El nombre de Saint-Pierre recuerda siempre el del más ilustre prosista de nuestros tiempos, el de Chateaubriand, y cuando se pasa revista a los tipos en literatura, no es permitido olvidar a René, imponente y magnífica creación, en la cual el genio ha depositado el secreto de nuestra civilización expirante. He dicho antes que la historia anticipada de las revoluciones próximas a desbordarse sobre Europa estaba enteramente contenida en Carlos Moor y en Werther. René contiene, como una profecía amarga y terrible, la historia de las sociedades extinguidas. A la primera impresión no ofrece más que rasgos graves, solemnes, místicos y de una vaguedad en la que el pensamiento se anonada, pero tienen huella del dedo todopoderoso que trazó sobre las paredes del palacio de Baltasar la sentencia de una monarquía, y, cosa maravillosa, permanecerán largo tiempo ininteligibles, tanto a los sabios como a los grandes de la tierra. Será necesario, para penetrar el formidable enigma, que los reyes despierten, de la pompa de sus fiestas y de la embriaguez de sus festines, al ruido de los tronos destrozados y al crujido del cristianismo que se derrumba.

En Francia cuando no se tienen los brazos bastante largos para abrazar una idea nueva en toda su intensidad, no se renuncia por ello a la pretensión de someterla y de apropiársela, y, para conseguirlo, hay un medio seguro y cómodo que no falta nunca a la crítica: el de reducir las dimensiones en una proporción análoga a las facultades que la juzgan y empequeñecerla progresivamente hasta que entra en la medida común. Así se ha querido ver en René una imitación de Werther, y es muy posible que no se vea esto más que cuando se es corto de vista. En general, mi opinión es que no deben ser comparadas las obras maestras. Las producciones del espíritu tienen su individualidad como los hombres, y las que carecen de esta individualidad no vale la pena de ocuparse en ellas. Entonces entran en los dominios de la mediocridad, donde la comparación es fácil porque ya no se encuentran tipos; pero, Werther y René, que son tipos arcanos, son, no obstante, tipos distintos. El de Werther es la expresión de los trastornos de un alma que no puede bastarse a sí misma; el de René es la expresión de las angustias de un alma que lo ha abarcado todo y que siente que todo se de escapa porque todo acaba. Es la ansiedad mortal, la duda inexorable, es la inconsolable desesperación de una agonía sin porvenir, es el grito espantoso de la creación social en el momento de disolverse. En Werther hay la emoción profunda de algunas generaciones dolientes; en René la última convulsión de un mundo que muere.

Los ingleses, cuya fisonomía moral es más variada que la nuestra, han podido, más que nosotros, multiplicar sus tipos en literatura. En Fielding son ingeniosos y sorprendentes, en Richardson ingenuos y sublimes. Walter Scott, cuyas fábulas demasiado difusas, los asuntos principales subordinados con frecuencia a los accesorios y los desenlaces demasiado precipitados, no llenan siempre exactamente las condiciones de una composición bien entendida, debe probablemente la popularidad de su genio a la abundancia y a la popularidad de sus tipos. Es verdad que un cierto número de ellos pertenece a una naturaleza fantástica, donde la imaginación se mueve con mayor desembarazo, porque dispone entonces de una creación que le pertenece por derecho propio, y que no reconoce por regla más que la potencia mágica que la crea; pero sería injusto sacar de ello la conclusión de que esos tipos carecen del grado de verdad relativa que es el carácter esencial de lo bello en las obras de los hombres. Poco importa el carácter ideal o positivo en el cual el autor coloca sus personajes, puesto que les da un sello de identidad que siempre puede reconocerse. Es evidentemente en virtud de una ficción muy inverosímil y de una alucinación muy amplia, que nosotros atribuimos a los animales nuestras costumbres y nuestras pasiones, y, sin embargo, La Fontaine es más rico él solo en tipos de una sorprendente realidad que todos los demás poetas juntos. Las gentes sensatas no creen en el diablo ni en las brujas, y todo el mundo conviene, sin embargo, en que Fausto y Mefistófeles son tipos admirables.

En mi opinión, pues, sólo el genio es capaz de inventar tipos, y la imitación más hábil no conseguirá apropiárselos. La contraprueba de un tipo se hace ella misma traición por los esfuerzos que hace para sustraerse a la comparación, y sus esfuerzos son tanto más torpes, por cuanto no pueden producir nada verosímil alterando una naturaleza verdadera. Vale más encerrarse entonces en las atribuciones modestas del traductor y del copista, destino literario que no tiene en sí nada absolutamente de humillante, porque hay cien mil copistas por cada inventor. Una traducción espiritual, una imitación bien hecha, un arreglo hábil, aunque no sean obras de genio, no dejan de ser obras de buen gusto y de talento; y después, si no satisface este lote, que es el patrimonio de todos los hombres distinguidos, si se encuentran estrechas las filas sobre las cuales se elevan unos pocos genios dotados del más raro de los privilegios, si se está provisto de una de esas presunciones robustas que consideran usurpadas todas las glorias cuyas alturas no logran alcanzar, hay un recurso aún, ejemplo Aristóteles, La Harpe y Marmontel; se puede clamar contra la barbarie y la estupidez al borde del camino de los triunfadores; y queda aún el medio de refugiarse, como Aquiles, en su tienda, en los honores de la Academia: esto es un gran consuelo.

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EL PINTOR DE SALZBURGO

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DIARIO DE LAS EMOCIONES DE UN CORAZÓN
DOLORIDO

1803

25 de agosto.