—¿Yo cambiada? Pues está buena. Vamos, Vd. se chancea.
—Hasta me tratas de Vd.
—Creo que siempre le he tratado del mismo modo.
—No al pie del naranjo dulce.
Isabel se puso colorada, y luego dijo:
—Es ya una costumbre en mí el tratar de Vd. a todo el mundo. Aún con mis propios esclavos, si son viejos sobre todo, se me escapa el decir Vd. A papá le sucede lo mismo frecuentemente.
—El tú es más cariñoso.
—¿Lo cree Vd. así? El Vd. es más modesto.
Cortábase a cada paso este chispeante diálogo, es decir, tantas veces cuantas la pareja que bajaba hacía figura con la pareja que subía la danza. Al fin, hubo de cambiarse del todo el tema de la conversación cuando Meneses y Solfa, que habían venido saludando a las amigas, llegaron al puesto ocupado por Isabel y Leonardo. Ambos habían visto a la joven aquella misma tarde en casa de las Gámez. Poco tenían que decirse que de nuevo fuera; Isabel, sin embargo, distinguía a Meneses, y se alegró de volver a verle.
—¿Qué es eso? ¿No baila Vd? le preguntó con interés.