—Suelta la tarima, le ordenó éste con voz bronca por la cólera; arrodíllate y quítate la camisa.

—Niño, ¿su merced me va a castigar? dijo el atribulado esclavo, ejecutando por parte lo que se le había ordenado.

—Vamos, despacha, agregó el amo acompañando a la vez el golpe, por la vía de apremio.

—Espere su merced, niño. ¿En qué le he faltado yo?

—¡Ah! ¡Perro! ¿Y me lo preguntas? ¿No te dije que te iba a castigar porque no me esperaste como te mandé, en la esquina del convento?

—Sí, señor, niño; pero yo no tuve la culpa.

—¿Pues quién la tuvo? Yo le probaré que cuando te mando una cosa la has de hacer o reventar.

Y sin más ni más empezaron a llover zurriagazos en las espaldas desnudas del infeliz esclavo. Se retorcía, porque los golpes los descargaba un brazo vigoroso, y decía:—Bueno está, mi amo (por basta). Por la niña Adela, mi amo. Por Señorita (como llamaban los criados a doña Rosa Sandoval de Gamboa), mi amito. Si yo pudiera decir la verdad, niño, su merced vería que no tuve yo la culpa. ¡Bueno está ya, niño Leonardito!

Pero aquella boca había callado, embargada por la cólera; aquel corazón se había vuelto de piedra; aquella alma había perdido el sentimiento; aquel brazo sólo parecía animado, de hierro, no se cansaba de descargar golpes. ¡Qué cansarse! los menudeaba cada vez con más furor, si no con más fuerza. Dormía ya don Cándido, cuando le despertaron asustados los estallidos del látigo y los lamentos del calesero.

—¿Qué es eso? preguntó a su esposa.