Los hombres se habían amotinado de nuevo, y a pesar del animoso ejemplo y de los esfuerzos de Pizarro, estuvieron a punto de hacer fracasar toda la empresa. Por conducto de Almagro enviaron a la esposa del gobernador un ovillo de algodón como muestra de los productos del país; pero en este al parecer inocuo regalo, los cobardes habían escondido una carta en la cual declaraban que Pizarro les conducía a la muerte, y amonestaban a otros que no le siguiesen. Un verso ramplón, colocado al final, decía que Pizarro era un carnicero que esperaba más carne, y que Almagro había ido a Panamá a recoger ovejas para llevarlas al matadero.

La carta llegó a manos del gobernador Los Ríos, el cual se indignó mucho al leerla. Envió al cordobés Tafur con dos buques a la isla del Gallo a recoger a todos los españoles que allí estaban, y estorbar así una expedición cuya importancia no era su mente capaz de comprender. Pizarro y sus hombres sufrían terriblemente, siempre calados por las tormentas y casi muertos de hambre. Cuando llegó Tafur, todos menos Pizarro lo acogieron como un salvador y querían volverse con él en el acto. Pero el capitán no cejó. Con su daga trazó una raya sobre la arena y mirando a sus hombres de hito en hito les dijo: «Camaradas y amigos: de aquel lado está la muerte, las privaciones, el hambre, la desnudez, las tempestades; de este lado está la comodidad y la molicie. Desde este lado vais a Panamá a ser pobres; del otro lado vais al Perú a ser ricos. El que sea valiente castellano, que escoja lo preferible.»

Al decir esto cruzó la raya, pasándose al sur. Ruiz, el bravo piloto andaluz, cruzó también detrás de él; lo mismo hizo Pedro de Candía, el griego, y uno tras otro once héroes más, cuyos nombres merecen ser recordados por cuantos aman la lealtad y el valor. Eran Cristóbal de Peralta, Domingo de Soria Luce, Nicolás de Ribera, Francisco de Cuéllar, Alonso de Molina, Pedro Alcón, García de Jerez, Antón de Carrión, Alonso Briceño, Martín de Paz y Juan de la Torre.

El ruin Tafur sólo vió en este acto de heroísmo una desobediencia al gobernador, y no quiso dejarles uno de sus buques. Con dificultad se le pudo inducir a que les abandonase algunas provisiones, siquiera para impedir que se murieran, y con sus cobardes pasajeros se volvió a Panamá, dejando a los catorce solos en su pequeña isla del desconocido mar Pacífico.

¿Tuvo nunca el lector conocimiento de un heroísmo más grande? ¡Solos, aprisionados por el gran mar, con muy pocos alimentos, sin buques, sin ropa, casi sin armas, había allí catorce hombres, empeñados todavía en conquistar un país salvaje tan grande como toda Europa! Hasta el parcial historiador Prescott admite que en todos los anales de la caballería no se encuentra nada que la aventaje.

La isla del Gallo se hizo inhabitable, y Pizarro y sus hombres construyeron una frágil balsa y en ella navegaron setenta y cinco millas hacia el norte, hasta llegar a la isla de Gorgona. Esa era tierra más alta y en ella había madera, y los exploradores construyeron chozas para resguardarse de las tormentas. Sufrieron grandemente por el hambre, por la intemperie y por causa de los bichos venenosos, que les martirizaban cruelmente. Pizarro reunía a su gente a diario para hacer sus devociones, y todos los días daban gracias a Dios por conservarles la vida y le pedían que no los desamparase. Pizarro fué siempre un hombre devoto, y nunca hacía acto alguno sin invocar la gracia divina, ni se olvidaba nunca de dar gracias a Dios por los éxitos que alcanzaba. Así lo hizo hasta el fin, y aun en sus postrimerías trazó con los dedos la cruz, que tanto reverenciaba.

