—Bien, manda en tu quitrín a tus amigas a su casa.

—Antes, sin embargo, es preciso que Vds. vean a Isabel, o que Isabel salude a Vds.

—¿Ya te has enamorado de ella? Eres un veleta. No pienses en burlarte de esa muchacha también. Tráela aquí y la veremos.

—No. He pensado que debemos tomar algo y en la mesa nos reuniremos todos. El ambigú dicen que no es menos abundante que exquisito. ¿Qué te parece, Adela?

—Aprobado, contestó ésta alegre.

—Pero es el caso, dijo Leonardo, que si alguna de Vds. no me saca de apuros, no tendré con qué cubrir el gasto.

—Pues, ¿y las dos onzas de oro que te puse en el chaleco por la tarde cuando dormías la siesta? preguntó doña Rosa con seriedad.

—No he visto semejante dinero, mamá. Bien que si lo pusiste en la faltriquera del chaleco de esta mañana, allá en mi cuarto se quedó. Apenas tengo tres o cuatro pesos en este chaleco que me puse a la vuelta del paseo para venir al baile.

No hizo Leonardo esta explicación con la franqueza que solía; se puso colorado y titubeó varias veces. Lo advirtió su madre y le preguntó:

—¿Por qué te has aparecido en el baile tan tarde? Creí que ya no venías, y eso que tú saliste de casa antes que nosotras. Quién sabe por donde has andado.