Todo esto sin contar las fortunas que se repartieron a Almagro y a los suyos y para la iglesia.

Este es el cálculo más aproximado que puede hacerse del valor de aquel tesoro. El estudio del muy complicado y variable sistema de monedas de aquellos tiempos y de sus valores relativos, sería trabajo de toda una vida; pero las cifras que acabamos de dar son virtualmente exactas. El cálculo de Prescott, que da al peso de oro de aquel tiempo un valor equivalente a once dólares de hoy, carece enteramente de fundamento: valía muy cerca de cinco dólares. El marco de plata es mucho más difícil de apreciar, y Prescott ni siquiera lo intenta. El marco no era una moneda, sino un peso, y su valor comercial era entonces de unos veintidós dólares.


VII

TRAICIÓN Y MUERTE DE ATAHUALPA

Pero en medio de su gozo al ver realizados sus dorados ensueños—y casi podemos imaginar lo grandes que se sentirían al verse ya ricos, después de una vida de pobreza y de sufrimientos,—los españoles se vieron bruscamente sorprendidos por menos placenteras realidades. Las maquinaciones de los indios, de que ya se había sospechado, ahora no daban lugar a dudas. De todas partes llegaban noticias de un levantamiento. Se anunciaba que doscientos mil guerreros de Quito y treinta mil de los caníbales caribes se habían puesto en camino para caer sobre la pequeña fuerza de los españoles. Rumores de esta clase siempre suelen ser exagerados; pero entonces tenían probablemente fundamento. No otra cosa podía esperar quien estuviese tan familiarizado con el carácter de los indios como lo estaban los españoles. De todos modos, nuestro juicio de lo que sobrevino debe guiarse no solamente por lo que era cierto, sino más bien por lo que los españoles creían que lo era. Ellos tenían motivos para suponer, y no cabe dudar que así lo suponían, que las maquinaciones de Atahualpa traían una fuerza muy superior contra ellos, y que su vida estaba en inminente peligro. La inmensa riqueza que acababan de adquirir les ponía aún más intranquilos. Es una fase curiosa pero común de la naturaleza humana, que no nos damos cuenta de la mitad de los muchos peligros ocultos que amenazan nuestra vida, hasta que hemos adquirido algo que nos hace la vida más agradable. A menudo vemos cómo un hombre valiente se vuelve de pronto cauteloso, y hasta ridículamente medroso, cuando tiene una esposa querida y algún hijo que cuidar y proteger; y dudo que ningún muchacho travieso haya llegado a los veinte años sin que la posesión de algún pequeño tesoro le haya hecho pensar de momento en las muchas cosas que podrían quitarle el gusto de disfrutarlo. Entonces ve y presiente peligros que antes nunca se le había ocurrido suponer.

Los españoles tenían ciertamente suficientes motivos para temer por su vida, sin pensar en otra cosa; pero la repentina riqueza, que les prometía un brillante y bien ganado porvenir, sin duda agudizaba más sus aprensiones y les acuciaba a hacer más desesperados esfuerzos para salvarse.

No existe ni sombra de un indicio de que Pizarro pensase jamás en hacer traición a Atahualpa, y hay evidentes señales de todo lo contrario. Pero ya sus soldados empezaban a exigir lo que parecía necesario para su protección. Creían que Atahualpa les había traicionado. Había causado la muerte de su hermano Huascar, el cual estaba dispuesto a ser amigo de ellos, con el fin de que aquella alianza le colocase por encima del poder de su temido rival. Les había ofrecido como cebo un áureo rescate, y con sus dilaciones había ganado tiempo para organizar fuerzas con que aplastar a los españoles, y ahora ellos pedían no sólo que se le castigase, sino que se le imposibilitase de seguir conspirando. Nadie que se hallase en iguales circunstancias podía rebatir esa lógica; ni aun ahora me parece a mí fuera de razón. No tan sólo creyeron que su acusación era justa, sino que probablemente lo era; de todos modos ellos obraron justamente, según los informes que tenían. Tal era su alarma, que se doblaron las guardias, los caballos estaban constantemente enjaezados y los hombres dormían sobre las armas, mientras Pizarro hacía la ronda todas las noches para cerciorarse de que todo estaba en disposición de resistir el ataque que se esperaba de un momento a otro.

Y sin embargo, en esta crisis el jefe español mostró una varonil renuencia aun a parecer traicionero. Era hombre de palabra, a más de ser humanitario, y le repugnaba faltar a su promesa de poner en libertad a Atahualpa, aun cuando le eximía la conducta del mismo Atahualpa, en completa violación del espíritu del contrato. Pero era imposible substraerse a la exigencia de su gente: debía mirar por sus vidas como por la suya propia y, obligado a elegir entre ellos y Atahualpa, no era dudosa la elección. Pizarro se resistía; pero su tropa insistió, y no tuvo más remedio que ceder. Pero, aun entonces, cuando el enemigo podía presentarse de un momento a otro, exigió que el prisionero fuese formalmente juzgado y cuidó de que se cumpliese este requisito. El tribunal declaró a Atahualpa convicto de haber instigado el asesinato de su hermano y de conspirar contra los españoles, y le condenó a ser ejecutado aquella misma noche. Si se demoraba el cumplimiento de la sentencia, podía llegar la hueste india a tiempo para rescatar a su cacique, y eso aumentaría grandemente la desventaja en que se hallaban los españoles. Por lo tanto aquella noche se le dió garrote a Atahualpa en la plaza de Cajamarca, y al día siguiente recibió sepultura en la iglesia de San Francisco, tributándole las honras debidas a su alto rango.