—Había reunión y piano en casa de las Gámez con motivo de ser el santo de Florencia...
—Ellas no vinieron contigo, que yo sepa. Tú no dices la verdad, Leonardo, lo conozco y de veras te digo que haces mal, muy mal. Yo soy tu mejor amiga, hijo, y tengo el desconsuelo de ver que cada día eres menos franco conmigo. Vamos al ambigú, añadió no poco desazonada; yo pago los costos y aquí tienes mi bolsa, que contiene unas seis onzas de oro.
Era de punto de seda roja, formando dos senos separados por un nudo o lazada en el medio, para dividir el oro entero del menudo y la plata. Se la sacó del seno, porque las señoras en esa época no usaban bolsillos en las faldas como al presente, sino que se colgaban la bolsa del cinto o cordón del traje casero. Leonardo recibió el dinero con las mejillas encendidas de la vergüenza, porque a la humillación de recibir dos veces la suma que había perdido al juego, se agregaban las mentiras conque había pretendido encubrir su falta. La madre, tal vez sin quererlo ni saberlo tampoco, había leído en el fondo de su alma como a través de un cristal. ¿Le servió eso de correctivo? No es tiempo todavía de examinarlo. Pero aquel incidente había pasado para el hijo y la madre no más, para la última ciertamente no en toda su genuina deformidad, pues puede decirse que sin conciencia de ello había puesto el dedo en la llaga. Del choque recibido trabajo le costó reponerse a Leonardo, quien dijo a su madre luego que se puso en pie y le tomó el brazo para conducirla a la sala del ambigú:
—¿Y dónde quedaba papá?
—Quedaba en casa de don Joaquín Gómez, a donde han concurrido varios otros hacendados; entre ellos Samá, Martiartu, Mañero, Suárez Argudín, Lombillo, Laza...
—¿No se sabe cuál es el objeto de semejante junta?
—El capitán Miranda no ha podido explicarlo, sin duda porque él mismo lo ignora; pero por lo poco que me dijo tu padre cuando salió de casa, saco en consecuencia que va a tratarse de las expediciones a la costa de África. Vives está ya cansado de las quejas de Tolmé y de las impertinencias de los jueces de la maldita comisión mixta, y ha hecho decir a Gómez por trasmano que procuren que las expediciones de bozales no desembarquen por los alrededores de La Habana. También llegó un expreso del Mariel, participando que se ha presentado un bergantín parecido al Veloz, que se esperaba con un buen cargamento, perseguido por un buque inglés.
—Tal vez lo ha apresado.
—¿A la vista del torreón del Mariel? Sería demasiado atrevimiento. Con todo, esos ingleses protestantes se figuran que el mundo entero les pertenece, y no lo extrañaría. Si la expedición se pierde, tu padre pierde un pico regular. Es la primera que él emprende en sociedad con sus amigos de aquí por ser muy costosa. Cuando menos trae quinientos negros.
—¿Quién mete a papá en tales trotes, al cabo de sus años?