Se puso en pie murmurando:

—Estos mozos españoles son a veces demasiado impertinentes.

Si él oyó o no, es cosa que no se sabe, aunque por la mirada de través que le echó al joven, parece que resonó en sus oídos lo de español e impertinente. Bien quisieran Adela y Florencia Gámez tomar parte en la siguiente danza, la primera hasta se lo indicó a su hermano; mas él se sonrió distraídamente y no contestó palabra.

Entre tanto doña Rosa dispuso que las niñas, según se expresó, pasaran al camarín a recoger sus mantas de seda. Al mismo tiempo los tres jóvenes bajaron al entresuelo a reclamar sus sombreros y bastones respectivos; pero tanto aquí como en el camarín, ya se habían adelantado otras muchas personas en demanda de sus prendas; de suerte que antes que obtuvieran las suyas nuestros conocidos, se pasó algún tiempo. Después bajó Leonardo al portal para prevenir a su calesero que estuviese listo.

De este intervalo se aprovecharon las más jóvenes de las señoritas para acercarse a los sitios en que se había armado la danza última, que dicen es la que mejor acompañan los músicos. No faltó quien las invitara, y ellas, en son de marcha, se pusieron a bailar con más gusto que nunca. Doña Rosa, Isabel, Antonia, la señora de Gámez y la mayor de sus hijas se sentaron en grupo a esperar la hora de la partida.

Pasada era la una de la madrugada. Cuando Leonardo descendía las escaleras de piedra del palacio de la Filarmónica, lo primero que hirió sus oídos fue el repiqueteo de las espuelas de plata de los caleseros en las sonoras piedras del portal, bailando el zapateo al son del tiple cubano. Tocaba uno, bailaban dos, haciendo uno de ellos de mujer; y de los demás, quiénes batían las palmas de las manos, quiénes golpeaban la dura losa con los puños de plata de los látigos, sin perder el compás ni cometer la más mínima disonancia. Algunos de ellos cantaban las décimas de los campesinos, anunciando por esto, por el baile y por el tiple que todos ellos eran criollos.

Aún aquí se habían adelantado muchas familias que se retiraban del baile lo más temprano posible; y eran de oírse los apellidos de las más distinguidas de La Habana repetidos de boca en boca, como ecos en escala, por todos los caleseros:—¡Montalvo! gritaba una voz y Montalvo repetían veinte sucesivamente, hasta que se perdía a lo lejos o contestaba el llamado acercando el carruaje; en cuyo acto ocurrían algunos choques, no pocas peloteras entre los esclavos, más de un varapalo asestado por el dragón que mantenía el orden en la calle, todo esto acompañado del estallido de los látigos, del ruido de las ruedas, cual truenos lejanos, y de las patadas de los caballos en las chinas pelonas del pavimento. En medio de toda aquella batahola, no cesaba el clamor de los caleseros por el nombre de las familias a que pertenecían. A saber: ¡Peñalver! ¡Cárdenas! ¡O'Farril! ¡Fernandina! ¡Arcos! ¡Chacón! ¡Calvo! ¡Herrera! ¡Cadaval! repetido tantas veces cuantas era necesario para que llegara la palabra al calesero que se quería; el cual, después de todo, si no estaba a la cabeza de la fila que rodeaba la manzana, tenía que esperar a que le tocara su turno para mover el carruaje si no quería que el dragón de guardia le midiera las costillas con la vara de su lanza.

Apenas se pronunció el apellido de Gamboa, cesó el baile del zapateo, porque el tocador del agudo tiple no era otro que nuestro antiguo conocido Aponte. El triste esclavo se divertía al parecer con todas veras, o punteaba el instrumento primorosamente para distracción suya y de sus compañeros, porque pesaban sobre su espíritu, nada obtuso por cierto, dos amenazas terribles, la de su señorita por la tarde y la de su joven amo a las diez y media de la noche; y sabía, bien a su pesar, que ellos no olvidaban ni perdonaban faltas de sus esclavos. Pero si aquella era su suerte y no había remedio, ¿a qué apurarse ni afligirse anticipadamente? Así reflexionaba él, y así poco más o menos reflexionanban todos sus compañeros, a quienes Dios, en su santa merced, no había negado un alma pensante.

Acabada la junta de hacendados, don Joaquín Gómez puso su carruaje a la disposición de don Cándido Gamboa, para retirarse a su casa, como lo hizo, poco después de la media noche; con lo que éste pudo despachar el suyo a la familia en la Filarmónica, para que hiciera lo mismo cuando lo tuviera por conveniente. Mediante aquel refuerzo inesperado, las Gámez y su amiga Isabel pudieron trasladarse de una sola vez desde el baile a su morada a espaldas del convento de Santa Teresa, y enseguida la familia de Gamboa.

Metieron los caleseros sus respectivos quitrines en el zaguán, llevaron los caballos a la caballeriza en el traspatio, pusieron las monturas en sus burros, colgaron los arreos, libreas y sombreros en clavos fijos en la pared de un cuartucho; y por lo que hace a Aponte, acabado el trabajo, con la tarima a la espalda, cual Cristo con la cruz, volvía al zaguán para ver de descansar de las fatigas del día, durmiendo las pocas horas de la madrugada. Por entonces habían sonado las dos hacía rato en el reloj de la parroquia del Espíritu Santo. La luna menguante trasponía el tejado de la casa por el lado de la calle, cuya sombra ganaba la altura de la tapia divisoria entre ambos patios, de modo que reinaba oscuridad en el primero, aunque no tanta que no se viesen los bultos ni se reconociesen los rostros. De repente un hombre interceptó el paso de Aponte, quien levantó los ojos y vio que agitaba el látigo en la mano derecha. Se paró al instante, porque reconoció a su amo, el joven Gamboa.