IX
OBRA DE TRAIDORES
Almagro había penetrado en Chile, sufriendo grandes penalidades al cruzar las montañas. De nuevo dió muestra de cobardía, pues, descorazonado desde el principio, retrocedió, regresando al Perú. Parece como si hubiese decidido que le sería más cómodo robar a su camarada y bienhechor que llevar a cabo por sí mismo una conquista, especialmente sabiendo la situación en que a la sazón se hallaba Pizarro. Este, enterado de su regreso, salió a recibirle. Manco atacó a los españoles en el camino; pero fué rechazado después de una encarnizada lucha.
A pesar de los sensatos argumentos de Pizarro, Almagro no quiso abandonar su plan. Insistió en que se le cediese Cuzco, la ciudad principal, bajo pretexto de que estaba al sur del territorio concedido a Pizarro; en realidad se hallaba situada dentro de los límites que a Pizarro concedió la Corona; pero esto no era óbice para un hombre como él. Por fin se convino en una tregua hasta que una comisión pudiese medir y demarcar la frontera sur de las tierras de Pizarro. En el ínterin se comprometió Almagro, con un solemne juramento, a tener los cepos quedos. Pero no era hombre capaz de mantener su juramento ni su palabra de honor; así fué que, en la obscura y tempestuosa noche del 8 de abril de 1537, se apoderó de Cuzco, mató a los centinelas e hizo prisioneros a Hernando y Gonzalo Pizarro. Iba entonces Alonso de Alvarado en auxilio de Cuzco con bastante fuerza; pero, traicionado por uno de sus oficiales, fué hecho prisionero, con todos sus hombres, por Almagro.
En tan crítica situación, Pizarro reanimóse con la llegada de su antiguo valedor, el licenciado Espinosa, con doscientos cincuenta hombres y un cargamento de armas y provisiones que le enviaba su primo Hernán Cortés. Salió con dirección a Cuzco; pero al saber la pasmosa noticia de la descarada traición de Almagro, regresó a Lima y fortificó su pequeña ciudad. Tenía verdaderos deseos de evitar un derramamiento de sangre, y en vez de marchar con un ejército a castigar el traidor, envió una embajada, en la que iba Espinosa, para tratar de traer a Almagro a la razón y la decencia. Pero aquel vulgar soldado era refractario a todos los argumentos. No tan sólo rehusó entregar a Cuzco, sino que con mucha frescura anunció su determinación de apoderarse también de Lima. Espinosa murió repentina y oportunamente en el campamento de Almagro, y Hernando y Gonzalo Pizarro hubieran sido ejecutados, a no ser por los esfuerzos de Diego de Alvarado (hermano del héroe de la «Noche Triste») el cual evitó que Almagro añadiese esta crueldad a sus vergonzosos actos. Hacia la costa marchó después Almagro para fundar un puerto, dejando a Gonzalo bajo una fuerte guardia en Cuzco y llevándose a Hernando como prisionero. Mientras construía la ciudad, a la que dió su nombre, Gonzalo Pizarro y Alonso de Alvarado se escaparon y llegaron sanos y salvos a Lima.
Todavía Francisco Pizarro trató de evitar el llegar a las manos con el hombre que, aun cuando ahora había sido traidor, fué en otro tiempo su camarada. Al fin se concertó una entrevista, y los dos jefes se personaron en Mala. Almagro agasajó hipócritamente al hombre a quien había traicionado; pero Pizarro era hombre de otra fibra. No deseaba tener enemistad con su antiguo amigo; pero tampoco podía profesar amistad a semejante persona. Recibió con digna frialdad la falsa acogida de Almagro. Acordóse someter la cuestión al fallo arbitral de Fray Francisco de Bobadilla, y que ambos contendientes respetasen su decisión. El árbitro falló por fin que se enviase un buque a Santiago, y desde allí midiese con dirección al sur para determinar el límite exacto de la concesión de Pizarro por aquel lado. Entre tanto, Almagro debía entregar Cuzco y poner en libertad a Hernando Pizarro. El usurpador rehusó acatar tan equitativo fallo, violando nuevamente todo principio de honor. Hernando Pizarro estaba en inminente peligro de morir asesinado, y Francisco, queriendo salvar a su hermano a toda costa, compró su libertad a cambio de la cesión de Cuzco.
