de su caballo, y ese pequeño incidente puso en fuga el enjambre de indígenas. Algunos historiadores han ridiculizado la idea de que semejante minucia pudiese producir aquel efecto; pero esto es debido a la ignorancia de los hechos. Hay que tener presente que aquellos indios nunca habían visto un caballo. Tomaron al jinete español y su cabalgadura por un animal grande, raro y asaz terrible por sí solo: trasunto del antiguo mito griego de los Centauros, este incidente muestra el modo cómo nació aquel mito. Pero, luego la gran bestia desconocida se dividió en dos partes, que podían obrar con entera independencia la una de la otra, y esto era demasiado para aquellos supersticiosos indios, todos los cuales huyeron despavoridos. Los españoles salieron escapados hacia sus buques y dieron gracias al cielo por su extraña liberación.
Pero esta escapada milagrosa les demostró más claramente la insuficiencia de aquel puñado de hombres para luchar contra las hordas de indios. Necesitaban más refuerzos, y otra vez se embarcaron hacia la isla del Gallo, donde esperaría Pizarro mientras Almagro iba a Panamá en solicitud de auxilios. Obsérvese cómo Pizarro siempre tomaba para sí la carga más pesada y más penosa y daba la más fácil a su consocio. Siempre era Almagro el que se enviaba a las comodidades que ofrecía la civilización, mientras que el esforzado jefe soportaba la espera, el peligro y el sufrimiento. El mayor obstáculo que se presentaba entonces consistía en los mismos soldados, aun teniendo en cuenta los mortales peligros y enormes privaciones que debían sufrir. Pero los peligros y las privaciones de por fuera son más llevaderos que la traición y el descontento por dentro. A cada paso Pizarro tenía que sostener moralmente a sus hombres. Sentíanse constantemente descorazonados (y ciertamente tenían motivo para estarlo); y en tal estado de ánimo se hallaban dispuestos a cualquier acto de violencia, y de ningún modo a seguir adelante. Así es que Pizarro tenía constantemente que esforzar su voluntad y su valor no solamente para él mismo, que sufría tan cruelmente como el último, sino para todos. Era como uno de esos espíritus vigorosos que vemos algunas veces sosteniendo un cuerpo medio muerto, cuerpo que mucho antes se hubiera ya disgregado de un espíritu menos intrépido.