—Casi nunca bailo por mera cortesía.

—¡Ay! Si le oyese Florencia se ofendería.

—Me cae en gracia Florencia, me parece bonita, la quiero, pero si bailase con ella ahora sería por mera galantería. Mi amiga del alma está lejos de aquí, Vd. lo sabe, y es mucha crueldad en Vd. atribuirme intenciones de galantear a otra.

—Sobre que le voy cogiendo miedo al amigo Solfa, dijo ella volviéndose de repente para éste, con el doble objeto de atender a todos y de no seguir la broma con Meneses.

—¿Qué he hecho para inspirar temor a la impávida Isabelita?

—¿No ve Vd.? Esa es una sátira.

—Lo sería, señorita, repitió Solfa prontamente, si la mía fuese una opinión aislada, pero no lo es. De ella participan, estoy seguro, Leonardo y Diego, juntamente con cuantos conocen a Vd. ¿Cómo pues, puedo inspirarle temor?

—Porque voy viendo que es Vd. implacable, que no perdona enemigos ni amigos.

—¿Esa más? Me aturde Vd. señorita.

—Sí, hágase Vd. ahora el inocentico, el que no quiebra un plato. ¡Cómo que desde que asomó Vd. a la puerta del salón no noto que ha venido hasta mí cortando cada traje que es un primor! Apelo al amigo Meneses; él dirá si me he equivocado o no.