Al fin, agotada ya la paciencia de Pizarro por los repetidos actos de traición de Almagro, le dió aviso de que había terminado la tregua, y emprendió la marcha sobre Cuzco. Almagro hizo cuantos esfuerzos pudo para defender su robada presa; pero a cada paso le venció la táctica militar de Pizarro. Además, estaba minado por una vergonzosa enfermedad, castigo de su licenciosa vida y tuvo que confiar la campaña a su teniente Orgóñez. El día 26 de abril de 1538, los españoles leales al mando de Hernando y Gonzalo Pizarro, Alonso de Alvarado y Pedro de Valdivia, tuvieron un contacto con las fuerzas de Almagro en Las Salinas. Hernando hizo decir misa, excitó a sus hombres exponiéndoles la conducta de Almagro y dirigió una carga contra los rebeldes. Siguióse una terrible lucha; pero finalmente Orgóñez fué muerto, y sus secuaces no tardaron en ser derrotados. Los españoles victoriosos se apoderaron de Cuzco e hicieron prisionero al architraidor. Fué juzgado y convicto de traición, pues traicionando a Pizarro había sido también traidor a España, y se le sentenció a muerte. El hombre que en alguna circunstancia mostró tener algún valor físico, fué un cobarde en el postrer momento. Con la mayor pusilanimidad pidió que le perdonasen la vida; pero la pena era justa, y Hernando Pizarro rehusó revocar la sentencia. Francisco Pizarro había salido para Cuzco; pero antes de llegar, ya Almagro había sido ejecutado, quedando vengada una de las más viles traiciones que registra la historia. A Pizarro le impresionó profundamente la noticia de su ejecución; pero no pudo menos de comprender que se había hecho justicia. Movido de sus naturales impulsos, Pizarro se hizo llevar a su casa a Diego de Almagro, hijo ilegítimo del traidor, y le atendió como si fuese su propio hijo.
Hernando Pizarro volvió a España. Allí se le acusó de haber cometido crueldades, y el Gobierno de España, más pronto que ningún otro a castigar delitos de esta clase, le condenó a presidio. Durante veinte años el encanecido prisionero vivió entre rejas en Medina del Campo; y cuando salió de allí, su período de actividad se había agotado, aun cuando llegó a vivir cien años.
La situación en el Perú, si bien mejoró con la muerte de Almagro y la sofocación de su malvada rebelión, distaba mucho de ofrecer seguridad. Manco estaba revelando lo que desde entonces se ha considerado como táctica característica de los indios. Había visto que el sistema primitivo de acometer al enemigo en masa para aplastarle bajo el peso del mayor número, se estrellaba contra la disciplina. Por lo tanto adoptó la táctica del hostigamiento y la emboscada; la práctica de matar por detrás, que nuestros apaches aprendieron del mismo modo. Andaba siempre atisbando a los españoles, como un lobo a un rebaño, esperando ocasión de lanzarse sobre ellos cuando estuviesen descuidados, o cuando unos pocos se hallasen separados del cuerpo principal. Es ese un medio eficaz de hacer la guerra y el más difícil de combatir. Muchos de los españoles fueron víctimas de él: de una simple redada cogió y mató a treinta de ellos. Era inútil perseguirle: las montañas le ofrecían un retiro inexpugnable. Como único medio de librarse de su persecución, Pizarro adoptó un nuevo procedimiento. En los distritos más peligrosos estableció puestos militares; alrededor de estos sitios seguros crecieron rápidamente algunas ciudades, y así la gente pudo vivir tranquila. Llegaban emigrantes al país, y el Perú iba formando con ellos y con los indígenas educados una nación civilizada. Pizarro importó toda clase de semillas de Europa, y la agricultura fué allí una nueva y adelantada industria.