Además de este desarrollo de aquella nueva y pequeña nación, Pizarro iba ensanchando los límites de las exploraciones y conquistas. A ellas envió el valiente Pedro de Valdivia, aquel hombre notable que conquistó Chile e hizo allí historia, que se hallaría llena de espeluznante interés si tuviésemos aquí espacio para narrarla. También envió a su hermano Gonzalo como gobernador de Quito, en 1540. Esta expedición fué uno de los hechos más asombrosos y característicos de la exploración de los españoles en América, y quisiera disponer de espacio suficiente para relatar aquí toda su historia. Durante dos años el caballeroso jefe y su puñado de hombres sufrieron penalidades sobrehumanas. Algunos murieron helados en las nieves de los Andes; otros, de calor en las desiertas llanuras, y los demás se internaron en las pantanosas selvas de la parte superior del río Amazonas. Un terremoto engulló una ciudad india de centenares de casas ante sus propios ojos. Paso a paso tuvieron que abrirse camino con sus machetes por las exuberantes selvas tropicales. Construyeron un pequeño bergantín con indecible trabajo, prestando Gonzalo su ayuda lo mismo que los demás, y bajaron por el Napo hasta el Amazonas. Francisco de Orellana y cincuenta hombres no pudieron reunirse con sus compañeros, y bajaron flotando por el Amazonas hasta el mar, volviendo a España los supervivientes. Gonzalo tuvo por último que volver trabajosamente a Quito, jornada que llevó a cabo en medio de incomparables horrores. De los trescientos valientes que tan alegremente habían salido en 1540 (sin contar los cincuenta de Orellana), entraron tambaleándose en Quito, en junio de 1542, solamente ochenta esqueletos desharrapados. Esto dará una ligera idea de lo que habían sufrido aquellos infelices.

Entre tanto una calamidad irreparable cayó sobre aquella joven nación, y de un golpe villano le arrebató una de sus más heroicas figuras. Los viles secuaces que participaron en la traición de Almagro, habían sido perdonados y se les trató bien; pero no cambió su carácter y continuaban conspirando contra el hombre sabio y generoso que les había dado cuanto tenían. Hasta Diego de Almagro, a quien Pizarro atendiera tiernamente como a un hijo, se unió a los conspiradores. El cabecilla se llamaba Juan de Herrada. El domingo 26 de junio de 1541, aquella partida de asesinos se abrió paso súbitamente y penetró en la casa de Pizarro. Las personas desarmadas que en ella se hallaban huyeron en busca de auxilio, y los fieles servidores que opusieron resistencia fueron asesinados. Pizarro, su hermanastro Martínez de Alcántara y un probado oficial que se llamaba Francisco de Chaves, tuvieron que afrontar solos el combate. Como fueron cogidos por sorpresa, Pizarro y Alcántara trataron de vestirse apresuradamente la armadura, mientras ordenaban a Chaves que cerrase la puerta. Pero, sin darse cuenta, el soldado la entreabrió para parlamentar con los villanos, y éstos le atravesaron con la espada y a puntapiés arrojaron su cadáver por la escalera. Alcántara se lanzó a la puerta y luchó heroicamente, sin arredrarse por las numerosas heridas que recibía. Pizarro, echando a un lado la armadura, que no tuvo tiempo de vestirse, se lió una manta al brazo izquierdo para escudarse, y cogiendo con la otra la buena espada que había blandido en tantas luchas desesperadas, saltó como un león sobre aquella manada de lobos. Era ya viejo, y tantos años de sufrimientos y penalidades le habían quebrantado. Pero su gran corazón no había envejecido, y peleó con un valor sobrehumano y con sobrehumana fuerza. Su rápida espada atravesó a los dos que iban delante, y por un momento vacilaron los traidores. Pero Alcántara había caído, y turnándose para cansar al anciano héroe, los cobardes le acosaron sin cesar. Durante algunos minutos prosiguió aquella lucha desigual en el angosto pasillo, cuyo suelo hacía resbaladizo la sangre derramada: un anciano lleno de canas y de brillantes ojos, contra una veintena de bandidos. Al fin Herrada cogió en sus brazos a su camarada Narváez y, protegido por aquel escudo viviente, arremetió contra Pizarro. Este atravesó a Narváez con varias estocadas; pero en el mismo instante uno de aquellos asesinos le hirió en la garganta. El conquistador del Perú vaciló y cayó, y los conspiradores hundieron en su cuerpo sus espadas. Pero aun entonces aquella voluntad de hierro hizo que el cuerpo obedeciese el último sentimiento de un gran corazón, e invocando a su Redentor, Pizarro mojó un dedo en su propia sangre, trazó en el suelo una cruz, doblegóse y besando el sagrado símbolo, expiró.

Así vivió y así murió el hombre que empezó la vida como porquerizo en Trujillo y la acabó como conquistador del Perú. Fué el más grande de los exploradores; un hombre que de modestos principios se elevó más alto que nadie; un hombre en quien se ha cebado la maledicencia y la calumnia de los historiadores apasionados; pero, un hombre a quien la historia, sin embargo, colocará en una de sus más altas hornacinas; un héroe a quien se gozarán algún día en venerar cuantos admiren el heroísmo.

Tal fué la conquista del Perú. De la historia romántica que allí siguió, nada puedo decir aquí; no puedo, pues, hablar de la lamentable caída del valiente Gonzalo Pizarro; del notable Pedro de la Gasca; del ascenso del gran Mendoza al virreinato, ni de cien otros capítulos de una historia que fascina. Sólo he querido dar al lector una idea de lo que era realmente una conquista española en punto a superlativo heroísmo y sufrimientos. Fué la de Pizarro la conquista más grande; pero no son muchas otras inferiores en heroísmo y penalidades, sino únicamente en genio; y la historia del Perú es muy parecida a la historia de las dos terceras partes del Nuevo Mundo.


ÍNDICE

Páginas
Dedicatoria [5]
Nota biográfica acerca del autor [7]
Prefacio [13]
I.—La Nación exploradora [15]
II.—Geografía embrollada [22]
III.—Colón el descubridor [30]
IV.—Haciendo geografía [36]
V.—Capítulo de la conquista [47]
VI.—La vuelta alrededor del Mundo [59]
VII.—España en los Estados Unidos [65]
VIII.—Dos continentes dominados [75]
II. Los primeros caminantes en América
I.—El primer caminante en América [85]
II.—El más intrépido caminante [98]
III.—La Guerra de la Roca [104]
IV.—El asalto a la empinada ciudad [112]
V.—El Soldado poeta [119]
VI.—Los Misioneros exploradores [123]
VII.—Los fundadores de iglesias en Nuevo Méjico [130]
VIII.—El salto de Alvarado [139]
IX.—El Vellocino de Oro [148]
III. Exploradores ejemplares
I.—El porquerizo Trujillo [165]
II.—El hombre impertérrito [175]
III.—Ganando terreno [183]
IV.—El Perú tal como era [193]
V.—La Conquista del Perú [199]
VI.—El rescate de oro [208]
VII.—Traición y muerte de Atahualpa [215]
VIII.—De como se fundó una nación—Sitio de Cuzco [223]
IX.—Obra de traidores [230]

NOTAS