Amamos la valentía, y la exploración de las Américas por los españoles fué la más grande, la más larga y la más maravillosa serie de valientes proezas que registra la historia. En mis mocedades no le era posible a un muchacho anglosajón aprender esa verdad; aun hoy es sumamente difícil, dado que sea posible. Convencido de que es inútil la tarea de buscar en uno o en todos los libros de texto ingleses, una pintura exacta de los héroes españoles del Nuevo Mundo, me hice el propósito de que ningún otro joven americano amante del heroísmo y de la justicia, tuviese necesidad de andar a tientas en la obscuridad como a mí me ha sucedido; pero no habrá de agradecerme a mí, tanto como al amigo de ambos, A. F. Bandelier, maestro de la nueva escuela[1], los siguientes atisbos de los hechos más interesantes de la historia. Sin la luz que este aventajado discípulo del gran Humboldt ha derramado con su erudición sobre los primeros tiempos de América, no hubiera sido posible escribir este libro, ni hubiese podido escribirlo yo, sin su personal y generosa ayuda.
C. F. L.
LOS
EXPLORADORES ESPAÑOLES
DEL SIGLO XVI
I
LA NACIÓN EXPLORADORA
Es ya un hecho reconocido por la historia que los piratas escandinavos habían descubierto y hecho algunas expediciones a la América del Norte mucho antes que pusiera su planta en ella Cristóbal Colón. El historiador que hoy considere aquel descubrimiento de los escandinavos como un mito, o como algo incierto, demuestra no haber leído nunca las Sagas. Vinieron aquellos hombres del Norte, y hasta acamparon en el Nuevo Mundo antes del año 1000; pero no hicieron más que acampar; no construyeron pueblos, y realmente nada añadieron a los conocimientos del mundo; nada hicieron para merecer el título de exploradores. El honor de dar América al mundo pertenece a España; no solamente el honor del descubrimiento, sino el de una exploración que duró varios siglos y que ninguna otra nación ha igualado en región alguna. Es una historia que fascina, y, sin embargo, nuestros historiadores no le han hecho hasta ahora sino escasa justicia. La historia fundada sobre principios verdaderos era una ciencia desconocida hasta hace cosa de un siglo; y la opinión pública fué ofuscada durante mucho tiempo por los estrechos juicios y falsas deducciones de historiadores que sólo estudian en los libros. Algunos de estos hombres han sido no tan sólo escritores íntegros, sino también amenos; pero su misma popularidad ha servido para difundir más sus errores. Su época ha pasado, y principia a brillar una nueva luz. Ningún hombre estudioso se atreve ya a citar a Prescott o a Irving o a ningún otro de sus secuaces, como autoridades de la historia; hoy sólo se les considera como brillantes noveladores y nada más. Es menester que alguien haga tan populares las verdades de la historia de América como lo han sido las fábulas, y tal vez pase mucho tiempo antes de que salga un Prescott sin equivocaciones; entre tanto, yo quisiera ayudar a los jóvenes americanos a penetrarse de las verdades en que se basarán de aquí en adelante las historias. Este libro no es una historia; es sencillamente un hito que marca el verdadero punto de vista, la idea amplia, y tomándolo como punto de partida, los que tengan interés en ello podrán con más seguridad llevar adelante la investigación de los detalles, mientras que aquellos que no puedan proseguir sus estudios, poseerán siquiera un conocimiento general del capítulo más romántico y más repleto de valientes proezas que contiene la historia de América.