Solfa y Meneses cambiaron una mirada y una sonrisa, con que corroboraron implícitamente la observación aguda de Isabel, y el primero dijo:

—Ya eso es distinto, lo declaro, me gusta la tijera; mas se me ha hecho pedazos entre las manos al llegar a Vd.

En esto cesó la danza, y las diferentes parejas de bailarines, deshaciendo la formación, corrieron las unas a ocupar sus asientos en la sala y cuartos, las otras a respirar el aire libre de los corredores. Los hombres, por la mayor parte, se dividieron en grupos para hablar de las conquistas amorosas de la noche, y casi todos para fumar un cigarro puro o de papel. Leonardo dio un paseo por los corredores con su amable compañera de baile, la cual, si hemos de juzgar por la frecuencia de sus sonrisas, no tuvo a mal que se prolongara la entrevista, aunque había terminado el encanto de la música.

Continuando, entretanto, por su parte la revista de la fiesta que se habían propuesto pasar Meneses y Solfa, se detuvieron por breve rato ante la madre y hermanas de su amigo y condiscípulo Leonardo Gamboa. Hallábanse ellas sentadas en el lado norte del salón, debajo del dosel donde dijimos que se ostentaba el retrato colosal al óleo de Fernando VII de Borbón. Antonia, la mayor, tenía a su derecha a un capitán del ejército en completo uniforme, con quien cambiaba en tono bajo frases breves de inteligencia; después seguía su madre, y a la izquierda de ésta, las dos hermanas Carmen y Adela. Con la primera de estas tres hablaba el Mariscal de campo don José Cadaval; con las dos últimas los currutacos más célebres que conocía La Habana entonces: Juanito Junco y Pepe Montalvo, cadete del regimiento Fijo. Asomó a poco Leonardo Gamboa, y como por magia desapareció el capitán español del lado de Antonia, a una insinuación suya con el codo; Cadaval siguió adelante, y el lechuguino y el cadete hicieron lo mismo con un profundo saludo.

Al descubrir de lejos Leonardo al militar español mano a mano con su hermana, se renovó en su mente la memoria de las escenas de por la mañana, primero al postigo de la ventana y después en la mesa del almuerzo, sintiendo el mismo rapto de celos y de odio que ya había experimentado. Todo el deseo que tenía de ver y hablar un rato con su madre y hermanas en el baile, se enfrió y apagó en el instante, y sólo por respeto y cariño a aquélla no les volvió la espalda. A un gesto suyo, Antonia ocupó el asiento que dejó vacante el capitán, y así pudo sentarse Leonardo y decir al oído de doña Rosa:

—¿Es posible, mamá, que tú consientas que ese soldado pele la pava con Antonia en tu presencia?

—¡Cállate! replicó doña Rosa seria. Ese caballero ha venido a traernos un recado de tu padre, el cual no puede venir por nosotras hasta la una y creo que tú tendrás que acompañarnos. De la ocurrencia me alegro con doble motivo; lo uno porque ya podré irme cuando quiera o me dé sueño; lo otro porque no te quedarás tú por detrás, ni me harás pasar otra mala noche.

—Debo acompañar a Isabel Ilincheta y a las Gámez a su casa, pues su carruaje ha sufrido una avería y no pueden usarlo esta noche.

—¡Cómo! ¿Isabel está aquí y no ha venido a saludarnos?

—No lo extrañes, porque sin duda ella ignoraba que Vds. hubiesen venido al baile, y luego ha habido una concurrencia extraordinaria.