Ya hemos previsto que la calma de tu carácter, la dulzura de tus costumbres y la gravedad de tu espíritu, te asegurarán días tranquilos y apacibles, que las tempestades del mundo casi no alterarán. La exaltación de mi cabeza, el ardor de mis pasiones, mi propensión al entusiasmo, y quizás a la locura, como tú dices algunas veces, te han dado lugar a suponer que mis relatos serán más variados y más animados que los tuyos. De acuerdo con este cálculo, tú te encargarás de la parte filosófica, de la parte razonable de nuestra correspondencia, y yo te proporcionaré un diario novelesco bastante extravagante. No esperes otra cosa. La hipótesis fundada por lo que se refiere al pasado, es falsa, absolutamente falsa para el porvenir.
Tengo veintiocho años, Eduardo mío, y, lo que es más raro a esta edad, la experiencia de una docena de años de desgracias. He vivido de prisa, porque mi sensibilidad, que era mi vida, se ha consumido en ensayos infructuosos y en efectos estériles. Las calamidades de la revolución, los peligros de la proscripción y de la guerra, las agitaciones siempre renacientes de una vida incierta y móvil, las pérdidas múltiples, vivas y dolorosas, todo esto, sin duda, ha podido imprimir a mi organización, a mi carácter, al movimiento de mis pensamientos, a la dirección de mis expresiones, yo no sé qué algo de singular, de inusitado, de raro, esa especie de exageración, en fin, de la cual tú censuras con tanta razón las desviaciones; pero, en realidad, yo no necesitaba más que entregarme a la naturaleza y a mí mismo, encontrarme libre de todas las impresiones extrañas que fatigaban mi corazón, volver al reposo delicioso de la soledad y al círculo de los deberes fáciles, para renovarme. No llegarás a imaginar la tranquila esperanza de que estoy poseído desde que he atravesado el umbral del viejo castillo paterno, y he contemplado, a través de los vidrios de mi habitación nativa estos bosques, estos campos magníficos, estos bellos espacios de verdura, tan familiares y tan caros a mi infancia.
Mi madre me ha recibido con ternura, pero con una ternura mezclada con ese aire ceremonioso que tú ya conoces, y que rechaza, por decirlo así hasta el fondo del alma, un sentimiento pronto a estallar. ¡Qué cruel es, Eduardo, no poder expresar lo que se siente a una persona a la que se ama y a la que se tiene el derecho de amar, sin violar las conveniencias! Pero me he contenido.
Para visitar el departamento de mi padre he tenido que reunir todas mis fuerzas de hombre; fue en aquel lugar donde yo le vi por última vez y donde recibí sus últimas instrucciones y sus últimos besos, cuando yo esperaba volver a verle y recibir sus besos después de haber cumplido mis deberes para con el príncipe y la patria. ¡Qué pérdida tan grande! tú, que pudiste apreciar sus cualidades, lo sabes mejor que nadie; la elevación de su espíritu, la pureza y la sencillez de sus costumbres y esa filosofía tranquila y religiosa, le hacían tan superior a la adversidad, que todas las vicisitudes parecían para él motivos de alegría. Dios no ha permitido que me asistiese por más tiempo con sus consejos y que me guían entre los escollos de la vida. Me ha dejado solo sobre esta tierra, y ante la idea, ante la convicción de mi abandono absoluto, se me parte el corazón. Te dejo un instante para llorar.
17 de abril.
Me he trazado un plan de vida que seguramente te sorprenderá. Por de pronto, tengo la intención de ver a muy poca gente, la menos posible. Tengo la intención de fortalecerme, de rehacerme por completo, y para esto necesito recogimiento y soledad.
Todo mi servicio se limita a Latour, a quien tú conoces, a ese valiente Latour que ha hecho conmigo las campañas de la Vendée y que más que un criado es un compañero seguro, un amigo fiel, sin el cual no podría pasar mi corazón. Su presencia de espíritu me ha salvado la vida en dos ocasiones, en las que, además, se distinguió por prodigios de valor que le atrajeron la amistad de los oficiales, la estimación del ejército y que le asimilaron a mis ojos a lo que yo conozco entre los hombres de más noble, de más generoso y de más eminente. Si él hubiera deseado otro estado, otra condición de vida, yo soy, afortunadamente, bastante rico para habérselo podido proporcionar. Está, pues, conmigo, por su voluntad.
Como es difícil vivir mucho tiempo sin ocupación, o, mejor dicho, como yo no puedo pasar, de cuando en cuando, sin aficionarme a algo para distraerme de la vida, he vuelto a la botánica, mi dulce estudio de años pasados. Voy a volver a comenzar mis herbarios destruidos y a renovar mis relaciones con esas ricas familias de vegetales entre las que, un largo alejamiento, me han hecho casi extraño. ¿Necesito decirte qué goces inexpresables me procuran esos dichosos recuerdos a los que se asocian tantos dichosos recuerdos y tantas armonías encantadoras? Dulce privilegio de los placeres sencillos y puros de la adolescencia; ¡que no se pueda renovar ni uno solo sin que todos los demás vengan a enlazarse a él para embellecerlo aún más!
¿Puedo volver a ver, por ejemplo, esa encantadora hierba doncella, tan querida de Rousseau, sin acordarme de que cuando tu primera visita a estos campos nos gustaba tomarla sobre la alfombra fresca y sombreada de este bosquecillo, en memoria de un escritor cuyas obras adorábamos? La aguileña no es rara en las tierras ligeras y arenosas que bordean el bosque, pero, Lucía, a la que siempre lloraré, la prefería a todas las flores. Un agavanzo herido por los rayos ardientes del Mediodía o pendiente de una rama rota por la tempestad, me recordará el que Fanny me dio y que yo dejé secar y marchitar sobre mi corazón. Un bosquecillo de serbales me traerá el recuerdo de Victoria, y jamás veré ¡o tú, el más lindo de los árboles! tus pequeñas hojas aladas, tan finas y tan ligeras, y tus amplios corimbos de flores blancas o de frutos perfumados, sin sentir arder mis labios y mi sangre al primer beso de amor que yo recibí bajo tu sombra.
18 de abril.