—¡Ay, hijo! ¿Echarías tú tanto lujo, ni gozarías de tantas comodidades, si tu padre dejase de trabajar? Las tablas y las tejas no hacían rico a nadie. ¿Qué negocio deja más ganancias que el de la trata? Di tú que si los egoístas ingleses no dieran en perseguirla como la persiguen en el día, por pura maldad, se entiende, pues ellos tienen muy pocos esclavos y cada vez tendrán menos, no había negocio mejor ni más bonito en qué emprender.
—Convenido, mas son tantos los riesgos, que quitan las ganas de emprender.
—¿Los riesgos? No son muchos comparados con las ganancias que se obtienen. El costo total de la expedición del bergantín Veloz, por ejemplo, según me dijo tu padre, no ha pasado de 30,000 pesos, y como la empresa es de varios, su cuota fue de algunos miles de pesos solamente. Ahora bien, si se salva la expedición, ¿cuánto no le tocará?... Saca la cuenta. Pero aquí está Isabel.
Doña Rosa la recibió con los brazos abiertos; excepto Antonia, las hermanas de Leonardo con sinceras demostraciones de cariño; sobre todas. Adela la abrazó y besó repetidas veces. Era ésta la más joven, entusiasta y franca e Isabel la preferida de su hermano querido. Después de los saludos de costumbre y las quejas mutuas, juntas todas con las Gámez, llevando Leonardo, Meneses y Solfa cada uno dos mujeres del brazo, pasaron a la sala del ambigú, espléndidamente iluminada, al fondo del palacio. Eran muchos y no cabían en una sola mesa, por cuya razón ocuparon dos, aunque inmediata una de otra.
Señoras y caballeros tomaron gigote de pechuga de pavo, fiambre de esta ave, con rico jamón de Westfalia, algunos arroz y frijoles negros, ninguno vinos ni espíritus, todos café con leche para terminación de cena. Esta, conforme al precio usual de los platos pedidos en funciones semejantes, calculó Leonardo que no bajaría el costo de onza y media de oro, o veinticinco y medio duros, cuando menos. Deseoso de hacer alarde del dinero, sacando la bolsa de seda roja, preguntó al mozo blanco, que servía ambas mesas con destreza imponderable:
—¿Cuánto es?
—Nada, contestó el hombre con la misma brevedad, a tiempo que formaba en el brazo izquierdo una torre de porcelana con los platos y tazas.
—¿Cómo se entiende? repuso el joven asombrado. Pues ¿quién ha pagado por mí?
—Se conoce que Vd. no pertenece a la junta directiva, dijo el mozo con cierta impertinencia. La sociedad costea el ambigú de esta noche, y si yo fuese uno como hay muchos le hacía pasar a Vd. plaza de primo.
—¡Ah! exclamó Leonardo, corrido como una mona y no poco mortificado.