Durante siete inenarrables meses, los catorce hombres abandonados esperaron y sufrieron en su solitario arrecife. Tafur llegó salvo a Panamá, y dió cuenta de haberse negado aquellos hombres a volver con él. El gobernador Los Ríos se irritó más todavía y rehusó prestar auxilio a los obstinados náufragos. Pero Luque, recordándole que las órdenes que había recibido de la Corona eran que ayudase a Pizarro, al fin indujo al tacaño gobernador a que permitiese enviarles un buque con casi los suficientes marineros para tripularlo y un pequeño acopio de provisiones. Pero con el buque se enviaron órdenes terminantes a Pizarro de volver y presentarse en el término de seis meses, ocurriera lo que ocurriese. Los que fueron a rescatarlos hallaron a los catorce valientes en la isla de Gorgona; y Pizarro pudo al fin continuar su viaje con unos cuantos marineros y un ejército de once. Dos de los catorce estaban tan enfermos que tuvieron que quedar en la isla al cuidado de indios amigos, y con el corazón apenado sus camaradas se despidieron de ellos.

Pizarro hizo rumbo al sur. Pronto traspusieron el punto más lejano a que había llegado europeo alguno—Punta de Pasado, que era el límite de las exploraciones de Ruiz,—y se hallaron de nuevo en mares desconocidos. Después de navegar veinte días, entraron en el Golfo de Guayaquil (Ecuador), y anclaron en la bahía de Túmbez. Delante de ellos vieron una gran ciudad india con casas permanentes. La bahía azul estaba salpicada de balsas con velas indias, y en las lejanías del fondo veían elevarse los gigantescos picos de los Andes. Podemos imaginarnos la impresión que debió causar a los españoles la primera vista de aquellas montañas, que tenían más de veinte mil pies ingleses de altura.

Los indios salieron en sus balsas a contemplar a los maravillosos extranjeros, y viéndose tratados con la mayor bondad y consideración, pronto perdieron el miedo. Los españoles recibieron regalos de pollos, cerdos y baratijas; les trajeron plátanos, maíz, boniatos, piñas, cocos, caza y pescado. Puede asegurarse que estos obsequios fueron sumamente apreciados por los rudos exploradores, después de tantos meses de pasar hambre. Los indios llevaron también a bordo varias llamas, que son los cuadrúpedos característicos y más valiosos de la América del Sur. El ameno, aunque mal informado historiador que ha contribuído más que otro hombre alguno en los Estados Unidos a propagar una interesante, pero absolutamente falsa idea del Perú, dice que la llama es el carnero peruano; pero es tan carnero como la jirafa. La llama es el camello sudamericano, un verdadero camello, aunque pequeño. Es el animal de carga cuyo andar lento y seguro y cuyo paciente lomo han permitido al hombre transitar por un país tan montañoso que en algunos sitios son inservibles los caballos. Además de hacer las veces de acémila, es productor de materia textil: de él se saca el pelo que sirve para tejer las prendas de ropa que usa el pueblo. Había tres clases más de camellos: la vicuña, el guanaco y la alpaca, todos pequeños y todos apreciados por su pelo, el cual para géneros finos es superior a la lana de los mejores carneros. Los peruanos domesticaron la llama en grandes rebaños e hicieron de ese cuadrúpedo su auxiliar más importante. Eran los únicos aborígenes en las dos Américas que tenían un animal de carga antes de llegar los europeos, excepto los apaches de las llanuras y los esquimales, los cuales utilizaban los perros y los trineos.

En Túmbez, Alonso de Molina fué enviado a tierra para ver la ciudad. Volvió con tan sorprendentes informes de templos dorados y grandes fortalezas, que Pizarro no le dió crédito y envió a Pedro de Candía. Este griego, natural de la isla de Candía, era hombre importante en el pequeño grupo de españoles. En todas partes eran entonces los griegos considerados como un pueblo versado en las todavía misteriosas armas, y toda Europa respetaba a los que habían inventado el «fuego griego», ese maravilloso agente que ardía por debajo del agua y que nadie sabe fabricar hoy día. Los griegos eran generalmente conocidos como «pirotécnicos», y eran muy solicitados como maestros de artillería.