Me parece que la venganza me aliviaría; pero, ¿qué venganza puede tomar un hombre como yo?... ¡Un hombre como yo!... ¡Maldición!... Quizás es eso lo que ella ha temido y se ha arrojado en brazos de un igual suyo para escapar de un hombre como yo.
¿Qué había hecho yo para merecer semejante ultraje? ¡Ah! ¡si ella supiese lo que cuesta verse abandonado, buscar lo que se amaba y no volverlo a encontrar! ¡Cuán agradecido le estaría si con una puñalada por detrás—ese cobarde asesinato no tendría nada de temerario para la mano de una mujer—se hubiera dignado evitarme los tormentos que me devoran!
Si ella pudiese verme un momento, si conociese el menor de mis dolores, se vería obligada a confesar que el odio más implacable...
¡Una noche tranquila, silenciosa, bella y encantadora para los dichosos! ¡Sólo yo destruyo esta inmensa armonía! ¡Yo solo, perdido, abandonado, olvidado de Dios, que me ha retirado su protección!
10 de junio.
Todo contribuye a amargar, a envenenar mi desesperación. Es espantoso enterarme de circunstancias que nunca nos hubiéramos atrevido a prever ni a desear, circunstancias que hubieran superado a nuestros mayores deseos, sucederse, multiplicarse a nuestro alrededor, cuando todo nos está prohibido, cuando de la dicha que ellas nos hubieran augurado no queda más que un recuerdo pesaroso.
Figúrate tú que el señor de Seligny es el padre de la infortunada de quien Adela recibió la vida. El matrimonio de Evrard y de Angélica estaba ya decidido, y, sin la infame perfidia de Maugis, esta familia viviría dichosa. Apenas entrado en posesión de sus bienes, el conde creyó que nada podría hacer más agradable a la memoria de su infortunada hija que dedicar al fruto de su unión toda la ternura que antes había tenido para ella y consagrar sus derechos de heredera por una adopción solemne. Estaba dispuesto a recuperarla de las manos en que la confiara, a restituirle las ventajas de su nacimiento y de su fortuna y a reparar a fuerza de cariño las penas de su infancia. Además, había pensado que mi padre no vacilaría, en estas condiciones, a acceder a mi unión con Adela. Ella había, en efecto, consentido, y aquella misma noche debían llamarme para informarme del proyecto. El conde también estaba en mi casa y figúrate con qué golpe imprevisto herí al pobre anciano cuando, con el corazón y los ojos llenos de lágrimas, sofocado por la vergüenza y el dolor, me abracé a sus rodillas gritando: «Renuncie usted, renuncie usted a un proyecto que la ingrata ha tirado por tierra, a una esperanza que ha desvanecido con su conducta. ¡Adela no es digna de su padre ni de su amante! Ama a otro hombre y ya es su esposa.»
No hay expresión que pueda dar idea de la amargura de mi corazón al repetir los detalles que tú ya conoces. Me parecía que no pronunciaba una palabra en la cual no estuviese escrita mi sentencia, y hubiera deseado que mi pecho se rompiese para evitarme el horror de la humillante revelación.
Su padre—¡qué rubor se ha elevado sobre su venerable frente!—confundía sus lágrimas con las mías y sollozaba en mis brazos. «Gastón—me ha dicho después de un largo silencio—, no habré perdido más que a Adela. No por eso dejará usted de ser mi hijo. Los lazos que me retenían a la tierra se han roto. Ahora es únicamente usted el que me retiene. Prométame que no abandonará usted a su anciano padre y que le permitirá morir a su lado.»
Yo he caído a sus pies y le he pedido su bendición.